Taiwán, China y EE. UU.: ¿Contradicciones en la doctrina America First de Trump?
Por Luis Rodríguez Salcedo
Mientras China eleva el tono de sus advertencias contra Estados Unidos por el incremento en las ventas de armas a Taiwán, surge una pregunta inevitable: ¿es esto coherente con la política de “America First” que promueve Donald Trump, especialmente cuando promete “finalizar todas las guerras”? A primera vista, pareciera una contradicción. Pero al examinar más a fondo, el panorama se vuelve más complejo.
Taiwán representa uno de los puntos más delicados en la política exterior global. Para China, es una provincia rebelde que debe volver a su control. Para EE. UU., aunque no reconoce formalmente su independencia, constituye un bastión estratégico frente al expansionismo chino en Asia-Pacífico.
Desde hace décadas, Washington ha dotado a Taiwán de armamento defensivo bajo el amparo del Acta de Relaciones con Taiwán de 1979, que compromete a Estados Unidos a facilitar su defensa. Sin embargo, el contexto actual es más tenso que nunca, con una China más poderosa y decidida a hacer valer lo que llama “su soberanía irrenunciable”.
Donald Trump ha construido su política exterior sobre la base del lema America First, una propuesta que, lejos de significar pacifismo o retiro total del mundo, busca reducir las guerras costosas para EE. UU., priorizando los intereses económicos y estratégicos de la nación.
Bajo esa lógica, la venta de armas a Taiwán cumple varios objetivos clave: 1- No implica enviar tropas estadounidenses a la región. 2- Fortalece la industria militar nacional, generando empleos y exportaciones. 3- Sostiene el liderazgo estadounidense en Asia sin una guerra directa.
Por tanto, desde el punto de vista trumpista, vender armas no sería contradictorio con el deseo de “no involucrarse en más guerras interminables”. Más bien, se trataría de una estrategia de disuasión inteligente: reforzar a los aliados para evitar conflictos mayores.
No obstante, China ha dejado claro que hay una “línea roja” que Estados Unidos no debe cruzar. Cada nuevo paquete de armamento a Taiwán —especialmente si incluye sistemas avanzados ofensivos— puede empujar a China a una respuesta más contundente, no necesariamente militar, pero sí económica o geoestratégica.
Aquí yace el dilema: ¿puede Washington continuar armando a Taiwán sin provocar una ruptura irreversible con Pekín?
El mundo asiste a un ajedrez geopolítico donde el tablero ya no es solo militar, sino también tecnológico, económico y diplomático. Bajo una nueva presidencia de Trump, probablemente veríamos un endurecimiento hacia China en lo comercial, una continuación en el apoyo a Taiwán, pero sin intención directa de entrar en guerra.
En otras palabras, un estilo que podríamos llamar “aislacionismo militar, pero intervencionismo estratégico”.
La política exterior estadounidense, incluso bajo la bandera de America First, no ha abandonado la vieja premisa de que el poder —duro o blando— es la mejor forma de evitar conflictos. Vender armas a Taiwán se ajusta a esa lógica, aunque implique jugar peligrosamente cerca del fuego con una potencia como China.
La promesa de “finalizar todas las guerras” suena bien en campaña, pero en la práctica, puede significar solo cambiar de tácticas, no de objetivos.
Y en este juego de potencias, nadie está dispuesto a ceder.
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