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TRUMP, PUTIN Y LA ALFOMBRA ROJA QUE TERMINÓ EN PIEDRA

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Trump, Putin y la alfombra roja que terminó en piedra

Donald Trump llegó a Alaska con la promesa de imponerle a Vladímir Putin un alto el fuego en Ucrania, pero salió con un discurso distinto: ya no hablaba de cese de hostilidades, sino de un “gran acuerdo de paz integral”. En otras palabras, el magnate cambió de libreto en plena función y dejó al ruso con lo que más deseaba: tiempo, espacio y la foto del regreso triunfal al escenario global.

El espectáculo fue calculado. Trump desplegó la alfombra roja, lo paseó en la limusina presidencial y hasta lo dejó hablar primero en la rueda de prensa. Un detalle que en diplomacia pesa tanto como un misil: el orden de las palabras define quién lleva la batuta. Y ahí fue Putin quien se acomodó como director de orquesta.
Mientras tanto, Trump se regocijaba cuando el ruso le dio un espaldarazo a su narrativa: que la invasión jamás hubiera ocurrido si él estuviera en la Casa Blanca y no Joe Biden.

Lo cierto es que Trump llegó pidiendo un alto al fuego inmediato y salió con nada concreto en la mano. Fiona Hill, ex asesora de Seguridad Nacional, lo resumió con ironía: el expresidente “tropezó con una roca en forma de Putin”. Y en Washington, más de un demócrata lo acusó de “rendirse” ante un autócrata al que trató como invitado de honor.

El senador Jack Reed fue más directo: “la pacificación debe hacerse de manera responsable, no a costa de blanquear a Putin”. Mientras, la senadora Jeanne Shaheen soltó la frase que retumbó en los pasillos del Capitolio: “el presidente desenrolló una alfombra roja y no obtuvo nada a cambio”.

Los republicanos, salvo los más fervientes aliados, optaron por el silencio o el optimismo cauteloso. Lindsey Graham apostó a una futura reunión trilateral con Zelenskyy y Putin que “podría acabar con la guerra antes de Navidad”. Otros, como Lisa Murkowski, pidieron prudencia: “Ucrania debe ser parte de cualquier acuerdo”.

En Europa, la lectura fue menos diplomática: Carl Bildt, ex primer ministro sueco, calificó la cumbre como “una victoria clara para Putin” y “un revés para Trump”.

El exmandatario estadounidense insiste en presentarse como pacificador global. Ya se cuelga medallas por supuestos logros en África y Asia y sueña con un Nobel de la Paz. Pero la realidad es testaruda: ni en Ucrania ni en Gaza ha conseguido lo que promete desde campaña.

Epílogo: ¿Paz o espejismo?

La cumbre en Alaska le devolvió protagonismo a Putin, dejó a Trump con menos de lo que esperaba y a Ucrania en la misma encrucijada. Más que un paso hacia la paz, pareció un ensayo de teatro político: alfombra roja, sonrisas y promesas que se evaporan en el aire helado de Anchorage.

Lo demás es relato. Y el relato, como sabe Putin, también es poder.

rodriguezsluism9@gmail.com

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