Por Ramon Espinola
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
Rafael Valera Benítez, querido Fefé: el recordante olvidado

(Los pueblos que no distinguen ni agradecen a quienes se desangran por la libertad, terminan practicando —con admirable disciplina— el arte de no conocerla jamás.)
La vida —ese incesante desfile de contradicciones vestidas de destino— suele permitirse ironías que ni el más ácido de los poetas se atrevería a redactar sin rubor.
He aquí una de ellas: no murió en la ergástula del Rancho Jackelyn, en la infame calle 40; tampoco sucumbió en la Torre del Homenaje ni en los húmedos sótanos de Nigua. No. Rafael Valera Benítez murió, como suelen morir los hombres incómodos para la memoria colectiva: a manos de la ingratitud, ese verdugo sin rostro que no deja cicatrices visibles, pero sepulta con eficacia quirúrgica.
Combatió por la libertad —esa palabra que los pueblos pronuncian con entusiasmo y traicionan con diligencia—, y fue precisamente esa humanidad, por cuya dignidad apostó su existencia, la que decidió enterrarlo bajo la más pulcra de las lápidas: el olvido.
Hoy, las generaciones lo ignoran con una naturalidad que sería admirable si no fuese trágica.
Desde su adolescencia, fue un fervoroso defensor de la democracia, una criatura casi anacrónica en tiempos donde el silencio era la moneda más segura.
Se enfrentó a la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo con la obstinación de quien no sabe —o no quiere aprender— a doblar la cerviz.
Y tras el ajusticiamiento del tirano, lejos de retirarse a la cómoda contemplación del mérito adquirido, continuó enfrentando represiones y arbitrariedades de nuevos administradores del poder, esos herederos que suelen cambiar de discurso sin alterar el método.
Pero Fefé no era un hombre de una sola dimensión —como sí lo son los homenajes tardíos—. Fue abogado, maestro, periodista, poeta, escritor, diplomático, y miembro prominente de la célebre Generación del 48: esa estirpe de intelectuales que creyó, con conmovedora ingenuidad, que las letras podían dialogar con la dignidad.
Pagó el precio de su coherencia: encarcelado y torturado en la Torre del Homenaje y en La 40, tras descubrirse su participación en Juventud Revolucionaria y Juventud Democrática. Y como si la represión no bastara, la dictadura lo obligó a firmar el libro El Complot Develado, pieza propagandística destinada a desacreditar al Movimiento Revolucionario 14 de Junio.
Un texto que, como tantos documentos de la época, decía más por lo que ocultaba que por lo que afirmaba.
Años después, con la tiranía ya abatida, pudo al menos ejercer el humilde derecho de explicar la verdad, esa costumbre que suele llegar siempre tarde.
Tras el tiranicidio, su figura adquirió notoriedad al actuar como Procurador Fiscal, enviando a prisión a esbirros de la recién derribada satrapía.
¡Qué gesto tan inconveniente! Castigar a los culpables en un país que, por tradición, prefiere absolverlos con el silencio.
Su prestigio creció aún más con su participación en el proceso judicial por el vil asesinato de las hermanas Mirabal —Minerva, Patria y María Teresa—, mártires cuya memoria ha corrido mejor suerte que la de quienes también lucharon por la justicia, pero sin el privilegio de convertirse en símbolo.
Nacido en Santo Domingo el 6 de agosto de 1928, hijo de Concepción Adelaida Benítez Saviñón y Félix Eduardo Valera Pol, creció entre libros y conspiraciones en la calle José Gabriel García 102.
Fue expulsado de la Universidad de Santo Domingo —como corresponde a quienes piensan más de lo permitido— mientras cursaba derecho.
Desde joven escribió, publicando en la sección escolar del periódico El Caribe, dirigida por María Ugarte, cantera de la Generación del 48.
En 1960, el periódico anunció con pompa la publicación de Complot develado, atribuido a Valera Benítez. Pero la obra —como él mismo aclararía luego— era apenas un artefacto de manipulación: salvo dos declaraciones, todo lo demás era una versión acomodada y mentirosa. Así funciona el poder cuando escribe: con tinta de miedo y papel de conveniencia.
El 12 de mayo de 2001, un domingo cualquiera —porque la muerte suele elegir días sin solemnidad—, Fefé falleció en un accidente en su propio garaje. Ironía final: sobrevivió a cárceles, torturas y dictaduras, pero no al descuido doméstico. Sin embargo, su verdadera muerte había comenzado mucho antes, en el silencioso abandono de la memoria nacional.
Y, aun así, su legado —ese conjunto de palabras, actos y convicciones— persiste, al menos en el frágil refugio de quienes todavía creen que la gratitud es una forma de justicia.
Fue escritor, periodista, poeta, abogado, maestro, diplomático y combatiente cultural; miembro de una generación que soñó con un país mejor, aunque el país, en un gesto de refinada ingratitud, haya preferido no recordarlo.
EPÍLOGO: LA RETAMA DEL OLVIDO
Dicen que los pueblos construyen su historia sobre los hombros de sus héroes.
En nuestro caso, habría que precisar: sobre sus huesos, convenientemente cubiertos por la maleza del desinterés. La memoria colectiva, ese órgano que tanto se invoca y tan poco se ejercita, parece funcionar con criterios selectivos: recuerda lo que conviene, olvida lo que incomoda.
Rafael Valera Benítez no fue olvidado por accidente. Fue olvidado con la meticulosa indiferencia de una sociedad que teme mirar de frente a quienes encarnan lo que ella no tuvo el coraje de ser.
Porque recordar a Fefé no es un acto inocente: implica admitir que hubo hombres que no se vendieron, que no callaron, que no negociaron su conciencia. Y eso, en ciertos contextos, resulta profundamente ofensivo.
Así, entre discursos patrióticos y conmemoraciones de ocasión, seguimos cultivando la retama del olvido, esa planta resistente que crece donde la memoria ha sido abandonada. Y mientras florece, con su amarilla insolencia, nos recuerda —aunque no queramos escucharlo— que la ingratitud no es una falla del carácter: es, en demasiados casos, una política de Estado no declarada.
Y, por supuesto, mañana volveremos a preguntarnos —con estudiada ingenuidad— por qué nos faltan héroes.

