-Estados Unidos se retira —otra vez— de la Unesco: diplomacia a la carta estilo Trump-
El 22 de julio de 2025, la Casa Blanca anunció formalmente que Estados Unidos abandonará la Unesco por tercera vez en su historia, y por segunda ocasión bajo la presidencia de Donald Trump. El retiro se hará efectivo el 31 de diciembre de 2026.
Las razones oficiales se repiten como disco rayado: rechazo al enfoque “globalista e ideológico” de la organización, críticas por un supuesto sesgo antiisraelí tras admitir al Estado de Palestina, y oposición al impulso de “causas sociales y culturales divisivas” que Washington etiqueta ahora como “woke”.
En resumen: la Unesco promueve educación, ciencia, cultura y derechos humanos. Un combo demasiado peligroso para una administración que prefiere muros, guerras comerciales y tiktoks patrióticos.
En 2017, Trump ya había retirado a EE. UU. de la Unesco. Biden reincorporó al país en 2023. Ahora, Trump se va otra vez, como quien cancela una suscripción incómoda.
Pero esta vez el golpe económico será leve: Washington aporta actualmente solo el 8 % del presupuesto de la Unesco, frente al 22 % que aportaba hace una década. Desde 2018, la organización ha diversificado sus fuentes y cuadruplicado las contribuciones voluntarias. El directorado, con temple de maestro zen, asegura que no habrá despidos y que ya estaban preparados para esta jugada.
Las designaciones de Patrimonio Mundial en suelo estadounidense (como el Gran Cañón) no se verán afectadas, aunque podrían resentirse iniciativas complementarias de conservación y cooperación científica.
Expertos en educación y cooperación internacional ven esta salida como un claro retroceso. Justo ahora que la Unesco impulsa políticas sobre inteligencia artificial generativa, protección de biodiversidad y reconstrucción de patrimonio (como en la ciudad iraquí de Mosul), EE. UU. se baja del tren.
Pero, a decir verdad, nadie se sorprende. En febrero, la administración Trump ya había ordenado una “revisión de 90 días” para determinar si la Unesco era lo suficientemente patriótica. El veredicto fue previsible: demasiadas causas “divisivas” y poca reverencia por la bandera de barras y estrellas.
La directora general, Audrey Azoulay, no se inmutó: calificó la decisión como “una triste pero esperada separación”, y afirmó que el organismo seguirá funcionando con normalidad. Ya saben: cuando el “gran vecino” decide irse a tomar viento, el resto del vecindario sigue su vida.
Trump, por su parte, parece seguir una lógica digna de una serie de streaming: si no te gusta el show, lo cancelas; y si te vuelven a interesar los capítulos, te reenganchas. La política exterior como suscripción por temporada.
Aunque el impacto económico será limitado, la retirada deja consecuencias políticas importantes: cede espacios globales a actores como China, reduce la influencia estadounidense en los debates sobre ciencia, cultura y educación, y deteriora aún más la credibilidad de EE. UU. como socio internacional estable.
Este nuevo portazo no es más que otro episodio en la serie “Estados Unidos primero, los demás después… si acaso”. Una diplomacia de “guest star” que entra, sale, critica y, cuando se aburre, se va.

