-Venezuela grita «¡Foul!» por el músculo militar de EE.UU. en el Caribe: ¿show o peligro real?-
¡Que tiemble el Caribe, que la cosa se pone seria! Este jueves, Venezuela le puso el grito en el cielo al jefe de la ONU, António Guterres, con una carta que parece escrita con fuego. ¿La razón? Denuncian que Estados Unidos está jugando a los soldaditos en el Caribe, con un despliegue militar que incluye destructores, un crucero lanzamisiles y —¡agárrense!— un submarino nuclear de ataque rápido. Según Caracas, es la primera vez que un trasto con capacidad nuclear se pasea por estas aguas, y eso, dicen, es un puñetazo al Tratado de Tlatelolco y a la mismísima Carta de la ONU.
El ministro de Exteriores, Yván Gil, soltó el comunicado en Telegram como quien lanza una granada: acusa a EE.UU. de subir el tono de su «hostigamiento» con sanciones, campañas de desprestigio y ahora este desfile naval que, según ellos, es una «amenaza sin precedentes». Venezuela no se queda en lamentos y le pide a Guterres que agarre el toro por los cuernos y le exija a Washington que baje las armas y respete la soberanía del país. «¡Que paren el show, que aquí nadie se chupa el dedo!», parecen decir desde Miraflores.
Caracas pinta un panorama digno de una película de acción: el Caribe como escenario de un duelo nuclear que pone en jaque la paz regional y el desarme global. Advierten que este despliegue no solo es una provocación, sino un riesgo para la estabilidad hemisférica. Y, con un guiño al drama, aseguran que «los pueblos» no se quedarán de brazos cruzados si la ONU no actúa. Eso sí, Venezuela jura que es un paladín de la paz, pero que no le busquen las cosquillas porque no se dejará pisotear.
Con ojo crítico, un toque de chispa y los pies en la tierra, vamos a desmenuzar este culebrón caribeño con la lupa bien puesta, porque aquí hay más ruido que en una salsa en plena plaza. Venezuela no es nueva en señalar a EE.UU. como el malo de la película, pero lo del submarino nuclear sube la apuesta a niveles de serie de Netflix. ¿De verdad hay un bicho de esos rondando el Caribe, o es una jugada maestra para desviar la mirada de los problemas internos? Porque, seamos sinceros, hablar de armas nucleares en la región suena a revival de la Guerra Fría, no a un día tranquilo en el trópico.
Lo objetivo primero: el Tratado de Tlatelolco (1967) prohíbe armas nucleares en América Latina y el Caribe, y aunque EE.UU. no es firmante directo, está vinculado por protocolos que lo comprometen a respetar la zona libre de armas nucleares. Si hay un submarino nuclear en el Caribe, no necesariamente viola el tratado al pie de la letra (los buques con capacidad nuclear pueden transitar si no llevan ojivas activas), pero sí es un gesto que grita «¡aquí estoy!» en letras mayúsculas. Desplegar destructores, cruceros y un submarino de ataque rápido no es precisamente una invitación a tomar café; es una muestra de fuerza que no pasa desapercibida.
La suspicacia, que no falte: Venezuela tiene un talento innato para usar la carta del «imperialismo yanqui» cuando las cosas se complican en casa. ¿Casualidad que esta denuncia llegue en medio de tensiones políticas, cuestionamientos electorales y una economía que parece un castillo de naipes? No sería la primera vez que Caracas agita el fantasma de EE.UU. para unir a su base y desviar la atención. Pero, ojo, que EE.UU. no es un santo: su historial en la región incluye desde sanciones hasta intervenciones directas, y un despliegue militar en el Caribe no es solo un «ejercicio de rutina». Si el submarino nuclear está ahí, es una provocación con todas sus letras, aunque no esté lanzando misiles.
Esto parece un duelo de titanes en el que nadie quiere disparar primero, pero todos quieren lucir los músculos. Venezuela juega la carta de la víctima indignada, sabiendo que Guterres no tiene el poder para frenar a EE.UU., pero sí puede amplificar el escándalo en la ONU. EE.UU., por su parte, podría estar mandando un mensaje a Maduro y sus aliados (léase Rusia o China) de que sigue siendo el sheriff del vecindario. Y en el medio, el Caribe, que debería ser solo playas y piñas coladas, termina como escenario de un Risk geopolítico.
Si el despliegue es real, EE.UU. está jugando con fuego al meter activos con capacidad nuclear en una región que se supone libre de esas tensiones. Viola el espíritu del Tlatelolco, aunque no necesariamente su letra, y da argumentos a Venezuela para subir el tono. Pero Caracas también sabe cómo exprimir estas situaciones para su narrativa interna y externa. Lo más probable es que estemos ante una mezcla de verdad y teatro: un despliegue militar que existe, pero cuya magnitud y propósito podrían estar siendo exagerados para ganar puntos en el tablero internacional.
En conclusión, hay que tomarse esta denuncia con una ceja levantada y un ojo bien abierto. Es un recordatorio de que el Caribe sigue siendo el patio trasero donde los grandes juegan a las pulseadas. Guterres, mientras tanto, debe estar buscando un café bien cargado para lidiar con este nuevo dolor de cabeza. Y nosotros, los espectadores, seguimos en la grada, esperando a ver si esto queda en fuegos artificiales o si alguien prende la mecha de verdad.
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