InicioIBEROAMERICAEL PERPETUO RETORNO DE KEIKO FUJIMORI

EL PERPETUO RETORNO DE KEIKO FUJIMORI

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Por la Redacción de TeclaLibre

Hay apellidos que no se pronuncian: se invocan o se maldicen. En el Perú del siglo XXI, decir Fujimori no es referirse a un linaje, sino a una grieta tectónica que atraviesa a todo un país. Mientras en las calles de Lima el rumor de la delincuencia se combate con el anuncio estridente de botas militares en tareas de seguridad interior, una figura vuelve a erigirse sobre las ruinas de la institucionalidad: Keiko Sofía Fujimori Higuchi.

La heredera del Palacio de Gobierno

La historia de Keiko no empezó en las bases partidarias ni en los debates académicos. Comenzó en 1994, entre los salones dorados del Palacio de Gobierno, cuando con apenas 19 años tuvo que calzarse la banda protocolar de Primera Dama tras la traumática ruptura entre sus padres, Alberto Fujimori y Susana Higuchi.

Aquella joven que sonreía junto al autócrata aprendió temprano la lección fundamental del poder peruano: la política no se hace con consenso, sino con disciplina de hierro y memoria corta.

Tras la colapsada huida de su padre en el año 2000 y el desplome de un régimen salpicado por la corrupción y las condenas por violaciones a los Derechos Humanos —Barrios Altos y La Cantuta como marcas indelebles—, la mayoría auguró el fin del apellido. Se equivocaron. En 2006, Keiko regresó al ruedo convertida en la congresista más votada del país, rearmando sobre los escombros lo que más tarde bautizaría como Fuerza Popular.

Tres balotajes, una prisión y el mito de la resistencia

La trayectoria de Keiko Fujimori es la crónica de un asedio interminable:

  • El muro del anti-fujimorismo: Tres veces tocó las puertas de la presidencia (2011, 2016 y 2021) y tres veces vio cómo una masa heterogénea pero furiosa se organizaba a última hora solo para cerrarle el paso.

  • El calvario judicial: Las celdas de Santa Mónica no le fueron ajenas. Las investigaciones por lavado de activos y los aportes fantasmas de campaña la llevaron a la prisión preventiva, convirtiéndola, según el cristal con que se mire, en una conspiradora acorralada o en una mártir de la persecución política.

Pero en la política peruana, donde los presidentes terminan presos, destituidos o prófugos, la capacidad de sobrevivencia de Keiko la mantuvo como la dueña indiscutible del bloque legislativo con mayor peso del país.

El regreso de la «Mano Dura»: Militares a la calle

Hoy, en un Perú extenuado por la delincuencia organizada y la fragilidad institucional, el relato fujimorista encuentra un nuevo aire. El anuncio de incorporar a las Fuerzas Armadas en asuntos de seguridad interior rescata la vieja narrativa de los noventa: el orden por encima del procedimiento; la firmeza antes que el debido proceso.

Para sus simpatizantes, es el remedio definitivo contra el caos. Para sus detractores e instancias internacionales, es la reedición de una pesadilla donde el Estado de derecho se disuelve en nombre de la paz social.

Keiko Fujimori no necesita el sillón presidencial para gobernar los tiempos del Perú; le basta con mover los hilos de la agenda pública. En un país atrapado entre el recuerdo del autoritarismo y la urgencia del presente, la sombra del fujimorismo sigue siendo la luz con la que se mide toda la política nacional.

Cobertura audiovisual

Para profundizar en las claves geopolíticas de este fenómeno y entender la evolución del movimiento fujimorista en la región, te invitamos a ver el siguiente análisis:

https://www.youtube.com/watch?v=BqIp7Y2ZYlk

Publicado en TeclaLibre — Análisis sin anestesia.

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