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Matar al mensajero

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Por: Amín Cruz

“El silencio ante la muerte de periodistas erosiona la verdad global”

En el sur del Líbano, tres periodistas murieron mientras hacían su trabajo: contar lo que ocurre. No portaban armas, una cámara y un micrófono. No representaban una amenaza. Estaban allí para informar. Fueron alcanzados por un ataque con dron atribuido a fuerzas bajo el mando del gobierno de Benjamin Netanyahu, igual han hecho con el cuerpo de paz de la ONU.

El hecho, por sí mismo, es grave. Pero lo verdaderamente inquietante es su previsibilidad. Ali Shoeib, Fátima Ftouni y Mohammed Ftouni no son una excepción. Forman parte de una lista creciente de periodistas que han muerto en zonas de conflicto en los últimos años. Desde Gaza hasta Ucrania, pasando por Afganistán o Irán, el periodismo se ha convertido en una de las profesiones más peligrosas del mundo.  

Lo nuevo no es la violencia. Lo nuevo es la costumbre. La muerte de periodistas ha dejado de ser un escándalo para convertirse en un dato. Se reporta, se comenta brevemente y se olvida. Como si informar en medio de una guerra implicara, inevitablemente, aceptar la posibilidad de morir. Como si la verdad fuese un daño colateral.

Pero no lo es, cuando se asesina a un periodista, no solo se elimina a una persona. Se interrumpe un relato. Se oscurece una realidad. Se debilita el derecho colectivo a saber. En términos más amplios, se deteriora la arquitectura misma de la democracia.

La Federación Internacional de Periodistas (FIP), tiene cien años y debiera ser más activa y agresiva en la defensa del periodista, aunque lleva años advirtiendo sobre esta tendencia. Las cifras son contundentes, pero el problema no es solo cuantitativo. Es moral.
¿Qué ocurre cuando la comunidad internacional deja de reaccionar ante estos hechos? ¿Qué mensaje se envía cuando la muerte de un periodista no genera consecuencias? La respuesta es incómoda: se normaliza la impunidad.

Y con la impunidad, la repetición. Hay, además, otro silencio más difícil de explicar: el del propio gremio. No en todos los casos, pero sí con demasiada frecuencia, la respuesta de medios, periodistas y comunicadores resulta fragmentada, tibia o efímera. La indignación dura lo que dura el ciclo de noticias.

Ese silencio no siempre es cobardía. A veces es fatiga. O miedo. O cálculo. Pero, cualquiera sea su origen, termina teniendo el mismo efecto: debilita la defensa colectiva del periodismo.

Conviene recordar algo esencial: “el periodismo no es solo una profesión. Es una función pública. Sin información libre, no hay ciudadanía informada. Y sin ciudadanía informada, la democracia se convierte en una formalidad vacía”.

Por eso, lo ocurrido en el Líbano no debería leerse únicamente en clave geopolítica. Es también -y sobre todo- un síntoma de un deterioro más amplio: la pérdida progresiva de protección, respeto y valor hacia quienes narran el mundo.

No se trata de idealizar a los periodistas. Se trata de entender su papel.
Hoy fueron ellos. Mañana pueden ser tu u otros. En otro país. En otro contexto. Bajo otra justificación.

La pregunta, entonces, no es solo quién dispara.
La pregunta es quién responde.
Y, hasta ahora, la respuesta del mundo ha sido insuficiente.
Porque cuando matar al mensajero no tiene consecuencias, el mensaje que prevalece no es la verdad, sino el miedo.

“No puede haber paz mientras se bombardea la verdad”.
¡QUEREMOS PAZ, NO GUERRA, NI MUERTE!
¡SOMOS MENSAJEROS DE LA PAZ Y LA VIDA!
Dr. Amín Cruz, CEO, presidente y fundador del Congreso Hispanoamericano de Prensa y del Congreso Mundial de Prensa; Padre Embajador del Periodismo Hispanoamericano y Latinoamericano, diplomático, periodista, historiador, escritor y educador.

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