POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
LOS GLORIOSOS «PROGRESISTAS» DOMINICANOS
Por Ramón Emilio Espínola
«La primera obligación de quien pretende enseñar a los demás es estudiar aquello que pretende enseñar.»

ABSTRACT
El presente ensayo examina, desde una perspectiva histórico-política y deliberadamente satírica, algunas de las contradicciones que pueden observarse en determinados sectores que se autodefinen como «progresistas» en la República Dominicana. El análisis parte de una cuestión fundamental: la relación entre los principios que tradicionalmente se asocian con el progresismo —libertades civiles, derechos humanos, participación ciudadana, pluralismo político, igualdad y justicia social— y la defensa o justificación de regímenes políticos que restringen precisamente esos derechos.
El ensayo aborda asimismo la relación dominico-estadounidense, la emigración dominicana hacia Estados Unidos, el extraordinario peso económico de las remesas y la cooperación bilateral en materia de seguridad y defensa. Finalmente, plantea una reflexión sobre la necesidad de aplicar los mismos criterios democráticos a todos los gobiernos, independientemente de su orientación ideológica.
El propósito no es defender a ningún gobierno de turno, sino formular una pregunta elemental: ¿puede llamarse progresista quien exige libertad para unos y justifica su ausencia para otros?
PRÓLOGO
Cuando la ideología se convierte en espejo retrovisor
La política tiene una curiosa capacidad para convertir las contradicciones en virtudes.
Hay hombres que defienden la democracia cuando están fuera del poder y descubren las bondades de la obediencia cuando llegan a él. Hay otros que denuncian el autoritarismo de un gobierno mientras justifican exactamente el mismo autoritarismo cuando lo practica un régimen que ideológicamente consideran simpático.
Y están, naturalmente, los que han alcanzado una categoría superior: los progresistas selectivos.
Estos últimos poseen una brújula política extraordinaria. Señala el norte dependiendo de quién gobierne.
Si Washington hace algo que no les agrada, inmediatamente aparece el imperialismo.
Si La Habana encarcela a un opositor, aparece alguna explicación histórica, económica, geopolítica o meteorológica.
Si Santo Domingo firma un acuerdo con Estados Unidos, se denuncia la entrega de la soberanía nacional.
Pero si un régimen extranjero mantiene durante décadas un sistema político sin pluralismo y reprime a quienes lo desafían, entonces comienza la gimnasia intelectual: «Hay que comprender el contexto».
¡Ah, el contexto!
Parece que el contexto es una especie de detergente ideológico capaz de limpiar cualquier pecado político.
Y precisamente por eso conviene regresar al principio.
La democracia no debería ser una ideología de conveniencia.
La libertad no debería tener pasaporte.
Los derechos humanos no deberían depender del color de la bandera.
Y la dignidad humana no debería requerir la autorización de ningún comité político.
¿QUÉ SIGNIFICA REALMENTE SER PROGRESISTA?
El progresismo suele asociarse con posiciones políticas situadas hacia la izquierda o el centroizquierda del espectro político y con la defensa de reformas sociales, ampliación de derechos, participación ciudadana, protección de minorías, mayor igualdad social y determinadas políticas redistributivas.
En sus mejores expresiones, el progresismo pretende que la sociedad avance.
La palabra misma lo anuncia: progreso.
El problema aparece cuando el progreso deja de medirse por la cantidad de libertad que disfruta el ciudadano y comienza a medirse por la simpatía ideológica que despierta el gobierno.
Porque entonces puede ocurrir el milagro:
El ciudadano deja de ser ciudadano y se convierte en militante.
La libertad deja de ser un derecho y se transforma en una consigna.
La democracia deja de ser una institución y pasa a ser una herramienta.
Y los derechos humanos dejan de ser universales para convertirse en armas arrojadizas contra los adversarios.
Ahí comienza la contradicción.
Un progresismo verdaderamente democrático debería defender, como mínimo, el derecho a disentir, la libertad de expresión, el pluralismo político, la libertad de asociación, elecciones competitivas, independencia institucional y protección frente al abuso del Estado.
Si un gobierno viola esos principios, el progresista coherente debería denunciarlo.
Aunque el gobierno sea de izquierda.
