Por Ramon Espinola
ESTADOS UNIDOS Y EL DILEMA DEL PRESUPUESTO DE LA ONU
(O cómo funciona la caridad internacional… cuando la factura llega a un solo bolsillo)
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), ese venerable templo diplomático donde el mundo se reúne a hablar de paz mientras pelea por quién paga la cuenta, atraviesa hoy una crisis de liquidez tan dramática que ha amenazado con despedir cerca del 20 % de sus aproximadamente 37 000 empleados.
Naturalmente, los sindicatos del personal en Nueva York y Ginebra han reaccionado con la sorpresa habitual de quien descubre que el dinero no nace en los jardines de la Asamblea General.
Actualmente, la ONU cuenta con 193 países miembros, además de la Santa Sede y Palestina como observadores. Una familia numerosa, sin duda. Sin embargo, como en toda familia grande, siempre hay uno que termina pagando la cena de todos… y luego le piden postre.
Para el año 2025, la cuota de Estados Unidos alcanzó aproximadamente 820,4 millones de dólares, equivalente al 22 % del presupuesto ordinario de la organización. No es casualidad: la ONU usa una fórmula basada en la “capacidad de pago”, que considera variables como ingreso nacional, población y deuda externa. Y como Estados Unidos posee la economía más grande del planeta, la tasa máxima —22 %— parece perseguirlo como una deuda kármica multilateral.
De hecho, el sistema establece contribuciones que van desde un microscópico 0,001 % hasta ese majestuoso 22 %, mientras que 175 países aportan menos del 1 % cada uno, lo cual convierte el concepto de “cooperación internacional” en un poema contable digno de Kafka.
Aquí surge la pregunta —incómoda, antipática y peligrosamente lógica—:
¿Por qué, si existen 193 países, uno solo debe cargar con el 22 % del presupuesto?
La respuesta oficial: porque puede.
La respuesta real: porque el sistema fue diseñado así.
La ONU y su elegante camino hacia la austeridad obligatoria
Según propuestas recientes, el presupuesto ordinario para 2026 se ubicaría cerca de los 3,238 millones de dólares, una reducción de unos 577 millones (≈15 %) respecto al año anterior, con eliminación de miles de puestos laborales.
Posteriormente, la Asamblea General terminó aprobando cerca de 3,45 mil millones de dólares para 2026, cifra algo superior a la propuesta inicial, aunque todavía por debajo del presupuesto previo.
Todo esto ocurre mientras la organización advierte que podría enfrentarse a una especie de “carrera hacia la bancarrota” si los Estados miembros no pagan sus cuotas completas y a tiempo.
Lo fascinante —desde el punto de vista tragicómico— es que el problema no es solo cuánto se debe pagar… sino que muchos países simplemente no pagan cuando deben.
La crisis del dinero que no llega
A inicios de 2026, la ONU acumulaba atrasos cercanos a 1,57 mil millones de dólares, con la mayor parte vinculada a contribuciones pendientes, especialmente de Estados Unidos.
Este detalle introduce un nuevo nivel de ironía geopolítica:
El mayor contribuyente es, al mismo tiempo, el mayor deudor ocasional.
Un ballet financiero digno de estudio antropológico.
La pregunta que nadie quiere contestar demasiado alto.
Entonces surge el cuestionamiento ciudadano universal:
¿Por qué no dividir el costo entre los 193 países por igual?
Porque la ONU no funciona como una colecta escolar. Funciona como un sistema donde el aporte depende del tamaño económico de cada nación. En teoría, es justicia distributiva global.
En la práctica, es una mezcla de matemática económica, poder político y resignación diplomática.
Y ahora, la pregunta incómoda versión Caribe
¿Cuánto gasta la República Dominicana en su misión ante la ONU?
¿Y para qué?
Seguramente, para participar en la diplomacia global, defender intereses nacionales, votar resoluciones, negociar cooperación internacional y mantener presencia en el escenario mundial.
Todo eso es mentira porque la República Dominicana no tiene ninguna incidencia en ningún conflicto mundial. Carece de todo, para imponer su voluntad a otros, pero no es solo la nación dominicana la que se encuentra en esa situación, es el mundo entero, son solo Estados Unidos, Rusia, China, Francia, e Inglaterra las potencias que lo deciden todo, lo demás es buchipluma nama.
Y también —si somos brutalmente honestos— para no quedarse fuera de la mesa donde se reparten decisiones que luego afectan a todos.
Porque en política internacional, como en la vida, no siempre gana quien paga más…
Pero casi nunca gana quien no está sentado en la mesa.


