El Hielo ya no está frío: Botas europeas y gorras MAGA en Nuuk
Por: Redacción TeclaLibre
Si alguien le hubiera dicho a los habitantes de Nuuk hace un par de años que su mayor preocupación no sería el deshielo de los glaciares, sino ver pasar tanquetas francesas por la calle Aqqusinersuaq, probablemente habrían soltado una carcajada gélida. Pero aquí estamos, en pleno enero de 2026, y el Ártico arde.
Todo empezó, como suelen empezar las tormentas modernas, con un post en redes sociales y una fijación inmobiliaria. Donald Trump volvió a la carga con su vieja idea de comprar Groenlandia, pero esta vez no fue un comentario al aire. Lo llamó «el negocio del siglo» y lo empaquetó bajo la promesa de su Cúpula Dorada.
¿El problema? Que los groenlandeses no tienen puesto el cartel de «Se Vende» y Copenhague ha decidido que ya basta de poner la otra mejilla.
La imagen es, cuanto menos, surrealista. En los últimos días, el puerto de la capital groenlandesa ha visto desembarcar a los «Chasseurs Alpins», la élite de la infantería de montaña francesa. Emmanuel Macron, en un despliegue de orgullo europeo que recordaba a los tiempos de Napoleón (pero con mejores abrigos), decidió que si Washington quería jugar al Risk, Europa pondría sus fichas sobre el tablero.
«No estamos aquí para atacar, sino para recordar que la soberanía no es un producto de Amazon», soltó un oficial galo mientras ajustaba su equipo bajo una aurora boreal que parecía ignorar la tensión política.
Alemania también ha enviado lo suyo: técnicos y sistemas de vigilancia que analizan cada movimiento del aire. Los suecos y noruegos, que de frío saben un rato, patrullan las aguas heladas. Europa ha decidido que Groenlandia es su línea roja, o mejor dicho, su línea blanca.
En el icónico Café Pascucci de Nuuk, la charla no es sobre la pesca del fletán. Los parroquianos observan por la ventana. Hay una mezcla de alivio —porque nadie quiere ser el estado número 51 de EE. UU. sin que le pregunten— y una resignación muy nórdica.
«Es como si tus dos tíos ricos se pelearan por ver quién cuida tu casa, pero ninguno te pregunta si quieres que se queden a dormir», dice Malik, un joven universitario que ve cómo su ciudad se llena de uniformes camuflados para la nieve.
Los carteles de «Not for sale» conviven con las pintadas de «Welcome, Europe». La mayoría prefiere el estado de bienestar danés que el sistema de salud estadounidense, y esa es la batalla cultural que Trump no vio venir.
Mientras tanto, desde Washington, el discurso no baja de tono. Se habla de «seguridad nacional» y de «recursos críticos». Para la Casa Blanca, Groenlandia es una pieza de Lego que falta en su mapa de defensa contra Rusia y China. Para Europa, es el último bastión de su autonomía estratégica.
Por ahora, las tropas europeas sirven el café y vigilan el horizonte. No se ha disparado una sola bala, pero el aire corta como un cuchillo. En esta partida de ajedrez sobre el hielo, Groenlandia es la reina, y nadie está dispuesto a que se la lleve el vecino del sur.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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