Aunque se declare revolucionario.
Aunque tenga una bandera roja.
Aunque sus dirigentes pronuncien discursos sobre justicia social.
Porque la prisión sigue siendo prisión aunque el carcelero cite a Marx antes de cerrar la puerta.
II. EL EXTRAORDINARIO CASO DE LA DOBLE VARA
Aquí comienza la parte verdaderamente interesante de nuestra pequeña comedia política.
Algunos de nuestros gloriosos progresistas dominicanos son extraordinariamente severos con cualquier acercamiento de la República Dominicana a Estados Unidos.
Si el Gobierno dominicano negocia cooperación económica, comercial, migratoria, energética o militar con Washington, inmediatamente aparece la acusación de «entreguismo».
La palabra tiene un sonido dramático.
«¡Entreguismo!»
Uno casi puede imaginar las cadenas arrastrándose por la avenida George Washington.
Pero hagamos una pregunta incómoda:
¿Dónde vive buena parte de los dominicanos?
Una enorme comunidad dominicana reside en Estados Unidos, particularmente en Nueva York, Nueva Jersey, Florida, Massachusetts y otros estados.
Y esa diáspora no constituye simplemente una población emigrada. Es una parte fundamental de la realidad económica y social dominicana.
Las remesas constituyen una de las principales fuentes de divisas del país.
Según el Banco Central de la República Dominicana, durante 2025 ingresaron aproximadamente US$11,866.3 millones en remesas. Y solamente entre enero y mayo de 2026 se recibieron US$5.170,1 millones.
Es decir, la relación entre la República Dominicana y Estados Unidos no puede analizarse únicamente desde la retórica de «imperialismo» o «entreguismo».
Existe una realidad humana, familiar, económica, comercial y cultural extraordinariamente profunda.
Miles de familias dominicanas tienen padres, hijos, hermanos, abuelos, tíos o primos viviendo en territorio estadounidense.
Muchos dominicanos trabajan allí.
Muchos estudian allí.
Muchos han creado empresas allí.
Muchos pagan impuestos allí.
Muchos regresan periódicamente al país.
Y muchos envían dinero a sus familias.
Entonces uno se pregunta:
¿Cómo puede calificarse toda relación dominico-estadounidense como una simple entrega de soberanía cuando existe una interdependencia social y económica de semejante magnitud?
La política seria debería responder esta pregunta.
La propaganda, naturalmente, no tiene tiempo para responder preguntas.
III. EL PECADO ORIGINAL DE LAS REMESAS
Existe además una ironía particularmente deliciosa.
Algunos de quienes condenan con mayor energía la influencia estadounidense parecen olvidar que una parte considerable de la economía familiar dominicana depende precisamente de los vínculos establecidos con Estados Unidos.
No estamos hablando únicamente de dólares.
Estamos hablando de alimentos, medicinas, ropa, equipos electrónicos, vehículos, educación, vivienda, servicios y apoyo familiar.
La emigración dominicana hacia Estados Unidos ha creado una red transnacional que ya forma parte de la estructura social de la República Dominicana.
Y aquí aparece una paradoja digna de la mejor novela política:
Estados Unidos puede ser presentado como el gran enemigo geopolítico en el discurso de algunos sectores, pero se convierte en un pariente extraordinariamente querido cuando llega el día de cobrar la remesa.
¡Qué maravilloso invento es la ideología cuando permite separar al enemigo político del primo que manda los dólares!
Por supuesto, esto no significa que toda política estadounidense deba ser aprobada.
Ni mucho menos.
Una nación soberana tiene derecho a criticar a Estados Unidos.
Pero existe una diferencia entre criticar una política concreta y convertir toda relación bilateral en una conspiración imperial.
Una cosa es el análisis.
La otra es la caricatura.
Y precisamente porque estamos hablando de caricaturas, continuemos.
IV. LAS BASES MILITARES Y EL FANTASMA DEL IMPERIALISMO
Otro argumento recurrente consiste en acusar de entreguista al Gobierno dominicano cuando desarrolla cooperación militar y de seguridad con Estados Unidos.
Aquí también conviene introducir un poco de historia y bastante sentido común.
