Un pitido cansado, que tiene algo de antiguo, anuncia la entrada del tren expreso procedente de Teherán en el andén de la estación de Van (este de Turquía), lentamente y con un par de horas de retraso. Tras más de24 horas traqueteando por la geografía maltrecha del Irán septentrional, sus 280 pasajeros desembarcan fatigados, ojerosos, arrastrando pesadas maletas. El enjambre de taxistas que se ha concentrado en las escaleras de entrada de la estación se abalanza sobre ellos en busca de clientes y mezclan palabras en turco, en persa, en kurdo, para negociar el porte de personas y equipajes hasta el centro de la ciudad o, directamente, al aeropuerto. Algunos solo han hecho la mitad del camino. “Aún nos queda un vuelo a Estambul y, de ahí, otro a Alemania”, explica una joven veinteañera que no quiere dar el nombre por su oposición al régimen ―que hace poco más de dos meses masacró a miles de manifestantes―, pero también a las bombas lanzadas por Estados Unidos e Israel sobre su país: “Es aterrador lo que está pasando. Querríamos que se fueran los mulás, pero no estoy segura de que así vaya a pasar”.
La joven es parte del goteo, todavía menor pero constante, de miles de iraníes que escapan de la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero contra su país. EE UU ha atacado ya más de 10.000 objetivos y el Ministerio de Defensa israelí afirmó el día 25 haber arrojado “más de 15.000 bombas” sobre Irán, que han diezmado a la cúpula política y militar de la República Islámica, así como a su ejército. Pero también han matado a unos 2.000 civiles, al menos 221 de ellos niños, según la red de activistas iraníes HRANA, opuesta al régimen iraní ―otras organizaciones elevan la cifra hasta los 3.000 fallecidos―. Además de la infraestructura militar, miles de viviendas, 282 centros sanitarios y 600 escuelas han sido destruidas o dañadas por los bombardeos, ha denunciado la Media Luna Roja iraní.
La agencia para los refugiados de la ONU (ACNUR) estima que la guerra ha provocado el desplazamiento interno de 3,2 millones de iraníes, que han huido de los centros urbanos más castigados. Aunque el número de quienes han escapado del país es pequeño para un territorio de 93 millones de habitantes, durante los últimos diez días una media de 3.000 personas han cruzado la frontera a Turquía diariamente.
Morteza, un joven de 28 años llegado este jueves a la estación de tren de Van, también se va a Europa, y su marcha es “definitiva” (como el resto de entrevistados, no da su apellido por miedo a represalias). Le pesa dejar a sus padres atrás ―“No es fácil emigrar cuando sabes que se quedan en una situación muy dura”―, más aún cuando comunicarse con ellos desde el extranjero será complicado por el bloqueo de internet decretado por las autoridades. “Pero quizás en el futuro pueda ayudarles económicamente”. Por ahora, ese futuro no lo ve en la República Islámica. “La situación diría que es caótica, pero no sería del todo correcto”, dice midiendo sus palabras: “Porque durante el día la gente está en la calle, compra, intenta hacer vida normal, pero luego llega la noche y los cazas y los bombardeos”.
Cuando este joven tomó el tren en Tabriz (noroeste de Irán), pasada la una de la madrugada del jueves, la estación estaba sumida en la oscuridad. Solo cuando iba a llegar el convoy les hicieron pasar al edificio. Horas antes, un bombardeo había destruido la residencia contigua de los empleados ferroviarios, matando a siete personas.
Bombas sobre el tren
En los vagones había tensión. “Todo el tiempo había ese miedo a que pudiera pasar algo, que cayera alguna bomba”, relata Sani, iraní residente en Barcelona que ronda los 40 años y que llegó a Van acompañada de sus familiares, a los que había ido a visitar. “Muchísima gente se ha marchado de Teherán. La gente tiene mucho miedo porque las explosiones son tan grandes que tumban las ventanas”, explica en un español de acento redondeado y meloso, que choca con el entorno polvoriento de la estación y las montañas ásperas que dominan el horizonte fronterizo y que, a través de las cordilleras Zagros, se extienden desde aquí hasta el estrecho de Ormuz.

