POR EL TRILLO DE LA HISTORIA
Por Ramon Espinola
Venezuela y la persistencia ideológica de ciertos sectores de la izquierda latinoamericana
Comprender el comportamiento político del ser humano ha sido siempre una de las tareas más complejas de la historia social. No pocas veces la ideología termina operando como un velo que oscurece la realidad, incluso cuando los hechos se presentan con una elocuencia dolorosamente evidente.
Tal fenómeno resulta particularmente notorio en el análisis de la crisis venezolana contemporánea, ante la cual persisten sectores ideológicos que, por fidelidad doctrinaria o animada aversión geopolítica, parecen renunciar deliberadamente a la observación objetiva de los hechos.
El vínculo histórico entre Venezuela y la República Dominicana ofrece un punto de partida esclarecedor para este análisis. Durante el siglo XIX, el patricio dominicano Juan Pablo Duarte encontró en Venezuela no solo refugio, sino también solidaridad y dignidad. Allí vivió buena parte de su exilio, acompañado de familiares y sostenido por la hospitalidad de un pueblo que comprendía el valor de la libertad.
Esta tradición solidaria se prolongó durante el siglo XX, cuando Venezuela acogió a numerosos dominicanos perseguidos por la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.
La solidaridad venezolana no se limitó a gestos simbólicos. El apoyo brindado por el gobierno de Rómulo Betancourt a la causa dominicana fue tangible y costoso. La donación del avión C-46 utilizado en la expedición de Constanza constituye un hecho histórico verificable que demuestra el compromiso venezolano con la lucha por la libertad de otros pueblos del Caribe.
Este compromiso tuvo un precio: Betancourt fue víctima de un atentado en Caracas, el 24 de junio de 1960, organizado por el régimen trujillista. El ataque, que causó la muerte del coronel Ramón Armas Pérez y dejó gravemente herido al mandatario venezolano, evidencia hasta qué punto la defensa de la democracia conllevó riesgos reales y sacrificios personales.
Resulta, por tanto, llamativo que sectores ideológicos contemporáneos, que se autodefinen como defensores de la democracia y del progreso social, mantengan una posición abiertamente complaciente frente al régimen chavista-madurista.
Dicho régimen ha provocado una de las crisis humanitarias más severas de la historia latinoamericana reciente, caracterizada por el colapso institucional, la destrucción del aparato productivo y el éxodo de millones de ciudadanos. Se estima que más de ocho millones de venezolanos han abandonado su país en busca de condiciones mínimas de vida, fenómeno que no puede ser explicado como un simple efecto secundario de un proyecto político, sino como la consecuencia estructural de un modelo fallido.
El elemento ideológico que explica esta paradoja parece residir en un arraigado antiamericanismo que, en ciertos sectores, ha adquirido un carácter dogmático.
En este marco, cualquier política, gobierno o modelo que se oponga a los Estados Unidos es asumido automáticamente como legítimo o progresista, aun cuando sus prácticas contradigan los principios democráticos que dichos sectores proclaman defender.
La fidelidad ideológica sustituye entonces al análisis empírico, y la retórica se impone sobre la evidencia.
Esta contradicción se vuelve aún más evidente ante las recientes propuestas y anuncios en torno al petróleo venezolano y su posible comercialización bajo esquemas de administración internacional.
Lo que durante años fue denunciado como “injerencia imperialista” comienza ahora a ser presentado por algunos como una vía necesaria para la recuperación económica del país. La incoherencia discursiva revela hasta qué punto el debate ha sido desplazado de la racionalidad política hacia la rigidez doctrinaria.
La crisis venezolana, por su magnitud y consecuencias humanas, exige una revisión profunda de los marcos ideológicos desde los cuales se la interpreta.
Defender un régimen que ha producido pobreza masiva, migración forzada y debilitamiento institucional no puede seguir siendo considerado una postura progresista sin que se incurra en una grave distorsión conceptual.
El progresismo auténtico, si pretende conservar su legitimidad moral, debe situar en el centro de su análisis la dignidad humana, la libertad política y el bienestar social, no la lealtad ciega a consignas heredadas.
Venezuela no necesita más apologías ideológicas.
Necesita comprensión histórica, responsabilidad política y, sobre todo, una solidaridad que no confunda la defensa de los pueblos con la defensa de los regímenes que los han llevado al borde del colapso.

