POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA NACIONAL
LAS VAGABUNDERÍAS DEL VIERNES SANTO
(Aquello que en teoría debería ser un remanso de recogimiento, silencio y plegaria, se ha convertido —con una eficacia digna de mejor causa— en el festival nacional de la disipación.)
Lo que para otros credos es día de contrición severa, por ejemplo, los musulmanes, para ciertos cristianos tropicales deviene en excusa litúrgica para la parranda.
Mientras los seguidores de Mahoma se aferran con disciplina casi escultórica a sus días sagrados, aquí se celebra —con notable entusiasmo etílico— la muerte de Cristo entre bocinas, tragos y chapuzones.
¡Qué refinada reinterpretación teológica la de esta generación dominicana!

El 22 de marzo de 1940, en plena y aleccionadora “Era de Trujillo”, el señor Rafael Vidal —periodista de mérito singular, recordado entre otras cosas por haber pulido intelectualmente a Rafael Leónidas Trujillo durante su estancia en la Fortaleza Ozama, tras el célebre episodio homicida que lo llevó allí— dirigía el periódico La Nación, ubicado en la Avenida Mella, frente al famoso Trocadero. Cuna de la bullanguería de Villa Francisca donde se celebró el centenario en 1944 con un famoso concurso de penes caribeños.
Aquel Viernes Santo, con una mezcla de prudencia laboral y devoción —o quizá con un sentido del humor que la historia no ha sabido registrar— decidió no publicar la edición número 52, alegando la noble intención de conceder descanso al personal.
He ahí el origen de una tradición que hoy se mantiene con disciplina admirable: los periódicos no salen ese día. La nación descansa. El país se recoge… o al menos eso diría el boletín oficial de las buenas costumbres.
Porque, en la práctica, lo que se ha perfeccionado desde entonces no es precisamente el silencio contemplativo, sino una coreografía colectiva donde el recogimiento espiritual ha sido sustituido —con admirable coherencia— por el recogimiento de neveras repletas de alcohol.
La República Dominicana contemporánea parece haber elevado a categoría de rito la sustitución: donde debía haber oración, hay música estridente; donde debía reinar la reflexión, impera el brindis; y donde se esperaba la solemnidad del luto cristiano, florece una festividad que haría sonrojar hasta al más indulgente de los apóstoles.
Así, el Viernes Santo se ha convertido en una suerte de carnaval sin máscara, donde la fe se evapora con la misma rapidez que el hielo en los vasos, y la devoción se mide en decibeles y grados de embriaguez. No se trabaja —ciertamente— pero no por respeto al sacrificio redentor, sino por la loable necesidad de entregarse, con disciplina casi monástica, al arte de empinar el codo.
Para concluir —y no sin cierta admiración irónica— debemos consignar que, desde 1940 hasta nuestros días, una parte del pueblo dominicano ha logrado una transformación teológica de notable audacia: ha cambiado la fe por el ron, la penitencia por la fiesta y, con gesto casi litúrgico, el Sermón de las Siete Palabras por el más elocuente y convincente de los discursos líquidos.
Y si las piedras de los ríos o el salitre del mar hablara o tuviera cámaras, fueran muchos los glúteos que se vieran en posiciones comprometedoras.