El temor de Sani no es infundado: dos días antes, los pasajeros del anterior servicio ferroviario entre Teherán y Van vieron cómo caían dos proyectiles poco después de partir de la capital. Soheil viajaba en ese tren: “Estaba ayudando a colocar las maletas a otros pasajeros cuando oímos un estruendo y la gente se arremolinó en las ventanas. Nos quedamos conmocionados. No sé si el tren era el objetivo, pero las bombas cayeron de forma bastante simétrica, una a cada lado de la vía. Estábamos en las afueras de Teherán, poco antes de llegar a Karaj”.
Tres días después, ya en Turquía, Soheil sigue en estado de shock. Le turban las imágenes, las escenas vividas, la destrucción, el peligro del que se ha librado… y le avergüenza profundamente que todo eso se pague con sus impuestos. Este iranoestadounidense lleva buena parte de sus cerca de 65 años de vida trabajando como ingeniero en California: “Estas bombas cuestan millones de dólares y las malgastan lanzándolas donde no hay objetivos militares”.
El hombre viajó a Irán a finales de enero para arreglar unos papeles a raíz de la muerte de su madre, pero la guerra lo dejó atrapado en Teherán. Con un amigo, escapó a una provincia vecina, como han hecho muchos. “El 21 de marzo salimos a caminar por las montañas de Shahmirzad [provincia de Semnan] y de repente escuchamos un bombardeo. Luego supimos que la mujer de mi amigo se asomó a la ventana a ver qué había pasado y la onda expansiva del siguiente proyectil hizo que saliera despedida y quedara herida. El hijo de mi amigo nos contó que, justo después del ataque, vio a muchos muertos, gente con la cara destrozada, el cerebro desparramándose del cráneo, los ojos destrozados… Gente inocente”, recuerda.
Turquía, vigilante
Los trenes viajan llenos, así que la mayoría de los iraníes que llegan a Turquía lo hacen a través del paso fronterizo de Kapiköy-Razi. Bajo un cielo marmóreo que a ratos escupe lluvia, a ratos nieve, los recién llegados salen con sus bultos y maletas del puesto fronterizo. En la parte iraní, las autoridades han colocado carteles en los que piden a los viajeros que “se abstengan de conceder entrevistas o hacer comentarios a periodistas y medios de comunicación extranjeros y hostiles al salir”.
Entre ellos hay muchas familias con niños, como la de Sarah, acompañada de su marido y su hijo de 10 años, de Urmia (noroeste de Irán): “Tenemos mucho miedo. Están bombardeando las comisarías y cuarteles, pero muchos están dentro de la ciudad, junto a edificios civiles”. Su idea, como la de muchos otros, es utilizar el visado de turista que les permite quedarse 90 días en Turquía, esperando a que la guerra termine y, al menos así, mantenerse mientras tanto alejados de los misiles y de la ansiedad. Yaser, de Shiraz (suroeste), suspira, enarca las cejas y vuelve sus ojos pequeños tras las lentes cuando se le pregunta. Como diciendo que no hay palabras para describir los ataques aéreos. O quizás los ataques sí, pero no el pavor que generan.

Tras unos primeros días en que la República Islámica permitió solo las salidas de personas con doble nacionalidad, ya no pone trabas a quienes quieren abandonar el país. Según datos turcos citados por ACNUR, entre el 3 y el 26 de marzo, 51.582 iraníes entraron en Turquía a través de la frontera terrestre y otros 38.013 regresaron a su país por la misma ruta. “El volumen de movimientos actual es notablemente inferior al periodo anterior al conflicto, cuando los cruces en ambos sentidos sumaban una media de 5.000 individuos diarios”, asevera la agencia de la ONU para los refugiados.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que, al iniciarse la guerra, el Ministerio de Comercio turco prohibió la entrada de vendedores ambulantes ―que llegaban al país para ganar algo de dinero vendiendo cartones de tabaco y otros productos menores y regresaban al cabo de unas horas―, y estos constituían buena parte de los cruces.
