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Origen moderno del conflicto del Medio Oriente

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Por Ramon Espinola
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA MUNDIAL
Origen moderno del conflicto del Medio Oriente
Dedicatoria
A aquellos eruditos de sobremesa que, sin haber hojeado jamás el Pentateuco ni descifrado una sola sura del Corán, pontifican con la seguridad del ignorante ilustrado; a los devotos del eslogan, sacerdotes del rumor y teólogos del disparate, cuya fe más firme no es en Dios, sino en su propia ignorancia.
(Porque quien desconoce las raíces de los conflictos camina por la historia como camello extraviado en el desierto: avanza, sí, pero sin saber hacia dónde, ni por qué. Y ya se sabe que la ignorancia —esa madre prolífica— no pare hijos: pare desgracias.)
Lo que hoy arde en el Medio Oriente no es un incendio nuevo; es, más bien, una hoguera antigua alimentada con combustible moderno.
Lo novedoso no es el fuego, sino la gasolina: refinada en el siglo XX por la geopolítica de salón, esa ciencia exacta donde las potencias reparten el mundo con la misma delicadeza con que un carnicero divide una res.
Porque mientras millones morían en la Segunda Guerra Mundial, los vencedores ya ensayaban, con admirable previsión, la coreografía del mundo futuro: un teatro donde la paz sería un decorado y la guerra, el verdadero guion.
LA CONFERENCIA DE YALTA
La célebre Conferencia de Yalta (febrero de 1945) reunió a tres caballeros de la historia —Iósif Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt— quienes, con la solemnidad que exige el destino de los pueblos ajenos, decidieron el mapa del mundo desde la comodidad de un palacio imperial en Crimea.
Allí no solo se habló del fin de la guerra, sino del inicio de otra: la Guerra Fría, ese elegante conflicto sin balas directas donde los muertos siempre eran de otros países.
Yalta fue la continuación de una serie de reuniones donde el mundo se repartía como botín diplomático: Moscú, Casablanca, El Cairo, Teherán… nombres que suenan a historia, pero que en realidad son estaciones de un mismo tren: el de la redistribución del poder global sin consulta a los pueblos implicados.
Porque, claro está, ¿para qué preguntar a las naciones qué desean, cuando es mucho más eficiente decidir por ellas? La democracia, después de todo, es un concepto admirable… siempre y cuando no interfiera con los intereses estratégicos ni el dinero de los poderosos.
Los acuerdos de Yalta fueron polémicos incluso antes de secarse la tinta.
No porque fueran injustos —eso sería ingenuo— sino porque fueron demasiado evidentes. Nadie fuera del club fue consultado.
Nadie fuera del club importaba.
IRÁN: MODERNIDAD, PETRÓLEO Y CAÍDA
En ese tablero de ajedrez donde las piezas no saben que lo son, Irán ocupó un lugar privilegiado: rico en petróleo, pobre en soberanía.
Mohammad Reza Shah, último monarca de la dinastía Pahlaví, gobernó entre 1941 y 1979 con la ambición de convertir a su país en una “Gran Civilización”. Y lo logró… al menos en las estadísticas: crecimiento económico vertiginoso, modernización acelerada, urbanización masiva. Un milagro digno de aplauso, si uno se limita a mirar los números y decide ignorar a las personas.
Porque mientras Irán se vestía de modernidad, su alma se desgarraba entre tradición, desigualdad y represión.
El episodio más revelador —y menos casual— fue el derrocamiento de Mohammad Mosaddegh en 1953, tras nacionalizar el petróleo. Un gesto imperdonable: pretender que los recursos de un país pertenecieran a ese país. La respuesta fue ejemplar: un golpe de Estado cuidadosamente orquestado bajo la noble bandera de la estabilidad.
Desde entonces, el Shah gobernó con el respaldo de Occidente y el recelo de su propio pueblo, hasta que la historia —esa ingrata— decidió ajustar cuentas en 1979 con la Revolución Islámica liderada por el ayatolá Ruhollah Jomeiní.
