InicioESTADOS UNIDOSVenezuela e Irán: misión cumplida otra vez

Venezuela e Irán: misión cumplida otra vez

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En la bomba que suelo visitar en Belmont Avenue, a una cuadra de mi casa, el precio de la gasolina ha subido de 2,69 a 3,59 dólares, un tercio en dos semanas. Es la guerra de Trump en Irán, traducida al lenguaje cotidiano que los estadounidenses entienden: el golpe en el bolsillo. Y esta escena se repite en todo el mundo. Pero Trump canta victoria y alardea de que su ejército venció en la primera hora del ataque: bombardeó miles de objetivos, destruyó buena parte de la capacidad ofensiva iraní y descabezó al liderazgo del régimen teocrático, enviando al otro mundo al ayatolá Alí Jameneí y a sus generales. Así es la furia épica de un imperio sin rival militar ni contención. Pero dos semanas después, la guerra sigue.

Aún no ha alcanzado su clímax y ya ha afectado a nueve países del Medio Oriente. Pese a ser el lado débil de un triángulo en el que Estados Unidos e Israel son los mayores poderes, Irán controla el estrecho de Ormuz, mientras el petróleo sube y baja vertiginosamente. Pero sube más de lo que baja. La caída del régimen, esgrimida por Trump como pretexto para el ataque, tampoco ha ocurrido.

Es más: los expertos advierten que los teócratas se han preparado para este momento durante décadas, fabricando grandes cantidades de drones y otros armamentos que le dan un filo de largo plazo. La capacidad militar de Estados Unidos es más sofisticada pero más lenta y costosa de producir. El ejemplo más inmediato está en los misiles Patriot, que ayudan a repeler ataques aéreos, son críticos en los sistemas defensivos de varias naciones y han sido clave para resguardar a Ucrania de los ataques rusos. The Wall Street Journal ha reportado que Estados Unidos e Israel están en una carrera contra reloj para destruir los sistemas de lanzamiento de misiles y las fábricas de drones iraníes antes de agotar el declinante inventario de los Patriots. Raytheon y Lockheed Martin, fabricantes de estos misiles, está produciendo solo 600 por año y por más que quisiera acelerar la producción, no podría hacerlo: la complejidad del proceso, que requiere componentes de países tan distantes como España, se lo impediría. A esto se suma el costo que va de dos a cuatro millones de dólares de cada uno, lo que obliga a producirlos solo bajo estricto encargo.

¿Qué puede pasar entonces si se agota el inventario? Lo más evidente es que el conflicto con Irán se prolongaría y la supervivencia de Ucrania se volvería más sombría y compleja de lo que ya es. O como lo resume Bojan Pancevski del Wall Street Journal, el drenaje del inventario representa un problema existencial para Ucrania. Además, no solo Rusia e Irán obtendrían una ventaja inmediata y significativa en los conflictos en los que participan, sino también China, que aguarda para expandir su hegemonía de lo económico a lo militar. Y estos tres rivales de Estados Unidos lo saben.

Tal como van las cosas, el conflicto con Irán se ha transformado en una guerra de desgaste que podría echar por tierra pronto el triunfalismo de Trump y convertirse en una tormenta perfecta de consecuencias globales para su presidencia. Porque es obvio que cuando Estados Unidos estornuda al mundo se engripa, pero también a la inversa: los estadounidenses no pueden escapar a la fuerza centrífuga de los conflictos que protagoniza su gobierno.

El precio de la gasolina –y la energía en general– es un termómetro unánime que no miente. Y el cierre del Estrecho de Ormuz no solo significa menos petróleo y gas natural, sino otras materias primas y productos como fertilizantes, esenciales para mantener las cadenas de suministro de alimentos alrededor del mundo y también en Estados Unidos. En su discurso de la Unión en febrero, Trump trató de insuflar optimismo en la economía repitiendo su gastado mantra: America (sin acento, es decir, Estados Unidos) nunca ha estado mejor. Hace unos días, como tantas otras veces, desdeñó la evidencia de que sus conciudadanos están sufriendo directamente el impacto económico de la guerra, insistiendo en que “la inflación está desplomándose, la economía está rugiendo de nuevo y Estados Unidos es de nuevo respetada”.

