México y Canadá lanzan alianza estratégica y dejan a EE.UU. mirando de reojo
Editorial TeclaLibre
Entre la diplomacia elegante y el cálculo político, la presidenta Claudia Sheinbaum y el primer ministro Mark Carney han movido una pieza mayor en el tablero norteamericano.
El hecho: un plan bilateral sin la silla de Washington
Durante su primera reunión oficial en Palacio Nacional, México y Canadá anunciaron el Plan de Acción México-Canadá 2025-2028, estructurado en cuatro pilares:
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Prosperidad: comercio, inversión e infraestructura.
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Movilidad, bienestar e inclusión: intercambios educativos, migración laboral.
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Seguridad: combate a la delincuencia organizada transnacional.
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Medio ambiente y sostenibilidad: acción climática, emergencias, energía limpia.
Una hoja de ruta que proyecta a ambos países más allá de las fórmulas tradicionales del T-MEC.
Lo más llamativo no es lo que se firmó, sino lo que se dejó fuera. En esta cita no estuvo Estados Unidos. No hubo invitación ni silla reservada. El mensaje implícito es claro: México y Canadá pueden diseñar su propio marco estratégico, aunque luego digan que su objetivo es “fortalecer” el T-MEC.
En diplomacia, el silencio también habla. Y aquí lo que suena es que dos socios parecen estar afilando la agenda antes de la revisión del acuerdo en 2026… sin pedir permiso a Washington.
El endurecimiento proteccionista de Donald Trump, con sus amenazas de tarifas punitivas, ha empujado a Sheinbaum y Carney a buscar un paraguas común. No es un divorcio con EE.UU., pero sí un seguro matrimonial entre vecinos para no quedar a la intemperie cuando la Casa Blanca decida mover sus fichas.
En otras palabras: si Trump sube la voz, México y Canadá quieren estar afinados para cantar a dos voces.
Para aportar condiciones conjuntas ante el T-MEC, los escenarios posibles parecen ser:
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Frente común en la revisión: presentar demandas coordinadas en reglas de origen, estándares laborales, cláusulas ambientales y mecanismos de defensa ante aranceles.
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Rutas alternativas de comercio: inversiones en puertos y corredores energéticos que reduzcan dependencia de rutas estadounidenses.
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Presión diplomática: si EE.UU. se pone unilateral, dos países juntos hacen más ruido que uno.
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Plan B de cooperación: un paraguas bilateral que sirva de colchón si el T-MEC se estanca o se erosiona.
La opinión de TeclaLIbre es que: No es que México y Canadá estén echando a EE.UU. del vecindario, pero sí le han dado una señal: ya no son hijos obedientes de la gran casa al norte, sino socios que piensan en voz propia.
La revisión del T-MEC será el verdadero examen. Y ahí veremos si este nuevo pacto bilateral es un simple “abrazo protocolar”… o el preludio de una alianza capaz de imponer nuevas condiciones al mismísimo Tío Sam.
Por ahora, Washington observa desde la grada. Y quizás, por primera vez en mucho tiempo, con un dejo de incomodidad.
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