El resultado fue previsible: la monarquía cayó, la teocracia ascendió y el pueblo, como siempre, cambió de amo con la esperanza de haber cambiado de destino.
1945–1979: LOS AÑOS QUE ENCENDIERON LA MECHA
Esos 34 años no fueron un simple intervalo histórico: fueron la incubadora del conflicto contemporáneo.
En 1948 nace el Estado de Israel, decisión que, lejos de resolver un problema histórico, inauguró varios nuevos.
Para unos, un acto de justicia; para otros, una imposición.
Para todos, el inicio de una cadena de guerras que aún no ha encontrado su último eslabón.
Los países árabes rechazaron su existencia. Israel respondió con fuerza. Las tensiones se volvieron permanentes. Y el conflicto, como buen negocio, comenzó a rendir dividendos políticos, religiosos y económicos.
Porque si algo ha demostrado la historia es que la guerra, además de tragedia, es industria. Y bastante rentable.
LA COMBUSTIÓN PERMANENTE
Desde entonces, el Medio Oriente no vive en guerra: vive en combustión. Una combustión sostenida por tres combustibles inagotables: religión, economía y poder.
Un triángulo perfecto donde cada vértice justifica al otro y donde la paz no es imposible… pero sí inconveniente.
EL ULTIMÁTUM DE TRUMP
Y en este escenario, aparece el siglo XXI con su estilo característico: amenazas en tiempo real, diplomacia por redes sociales y decisiones estratégicas anunciadas como si fueran promociones de temporada.
El episodio del ultimátum de Donald Trump contra Irán es un ejemplo casi didáctico de la política contemporánea: se anuncia la destrucción total de una civilización con la misma ligereza con la que se cancela una reserva, para luego suspenderla “temporalmente” en nombre de la paz.
Un plazo, una amenaza, una retirada. Todo en cuestión de horas. La guerra convertida en espectáculo, la diplomacia reducida a improvisación.
Trump, en su doble rol autoproclamado de presidente y representante oficioso del Medio Oriente —cargo que nadie recuerda haberle otorgado— declaró avances hacia la paz mientras el mundo contenía la respiración ante la posibilidad de una catástrofe nuclear.
Al final, el ataque no ocurrió. No por falta de capacidad, sino por exceso de consecuencias.
Porque incluso en la política internacional hay momentos en los que la destrucción total resulta… incómoda.
CONCLUSIÓN
Pensar que todo esto ha terminado es un acto de fe. Y la fe, cuando se aplica a la política, suele ser una forma elegante de ignorancia.
La guerra no ha terminado. Apenas ha hecho una pausa para reorganizarse. Un poco de agua sobre la candela, como quien dice.
Porque donde confluyen intereses económicos, religiosos y raciales, la paz no es una solución: es una anomalía.
EPÍLOGO: FUEGO, CENIZA Y MEMORIA
Y así, mientras los poderosos redactan la paz con tinta invisible y firman la guerra con sangre ajena, el mundo continúa girando con su elegante hipocresía intacta. Y los ignorantes creyendo estupideces.
Se habla de acuerdos, de estabilidad, de soluciones duraderas… como si la historia no fuera un cementerio de promesas incumplidas.
La guerra, en realidad, no necesita comenzar: nunca se ha ido. Solo cambia de uniforme, de discurso y de justificación. Ayer fue Dios, hoy es el petróleo, mañana será cualquier excusa que suene lo suficientemente noble para ocultar lo suficientemente bien la codicia.
Y los pueblos —eternos protagonistas sin voz— seguirán poniendo los muertos, los desplazados y las ruinas, mientras los arquitectos del desastre reciben premios, escriben memorias y dictan conferencias sobre la paz.
Porque si algo ha perfeccionado la civilización moderna no es la convivencia, sino el arte de destruir con argumentos.
Y en ese arte, el Medio Oriente no es la excepción: es la obra maestra.
Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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