Por Ramon Espinola
Dolores Rodríguez de Astudillo y Ponce de León
(Lola Rodríguez de Tió)
Patriota antillanista, poeta insurgente y conciencia rebelde del Caribe.
(Dedicado a los poetas de hoy, del llamado postmodernismo que tantas torpezas escriben y que mientras más tinta gastan, más se alejan de la lucha de los pueblo por el logro de la justicia y el amor entre los humanos)
Dolores Rodríguez de Astudillo y Ponce de León, universalmente conocida como Lola Rodríguez de Tió, nació el 14 de septiembre de 1843 en San Germán, Puerto Rico, en el seno de una familia culta que, sin sospecharlo, estaba criando no solo a una poetisa, sino a una futura pesadilla para todo imperio que confundiera colonia con finca privada.
Fue hija de Sebastián Rodríguez de Astudillo y Carmen Ponce de León, descendiente del célebre conquistador, ironía histórica que demuestra que hasta los linajes coloniales pueden parir conciencia libertaria.
Recibió su educación inicial entre San Germán y Mayagüez, complementando su formación bajo la tutela intelectual de su padre, dueño de una nutrida biblioteca. Allí, entre libros y silencios conspirativos del pensamiento, nació su vocación literaria y su temprana rebeldía contra las convenciones sociales —esas que suelen ser redactadas por caballeros muy civilizados e interesados en que nada cambie.
Desde joven comenzó a publicar versos en periódicos locales, inaugurando una carrera literaria que pronto trascendería el ámbito insular para proyectarse en toda Hispanoamerica. Su obra no solo fue poesía: fue arma, bandera, y a veces, elegantemente, bofetada moral.
En la década de 1860 contrajo matrimonio con el periodista Bonocio Tió Segarra, compañero ideológico y cómplice en esa peligrosa costumbre de pensar por cuenta propia. Con él tuvo sus hijas, entre ellas Patria Tió, nombre que parece más un programa político que un bautizo familiar.
En 1868, en el contexto del Grito de Lares, Lola escribió la letra revolucionaria de La Borinqueña, transformando una danza en un himno insurgente. La pieza, demasiado cargada de dignidad para los oídos coloniales, terminaría siendo considerada subversiva en tiempos posteriores. Porque la libertad, cuando se canta demasiado alto, suele incomodar a quienes administran silencios.
Su activismo político le costó el destierro.
Primero Venezuela, luego Cuba, luego Nueva York. Parecía que cada imperio aplicaba la misma política: si no puedes callar a la poeta, expórtala. Mandala al carajo…
Durante estos exilios colaboró con revolucionarios cubanos, incluyendo el entorno político de José Martí, y convirtió su hogar en refugio intelectual de patriotas y soñadores —esa clase de gente que los imperios catalogan como “problema administrativo”.
En La Habana, ciudad que adoptó como segunda patria, participó activamente en la vida cultural y política, llegando a integrar la Academia Cubana de Artes y Letras y ejerciendo funciones en el ámbito educativo.
Porque para Lola la independencia no era solo cuestión de machete: también era cuestión de libros, de educación y preparación literaria.
Su obra poética incluyó títulos como Mis cantares, Claros y nieblas y Mi libro de Cuba, donde reafirmó su visión antillanista, esa idea peligrosa según la cual los pueblos caribeños podían pensarse hermanos y no sucursales geopolíticas.
Su célebre verso:
Cuba y Puerto Rico son
de un pájaro las dos alas…
No fue solo metáfora: fue diagnóstico geopolítico con estética poética, una advertencia de que los pueblos pueden compartir destino, flores… o balas.
Lola defendió además la abolición de la esclavitud, los derechos de la mujer y la independencia de Puerto Rico, demostrando que la justicia social no es una moda reciente, aunque algunos discursos contemporáneos pretendan venderla como invento del último seminario financiado por fundaciones sospechosamente generosas.
Murió en La Habana el 10 de noviembre de 1924, dejando tras de sí no solo poemas, sino una tradición ética: la de escribir con belleza, sí, pero también con peligro.
Hoy, su nombre sigue resonando en actos independentistas, especialmente en las conmemoraciones del Grito de Lares, donde su Borinqueña revolucionaria recuerda que la poesía puede ser más temida que los cañones… porque las balas matan cuerpos, pero las ideas matan imperios.
Y eso, históricamente, ha sido lo desagradable y verdaderamente imperdonable.
LA BORINQUEÑA
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¡Despierta, borinqueño A ese llamar patriótico Mira, ya el cubano Ya el tambor guerrero El Grito de Lares Bellísima Borinquén, Ya por más tiempo impávido Nosotros queremos ¿Por qué entonces, nosotros No hay que temer, puertorriqueños Ya no queremos déspotas, Nosotros queremos ¡La libertad, la libertad! |