Estados Unidos mantiene acuerdos de cooperación militar, presencia, instalaciones, acceso o estructuras de seguridad con numerosos países aliados. Entre ellos se encuentran diversos Estados europeos y asiáticos. Alemania, Francia, Inglaterra, España, Italia, en Europa, Japón y Corea del Sur en Asia, Arabia Saudita, Israel en el Medio Oriente, entonces, ¿por qué la República Dominicana, en la zona de influencia de Estados Unidos, no puede estar alineada económicamente, políticamente y militarmente con los Estados Unidos?
Pero sería históricamente impreciso afirmar que todos esos países simplemente «permiten bases de ataque» estadounidenses como si fueran territorios ocupados.
La realidad es mucho más compleja.
Existen acuerdos bilaterales, tratados, convenios sobre fuerzas militares, instalaciones, ejercicios conjuntos, logística, defensa colectiva y cooperación estratégica.
Japón, Corea del Sur, Alemania, Italia, España, Polonia y otros aliados mantienen diferentes modalidades de cooperación militar con Estados Unidos dentro de sus respectivas relaciones estratégicas.
Entonces la pregunta razonable es:
¿Por qué aquello que constituye cooperación estratégica para otros países tiene que convertirse automáticamente en «entreguismo» cuando lo hace la República Dominicana?
La respuesta debería surgir de un análisis serio de cada acuerdo.
No dé una consigna.
Porque si cualquier cooperación militar con Estados Unidos significa automáticamente pérdida de soberanía, entonces habría que explicar por qué numerosas democracias soberanas mantienen desde hace décadas acuerdos de defensa con Washington.
¿Son todas colonias?
¿Han dejado de existir sus Estados?
¿Han desaparecido sus parlamentos?
¿Se evaporaron sus constituciones?
No.
La cuestión real es determinar qué establece cada acuerdo, qué derechos conserva el Estado anfitrión y cuáles son sus límites jurídicos.
Eso se llama estudiar.
Y estudiar tiene el inconveniente de que obliga a leer.
V. EL CASO CUBANO: CUANDO LA LIBERTAD SE QUEDA SIN VOZ
Y llegamos finalmente a Cuba.
Aquí aparece, quizá, la contradicción más interesante.
Hay dominicanos que se proclaman fervientes defensores de la libertad, la justicia social, la igualdad, los derechos humanos y la participación popular y, simultáneamente, mantienen una visión extraordinariamente indulgente hacia el régimen cubano.
No se trata de negar los logros que Cuba haya podido alcanzar en determinadas áreas sociales, ni de negar que la historia cubana tenga complejidades extraordinarias.
Se trata de formular una pregunta sencilla:
¿Puede existir progreso sin libertad política?
Cuba continúa siendo un Estado de partido único.
Freedom House señala que el sistema cubano prohíbe el pluralismo político, restringe severamente las libertades civiles, controla los medios independientes y reprime la disidencia.
Human Rights Watch también documenta la represión contra la disidencia y las restricciones a quienes expresan críticas públicas contra el gobierno.
Entonces volvamos a la definición inicial.
Si el progresismo defiende derechos civiles…
Si defiende participación ciudadana…
Si defiende igualdad…
Si defiende libertad…
Si defiende la dignidad humana…
¿Por qué habría que hacer una excepción cuando quien limita esos derechos se declara revolucionario?
Aquí aparece la pregunta que nadie quiere responder:
¿La libertad es un derecho humano o una recompensa ideológica?
Si es un derecho humano, pertenece también al cubano que piensa distinto.
Al opositor.
Al periodista independiente.
Al estudiante inconforme.
Al ciudadano que quiere votar por otro partido.
Al trabajador que protesta.
Al artista que critica.
Al escritor que disiente.
Y también al comunista que quiera abandonar el comunismo.
La libertad política no puede ser propiedad privada de ninguna ideología.
VI. EL PROBLEMA DE LA «REVOLUCIÓN ETERNA»
Uno de los grandes peligros de la política consiste en convertir una revolución en una religión.
Cuando una revolución se transforma en dogma, el gobierno deja de tener adversarios políticos y comienza a tener «enemigos de la patria».
Entonces cualquier crítica puede convertirse en traición.
