Oleoductos, enojos y reuniones que no llegan
Noti-análisis TeclaLibre
El tablero geopolítico volvió a encenderse esta semana con una mezcla explosiva: Ucrania atacando el oleoducto Druzhba, Donald Trump entrando en cólera porque Europa se queda sin petróleo, Eslovaquia indignada por el golpe a su seguridad energética, y un Sergei Lavrov que, con frialdad de ajedrecista, enfrió las expectativas de un posible cara a cara entre Putin y Zelenski.
Donald Trump, siempre teatral, declaró estar “muy enojado” con Ucrania. No tanto por solidaridad con Rusia, ni mucho menos con Zelenski, sino porque los misiles ucranianos golpearon un nervio sensible: el suministro energético de Europa Central. Y cuando los tanques europeos se quedan sin combustible, los políticos de Washington empiezan a temblar: nadie quiere cargar con la factura de una Europa apagada en pleno verano.
En su manual de “pacificador en campaña”, Trump quiere vender la idea de que él controla los hilos de la guerra. Pero la realidad lo contradice: sus aliados europeos lo presionan, Moscú se aprovecha y Kiev juega la carta del sabotaje estratégico. El enojo de Trump revela su verdadero temor: que la guerra se le salga del guión en un escenario donde él aspira a colgarse la medalla de “el que resolvió Ucrania”.
Si Hungría rugió con un tono casi mafioso (“sin nuestra electricidad, ustedes no sobreviven”), Eslovaquia optó por la indignación diplomática. Pero la verdad es la misma: ambos países están atrapados en la dependencia del crudo ruso y ahora se sienten rehenes de los drones ucranianos.
Aquí el cinismo europeo queda al desnudo: se declaran solidarios con Kiev en los foros de Bruselas, pero a la hora de llenar los depósitos de gasolina, exigen a Ucrania que no toque sus cañerías. El discurso de principios se estrella contra la pared de la factura energética.
Mientras tanto, Sergei Lavrov bajó de golpe la espuma de los rumores sobre un encuentro entre Putin y Zelenski. Su mensaje: “no hay agenda, no hay reunión”. El canciller ruso juega con dos cartas: Deslegitimar a Zelenski, insinuando que su mandato vencido lo vuelve un presidente “en el aire”; Y dilatar las conversaciones para que sea Moscú —y no Washington ni Kiev— quien marque los tiempos de la diplomacia.
La idea de Trump de organizar una cumbre trilateral se convierte, por ahora, en otra de esas promesas de campaña que sirven más para el show mediático que para resolver la guerra.
Lo ocurrido con el oleoducto Druzhba es mucho más que un ataque militar: es un recordatorio brutal de que la guerra de Ucrania se libra también en los tubos, cables y cañerías que alimentan a Europa. Cada bomba sobre infraestructura energética es una bomba sobre la unidad europea.
Trump grita, Eslovaquia se indigna, Lavrov se hace el frío y Zelenski insiste en reunirse “sin condiciones”. Pero la realidad es que ninguna de las piezas se mueve sin el visto bueno del Kremlin, que juega con la paciencia de Occidente y con la sed de petróleo de Europa.
Al final, el episodio del oleoducto deja un par de certezas incómodas: Trump no controla el conflicto; apenas lo comenta con enojo; Europa sigue siendo rehén de su dependencia energética, aunque finja lo contrario; y Rusia dicta el ritmo diplomático, mientras Ucrania, al atacar, recuerda que también puede incendiar la retaguardia de sus aliados.
Y entre tanto ruido, los ciudadanos de a pie en Bratislava, Budapest o Varsovia no se preguntan por las cumbres, sino por algo más simple: ¿habrá gasolina en el surtidor la próxima semana?
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