Las autoridades turcas, de momento, se mantienen vigilantes. “Se han tomado todas las precauciones, pero no hay ningún problema”, dijo el ministro de Interior, Mustafa Çiftçi, tras visitar esta semana Gürbulak, otro de los tres pasos fronterizos abiertos. Luego telefoneó al comisario europeo de Interior y Migraciones, Magnus Brunner, para comentarle la situación, ya que una eventual ola de refugiados preocupa en las capitales europeas.
El perfil de las personas que cruzan ahora sigue siendo variado, y aún hay quienes llegan desde el noroeste de Irán simplemente para acceder a internet o para pasar unos días y comprar productos que no encuentran en su país. Como una familia de etnia azerí a la que este periodista entrevistó en un centro comercial de Van. “En Tabriz sí ha habido muchos muertos. En cambio, en nuestro pueblo, que está más lejos, no ha habido bombardeos. Pero vemos pasar los misiles y eso da mucho miedo”, afirma la adolescente Fatemeh. Su abuelo, en cambio, se muestra firme: “Somos iraníes, así que no tenemos miedo. Yo luché en la guerra contra Irak”. Y enseña imágenes de aviones y misiles en un canal de Telegram que presume del poderío militar de Teherán y cuyos vídeos son, a todas luces, producto de la Inteligencia Artificial.
Los hay que salen casi con lo puesto, como un grupo de jóvenes kurdos de tez curtida que llevan cazadoras y un petate al hombro y vienen a trabajar poniendo parqués y encimeras. La imagen contrasta con la de una anciana señora de Shemiran, en el norte de Teherán, con un velo sutil que apenas le cubre la coronilla y que fuma cigarrillos finos con gesto displicente, molesta porque su conductor no ha logrado todavía cruzar la frontera para llevarla al Hilton, con idea de volar al día siguiente a Estambul y luego a Londres. “Ya es la tercera vez que salgo de Irán desde que mataron a ese tipo de Hamás [el jefe político, Ismail Haniya, en Teherán en 2024]”, explica.
La mayoría son iraníes de clase media o media alta, que pueden costear su estancia fuera del país. De hecho, los mejores hoteles de Van están hasta los topes. A la hora del desayuno en el Elite World cuesta encontrar sitio en mesas llenas de personas que hablan persa entre el tintineo de platos y cucharillas. “Estamos llenos por los iraníes que escapan de la guerra. Están unos días y luego se van a Estambul u otras ciudades”, cuenta un empleado del hotel.
Pero en realidad, la mayoría apuestan por quedarse en Irán, “unos porque no pueden costearse la salida, otros porque no quieren abandonar su país”, cuenta Reza, que vive en el extranjero y ha acudido al paso fronterizo de Kapiköy a recoger a su madre, anciana y enferma, porque en los hospitales de Teherán, atestados de heridos de guerra, no pueden atenderla: “En cambio, mi hermana no tiene intención de marcharse, y podría hacerlo”.
El joven treintañero está muy enfadado por la ofensiva israeloestadounidense y teme que la propuesta de negociación del presidente Donald Trump sea solamente una excusa para un ataque mayor. El presidente de EE UU ha extendido hasta el día 6 el plazo del ultimátum dado a las autoridades iraníes para aceptar su oferta de 15 puntos, al término del cual, si no hay acuerdo, desatará “un infierno” y atacará la infraestructura energética del país, según amenazó.
Reza reconoce que algunos de sus compatriotas apoyan los ataques porque piensan que eso debilitará el régimen de Irán, pero él no cree que eso vaya a ocurrir: “Nada bueno saldrá de estos bombardeos. Aunque dure 200 años, a este régimen lo tenemos que cambiar nosotros, los iraníes”.