Y cuando la crítica se convierte en traición, la democracia comienza a preparar su funeral.
La historia está llena de revoluciones que prometieron crear al hombre nuevo y terminaron creando al ciudadano silencioso.
Prometieron igualdad y produjeron nuevas élites.
Prometieron liberar al pueblo y terminaron pidiéndole obediencia.
Prometieron democracia popular y terminaron explicando por qué el pueblo no necesitaba elegir.
¡Qué extraordinaria manera de interpretar la soberanía popular!
El pueblo es soberano…
Siempre que vote correctamente.
VII. LA REPÚBLICA DOMINICANA NO ES PERFECTA
Ahora bien, sería intelectualmente deshonesto convertir esta crítica al progresismo selectivo en una defensa automática de todos los gobiernos dominicanos.
La República Dominicana tiene problemas reales.
Tiene corrupción.
Tiene desigualdad.
Tiene clientelismo.
Tiene instituciones que deben fortalecerse.
Tiene políticos que prometen mucho y cumplen poco.
Tiene funcionarios que descubren misteriosamente que la austeridad es una virtud cuando están en la oposición y una molestia cuando llegan al gobierno.
Tiene partidos que cambian de discurso con una velocidad que haría palidecer a cualquier meteorólogo.
Y tiene una clase política que, en ocasiones, parece practicar un curioso deporte nacional:
Prometer el futuro mientras administra el presente.
Por eso la crítica democrática al Gobierno dominicano es legítima.
Más aún: es necesaria.
Pero criticar al Gobierno dominicano no obliga a negar sus relaciones internacionales.
Y criticar a Estados Unidos no obliga a convertir a Cuba en un paraíso.
Y criticar al capitalismo no obliga a defender al comunismo.
Y defender la justicia social no obliga a aceptar la ausencia de libertades.
Ese es precisamente el punto.
VIII. EL PROGRESISMO QUE NECESITA UNA CLASE DE HISTORIA
Tal vez nuestros gloriosos progresistas necesiten una pequeña asignatura adicional:
«Historia Universal de las Contradicciones Políticas».
Primera lección:
Un gobierno no se vuelve democrático porque se llame revolucionario.
Segunda:
Un gobierno no se vuelve dictatorial porque tenga relaciones con Estados Unidos.
Tercera:
Una potencia no se vuelve inocente por ser capitalista.
Cuarta:
Una revolución no se vuelve santa por utilizar la palabra pueblo.
Quinta:
Una bandera no sustituye a una Constitución.
Sexta:
Un discurso sobre igualdad no sustituye la libertad individual.
Séptima:
Un gobierno que encarcela al ciudadano por pensar diferente merece ser cuestionado, independientemente de su ideología.
Y octava:
La libertad no debe necesitar certificado de izquierda ni de derecha.
CONCLUSIÓN
La libertad no puede tener dos diccionarios
La discusión política dominicana necesita superar la costumbre de medir los hechos con dos reglas.
Una para los amigos.
Otra para los enemigos.
Una para Washington.
Otra para La Habana.
Una para Santo Domingo.
Otra para Moscú.
Una para los gobiernos que nos gustan.
Otra para los gobiernos que no nos gustan.
Eso no es progresismo.
Eso es tribalismo ideológico.
La democracia exige algo mucho más difícil: aplicar los mismos principios incluso cuando su aplicación perjudica nuestra propia posición política.
Si creemos en la libertad de expresión, debemos defenderla para quien piensa como nosotros y para quien nos irrita profundamente.
Si creemos en elecciones libres, debemos defenderlas incluso cuando el candidato que preferimos tenga posibilidades de perder.
Si creemos en los derechos humanos, debemos defenderlos tanto en Washington como en La Habana, Santo Domingo, Moscú, Caracas o cualquier otra capital.
Si creemos en la soberanía nacional, debemos defenderla sin convertir toda relación internacional en una capitulación.
Y si creemos en el progreso, debemos recordar que no existe progreso político cuando el ciudadano tiene que pedir permiso para pensar.
La historia enseña algo que la propaganda suele olvidar:
Los gobiernos pasan; los pueblos quedan.
Los presidentes pasan.
Los partidos pasan.
