-COP30 en la Amazonía: entre promesas verdes, tensiones diplomáticas y el rugido silencioso de la selva-
Belém, Brasil —
A las seis de la mañana, cuando la humedad todavía no ha terminado de trepar por los muros coloniales de Belém y las embarcaciones comienzan a sacudir el río Guamá, la COP30 arranca otro día decisivo en su primera edición celebrada en el corazón mismo de la Amazonía. El aire aquí es distinto, espeso, eléctrico: como si los árboles —esos gigantes que aún resisten siglos de tala, fuego y codicia— observaran de cerca a los negociadores que intentan salvar el clima del planeta… o al menos, decir que lo intentan.
Es lunes por la noche cuando Brasil decide mover ficha.
Una carta directa, urgente, casi un jalón de oreja diplomático, llega a las delegaciones de más de 190 países. El mensaje es claro: “aceleremos esto”. No hay forma más elegante de decir que la cumbre avanza, sí… pero no lo suficiente para responder a una crisis que no espera discursos.
Es el anfitrión quien pisa el acelerador porque sabe que esta no es una COP cualquiera: aquí se juega reputación, liderazgo y futuro. Y también porque Belém —con su belleza húmeda, sus mercados vibrantes y su infraestructura justa— está empezando a crujir bajo el peso de miles de delegados, periodistas, ONG y asesores que han desbordado hoteles, calles y agendas.
Amazonía: escenario, protagonista y víctima
La COP30 no solo está en la selva; respira la selva. Todo ocurre bajo la sombra de árboles que almacenan miles de millones de toneladas de carbono y que, pese a su grandeza, son vulnerables como nunca.
En cada discurso, panel y corredor diplomático, la Amazonía aparece como un mantra:
—“Es la última oportunidad de protegerla”.
—“Es un regulador clave del clima”.
—“Es la barrera natural contra el colapso climático”.
Pero también aparece la contradicción: algunas de las carreteras que conectan la sede tuvieron que construirse con tal velocidad que organizaciones locales denuncian impactos ambientales, mientras la ciudad improvisa hospedajes a precios disparados que han dejado fuera a activistas y delegaciones de países más pobres.
Brasil, entre tanto, intenta mostrar músculo verde presentando un nuevo fondo internacional para bosques tropicales. Pero aún nadie sabe cuánto dinero tendrá, quién lo pondrá ni qué tan exigentes serán los mecanismos de transparencia. La gran selva escucha… y espera.
Una cumbre con sillas vacías… y discursos incómodos
La política también juega fuerte.
Estados Unidos no envió delegación oficial por primera vez en la historia de las COP. El vacío lo ocupó China con una tranquilidad que no pasó desapercibida. Europa, por su parte, participa… pero dividida, cautelosa y con pocos bolsillos abiertos para nuevos compromisos financieros.
Aun así, desfilan voces claves:
Ed Miliband, ministro de Energía del Reino Unido.
Sophie Hermans, viceprimera ministra de Países Bajos.
Líderes de Barbados y Bangladesh, países que literalmente están perdiendo terreno frente al mar.
Los discursos suenan solemnes, sí, pero la sombra del “¿y el dinero?” se arrastra detrás de cada frase.
Los vulnerables alzan la voz: del Caribe a Bangladesh
En los pasillos se escucha un murmullo común: “sin financiamiento real, todo lo demás es poesía”.
Y quienes más lo repiten son los representantes de países vulnerables: los insulares, los costeros, los que se ahogan en cada huracán mientras las potencias discuten sobre metas para 2035.
Para el Caribe —incluida la República Dominicana—, esta COP no es un ejercicio diplomático; es una exigencia vital. Las costas retroceden, las tormentas se intensifican, las infraestructuras colapsan y las comunidades costeras viven a centímetros del mar y a kilómetros de la financiación climática.
Por eso las demandas son claras:
Fondos reales para pérdidas y daños.
Dinero para adaptación, no promesas de largo plazo.
Participación verdadera, no simbólica, en la mesa donde deciden los que no se inundan.
Belém al borde y la pregunta final
Mientras cae la tarde en la Amazonía, los delegados salen de las salas climatizadas a un ambiente que supera los 30 grados y una humedad que parece líquida. Allí se cruzan científicos, indígenas, diplomáticos y activistas con la misma sensación: la COP30 podría ser histórica… o podría ser otra foto bonita en la selva.
Brasil apostó por una cumbre en su territorio para demostrar liderazgo ambiental. Pero también sabe que el mundo está cansado de titulares verdes sin resultados concretos. Y de cartas urgentes que llegan tarde.
La Amazonía, silenciosa, observa.
El planeta, impaciente, espera.
Las promesas, por ahora, quedan en el aire.
Y Belém —entre barquitos que cruzan la bahía y debates que van y vienen como mareas— se convierte, al menos por unos días, en el verdadero termómetro del futuro climático del mundo.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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