-El mazo de Trump y la jugada de Bruselas-
Fiel a su estilo de diplomacia a golpe de micrófono y declaraciones a pie de pista, Donald Trump no ha tardado en sacar la artillería pesada. El inquilino de la Casa Blanca, desde la comodidad del Air Force One, le ha enviado un mensaje meridiano a la vieja Europa: si abrazan a Canadá con «mala intención», prepárense para una lluvia de aranceles muy serios. La pregunta que queda flotando en el ambiente, con esa suspicacia que nos caracteriza, es qué diantres entiende Trump por «buena intención» cuando se trata de sus vecinos del norte.

El detonante de este berrinche arancelario no es otro que el discurso sobre el Estado de la Unión de Ursula von der Leyen. La presidenta de la Comisión Europea, con esa sonrisa que mezcla diplomacia de manual y urgencia estratégica, lanzó la caña al otro lado del charco proponiendo que Canadá se convierta en el primer «miembro asociado» del bloque. Todo esto, casualmente, ante la atenta mirada y los aplausos del actual primer ministro canadiense, Mark Carney, de visita por el viejo continente.
Para entender esta jugada hay que rascar debajo de las bonitas palabras sobre «valores compartidos» y «defensa de la democracia» que tanto fascinan a la burocracia europea. La realidad es más cruda y se cuenta en divisas. Europa necesita desesperadamente socios confiables en un mundo donde el multilateralismo hace aguas por todas partes, y Canadá es una de las pocas piezas del tablero que encaja en su estrategia para no quedar aplastada entre las superpotencias.
«Las democracias son libres de escoger con quién trabajar», dijo Von der Leyen. Una frase de vitrina que esconde una verdad incómoda: Europa está buscando flotadores de emergencia.
Por otro lado, la Canadá de Carney. no es precisamente un cordero manso buscando refugio. Ottawa lleva meses enzarzada en una guerra comercial de las buenas con Washington, llegando a imponer hace unas semanas aranceles de entre el 15% y el 50% a Estados Unidos en represalia a las políticas de la Casa Blanca. Buscar cobijo y una alianza en manufactura y defensa bajo el paraguas europeo no es solo un capricho canadiense; es una táctica de pura supervivencia económica.
Trump huele el peligro de esta alianza transatlántica. Un eje Europa-Canadá fuerte y sin fricciones significa menos dependencia del «America First». La amenaza de «dejar de comerciar con Europa en muchos ámbitos» es el clásico recurso de presión de su administración. Sabe perfectamente que a la maquinaria industrial europea un aumento severo de gravámenes estadounidenses le sentaría como un balde de agua helada.
Al final de la jornada, la geopolítica actual se reduce a esto: Von der Leyen busca aliados para su «Alianza por el Futuro», Carney necesita diversificar su tablero para no depender exclusivamente de un vecino impredecible, y Trump reparte advertencias para mantener su hegemonía comercial. Habrá que sacar las palomitas, porque esta telenovela arancelaria apenas acaba de estrenar temporada.
-Luis Rodríguez Salcedo para TeclaLibre-
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