
Poir Ramon Espinola
(La forma de sanar una sociedad enferma de violencia y de ausencia de amor no es reforzando la pirámide de dominación, sino sustituyéndola por un círculo de educación, igualdad y respeto; aunque esta idea, por supuesto, resulte peligrosa para quienes viven cómodamente en la cúspide.)
Es penoso —y ya casi rutinario— observar el comportamiento de la sociedad dominicana ante los alarmantes índices de violencia que la envuelven como una neblina espesa y persistente.
La violencia se ha convertido en un lenguaje cotidiano, en un gesto aprendido, en un reflejo automático de una colectividad que ha sido educada más en la supervivencia que en la convivencia.
La violencia no resuelve conflictos; por el contrario, constituye la última trinchera de los incompetentes, el refugio final de quienes carecen de argumentos, de educación y de imaginación moral.
Cuando una sociedad apela a la violencia, confiesa sin pudor su fracaso pedagógico. Es la prueba irrefutable de que hemos formado generaciones mal educadas, emocionalmente analfabetas y funcionalmente incapaces de tramitar el desacuerdo sin recurrir al golpe, al grito o al disparo.
No podemos —es cierto— juzgar al otro con olímpica arrogancia, pero tampoco debemos temer a los ideales ajenos como si fueran epidemias.
En las redes sociales, ese gran circo contemporáneo, basta observar a dos o tres fanáticos —convencidos de poseer la verdad absoluta y la bendición divina— agredir verbalmente a todo aquel que no repita sus consignas, como ocurre con el tema venezolano. No estás de acuerdo: magnífico. Pero respetar el sentir del otro no debería ser una hazaña heroica en una sociedad que presume de civilizada.
“La violencia crea más problemas de los que resuelve”, advertía Martin Luther King, y tenía razón el líder de los derechos civiles.
No existe justificación alguna para que dos personas se enfrenten violentamente en una calle de Santo Domingo porque un automóvil rozó a otro. Eso no es un malentendido: es barbarie pura, barnizada de modernidad.
¿Cómo explicar, sin estremecimiento, que una hermana asesine a otra en plena vía pública por una disputa sentimental? ¿Qué clase de formación emocional, ética y social produce seres capaces de semejante acto? Aquí la violencia deja de ser estadística y se convierte en tragedia doméstica, en espejo de una sociedad rota. De una sociedad abusada, sin educación ni principios.
La violencia, además, no siempre es evidente.
La hemos normalizado con tal eficacia que muchas de sus formas pasan desapercibidas, camufladas en discursos “aceptables”, en prácticas “tradicionales”, en expresiones supuestamente “normales”. De ahí la pregunta inevitable:
¿Qué es realmente la violencia?
En síntesis, la violencia es el uso de la fuerza física o del poder —contra uno mismo o contra otros— con el propósito de causar daño físico, psicológico o privaciones. No se limita al golpe o al arma: también es violencia el abuso del poder, la manipulación, la exclusión sistemática y la reducción deliberada de las opciones vitales de una persona o de un grupo.
Lo verdaderamente interesante es rastrear la raíz del fenómeno.
¿La deuda social arrastrada desde los orígenes de la nación?
¿La precariedad educativa crónica?
¿La pérdida —o más bien la simulación— de los valores morales?
La agresión, en realidad, no es meramente individual: es colectiva.
Un grupo contra otro, una clase contra otra, una ideología contra la dignidad humana.
Sus motivaciones suelen ser políticas, económicas o ideológico-religiosas. Aunque los actos parezcan personales, la violencia social es estructural.
En la República Dominicana ha existido —y persiste— un régimen social profundamente injusto que favorece la violencia colectiva como fenómeno político, jurídico y social.
Este régimen ha sido cuidadosamente afianzado y hasta santificado por el integrismo religioso, la discriminación por pobreza, los déficits democráticos del Estado, el monopolio de recursos por una élite reducida y las obscenas desigualdades económicas que sostienen el sistema como un templo sagrado.
Ahí descansa el meollo del asunto: injusticia social combinada con ignorancia programada.
Mientras tanto, los grupos económicamente poderosos continúan asaltando la nación con total impunidad, y la corrupción —económica, política y moral— se sirve a diario como pan bendito. Así, la violencia no solo no disminuye: se multiplica. El país avanza, al menos en apariencia, por una vía de autodestrucción cuidadosamente administrada.
Pero aquí surge el gran tabú: a los grupúsculos dominantes no les conviene que las grandes mayorías se eduquen, porque la educación libera, y un pueblo libre es peligroso para quienes viven del abuso. A la mayoría empobrecida —material y espiritualmente— se le ha hecho creer que la vida se reduce al alcohol, al azar y al sexo sin horizonte. Esa es la felicidad permitida.
En medio queda una clase media estrangulada, la eterna carne del sándwich, presionada desde arriba y desde abajo.
Una clase compuesta en gran parte por mujeres de mediana edad atrapadas en la lógica de producir dinero a cualquier costo, frecuentar restaurantes de lujo y beber vino caro entre risas huecas y juegos tan frívolos como estériles, creyendo que eso es realización personal y no una forma sofisticada de alienación.
Y no faltan, por supuesto, los pequeños círculos de pseudo-intelectuales, cuya mayor preocupación son sus tertulias privadas, donde se aplauden mutuamente —con manos y pies— mientras el país arde. Para ellos, la violencia social es un tema interesante… siempre que no interrumpa el café ni la vanidad.
Ante un panorama semejante, no podemos esperar que la violencia desaparezca por arte de magia. Sin educación, sin conciencia social y sin un esfuerzo colectivo auténtico, no cesarán los feminicidios ni la violencia en todas sus formas. Porque una sociedad que renuncia a educarse está condenada a destruirse a golpes, mientras los de siempre observan desde lo alto, cómodamente protegidos por su pirámide de privilegios.
(Nota) La caricatura que adorna este relato social se la pedí a la IA haciéndole un resumen de todo el panorama que escribí y la verdad que me ha encantado. Espero que les guste a todos.