Pero la realidad es justo lo contrario. La terca inflación instalada en los bolsillos de los estadounidenses desde la pandemia nunca se ha ido. El crecimiento económico sí se ha desplomado. Los economistas vuelven a preguntarse si habrá una recesión. Aunque hay esfuerzos internacionales por mantener el precio del petróleo bajo control, el propio secretario de energía de Trump, Chris Wright, admitió el fin de semana que no hay garantías de que los precios del petróleo bajen pronto, incluso si la guerra termina en las próximas semanas. Mientras tanto, el ministro de exteriores de Irán, Abbas Araghchi, sostuvo que su país no ha buscado negociar con Estados Unidos y está listo para defenderse. Lo más revelador no son las declaraciones sino las encuestas: incluso entre los votantes blancos y figuras clave del MAGA, el apoyo comienza a erosionarse. Trump ha gobernado con la certeza de que su base es inexpugnable, pero esa certeza empieza a fisurarse. Con las elecciones de medio término en noviembre y un conflicto en Oriente Medio sin final a la vista, Trump está quemando ese margen bastante rápido.

Y este es el nudo principal de la situación. El cambio de régimen prometido por Trump al anunciar el ataque no se ha materializado. Al contrario, la Guardia Revolucionaria Islámica continúa en control del país y de su extenso aparato militar, si bien disminuido. La sociedad civil y los iraníes no son más libres, sino tal vez menos, y será así mientras persista el miedo que el régimen clerical impuso a la población durante décadas.

El escritor Reza Aslan, autor de Un mártir americano en Persia y nacido en Irán, lo puso en perspectiva en un ensayo reciente en The New York Times. Aslan recuerda que en su niñez en Irán, antes de migrar a Estados Unidos hace medio siglo, “la imagen que tenía de America era casi mítica. No era solo un superpoder distante. Era una fuerza moral, un lugar donde se corregían los entuertos, que defendía a los vulnerables e inclinaba la historia hacia la justicia. En mi lógica infantil, America era el adulto que de pronto aparecía en el patio de juegos para poner al bully de la clase en su sitio». Pero cuando le tocó al presidente Jimmy Carter poner al Shá de Irán en su sitio durante una visita a Teherán, lo que hizo fue darle un espaldarazo llamando al país una isla de estabilidad. Aunque Carter y Trump no pueden ser políticos más distintos, cada uno ha representado la esperanza de los oprimidos y, en su momento, ha sido visto como potencial héroe de la liberación. La conclusión de Aslan es la misma: «America no salvará a Irán».

Tanto en Venezuela como en Irán, es difícil confiar la libertad de un pueblo y la construcción de una democracia a actores cuyo interés principal es el control geopolítico o el dominio económico.

La comparación con Venezuela revela un problema de objetivos, no solo de ejecución. Allí, Trump tuvo al alcance de la mano el cambio real de régimen y no lo ancló: capturó a Maduro, descabezó al chavismo, pero le dio la bendición a Delcy Rodríguez dejando el proceso en el aire. En Irán el error fue simétrico pero a la inversa: el objetivo inicial era destruir la capacidad nuclear iraní antes de que cruzara el umbral de la bomba –una obsesión que Trump defendió desde su primer mandato– pero en algún punto de la Casa Blanca alguien (todo apunta a Netanyahu) amplió la apuesta y lo convirtió en guerra total contra el régimen. El resultado es un conflicto que heredó la escala de una guerra total, pero sin la mínima claridad estratégica.

Esa lección resuena hoy. Si el régimen teocrático sobrevive –lo cual, dos semanas después del primer bombardeo, luce probable– Trump no habrá reordenado el Medio Oriente sino consolidado a uno de sus actores más peligrosos. La única democracia real de la región, si bien defectuosa, seguirá siendo Israel. Y un Irán que emerge sin ser derrotado es un Irán que le demuestra al mundo que resistir al mayor poderío militar de la historia es posible y rentable. Eso es el preludio de más caos y puede tener consecuencias directas para Ucrania, para Venezuela y para el orden global que Estados Unidos dice defender.

El 1 de mayo de 2003, George W. Bush aterrizó en el portaviones USS Abraham Lincoln en un avión de combate y vestido con uniforme de piloto proclamó que las operaciones de combate en Irak habían concluido. Al fondo había una pancarta en la que se leía “Misión Cumplida”. Pero la guerra duró ocho años más.

No es la primera vez que el imperio vence pero no gana. Trump debería recordarlo y corregir su estrategia, porque hoy enfrenta el riesgo de haber ganado batallas que no resuelven guerras ni cierran conflictos: en Venezuela, una victoria incompleta; en Irán, una guerra sin final a la vista, con un costo doméstico que crece cada semana. Si hay un lugar donde todavía podría hacer una apuesta democrática real y ganarla, ese lugar es Venezuela. Pero para eso tendría que aceptar algo contrario a su naturaleza: que una victoria verdadera no se anuncia el primer día sino que se construye con paciencia, instituciones y aliados firmes, no acólitos complacientes o socios intimidados, que no solo le deban un favor. Hasta ahora, la evidencia apunta en la dirección contraria.

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