Las revoluciones pasan.
Las ideologías pasan.
Pero la libertad que se pierde puede tardar generaciones en recuperarse.
EPÍLOGO
El maravilloso supermercado de las contradicciones
Y aquí termina nuestro pequeño viaje por el trillo de la intrahistoria.
Pero antes de cerrar la puerta, vale la pena detenerse ante el escaparate.
Allí encontramos al progresista profesional.
Tiene en la mano un cartel que dice:
«¡Libertad para todos!»
Muy bonito.
Le preguntamos:
—¿Para todos?
—Para todos.
—¿Incluso para los que piensan diferente?
Hace una pausa.
—Bueno… hay que contextualizar.
Y ahí comprendemos que acabamos de entrar en el maravilloso supermercado de las contradicciones ideológicas.
En un estante se vende libertad.
En otro, censura.
En uno se ofrece democracia.
En otro, partido único.
En uno se anuncia soberanía.
En otro, dependencia económica.
Y en la caja registradora está el cajero de la ideología, que cobra según la bandera del producto.
El problema no es ser de izquierda.
Tampoco es ser de derecha.
El problema comienza cuando la ideología consigue que una persona pierda la capacidad de reconocer una injusticia simplemente porque la comete alguien de su propio bando.
Porque entonces ya no estamos ante una ideología.
Estamos ante una religión política.
Y toda religión política termina necesitando sacerdotes, herejes y hogueras.
La historia latinoamericana conoce demasiado bien ese camino.
Por eso conviene repetir una vieja verdad que debería estar escrita en la entrada de todas las universidades:
No hay libertad de izquierda ni libertad de derecha. Hay libertad o no la hay.
Y agregaría, con el debido respeto por nuestros ilustres progresistas:
Si para defender la libertad hay que consultar primero quién es el dictador, entonces no estamos defendiendo la libertad; estamos defendiendo al dictador que nos cae bien.
Eso, queridos lectores, no es progresismo.
Es simplemente la vieja hipocresía política con una camisa nueva.
Y como la historia tiene la mala costumbre de regresar cuando los hombres se niegan a estudiarla, quizá algún día nuestros progresistas descubran que el verdadero progreso no consiste en encontrar una dictadura ideológicamente simpática.
Consiste en construir una sociedad donde nadie tenga que simpatizar con el gobierno para poder ser libre.
Ese día, quizá, podremos cerrar definitivamente el capítulo de las contradicciones.
Hasta entonces, continuaremos caminando…
Por el Trillo de la Intrahistoria.
BIBLIOGRAFÍA EDUCATIVA
Democracia, libertad y pensamiento político
Bobbio, Norberto. Liberalismo y democracia. México: Fondo de Cultura Económica.
Bobbio, Norberto. El futuro de la democracia. México: Fondo de Cultura Económica.
Berlin, Isaiah. Dos conceptos de libertad. Madrid: Alianza Editorial.
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Dahl, Robert A. La poliarquía: participación y oposición. Madrid: Tecnos.
Hayek, Friedrich A. Camino de servidumbre. Madrid: Alianza Editorial.
Popper, Karl R. La sociedad abierta y sus enemigos. Barcelona: Paidós.
Cuba, revolución y régimen político
Fagen, Richard R. The Transformation of Political Culture in Cuba. Stanford: Stanford University Press.
Pérez-Stable, Marifeli. The Cuban Revolution: Origins, Course, and Legacy. New York: Oxford University Press.
Thomas, Hugh. Cuba: The Pursuit of Freedom. New York: Harper & Row.
Domínguez, Jorge I. Cuba: Order and Revolution. Cambridge: Harvard University Press.
Derechos humanos y libertades civiles
Freedom House. Freedom in the World 2026: Cuba. Washington, D.C.
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República Dominicana, Estados Unidos y relaciones internacionales
Bosch, Juan. De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe, frontera imperial. Santo Domingo.
Cassá, Roberto. Historia social y económica de la República Dominicana. Santo Domingo.
Moya Pons, Frank. Manual de Historia Dominicana. Santo Domingo: Caribbean Publishers.
Wiarda, Howard J. The Dominican Republic: A Caribbean Crucible. Boulder: Westview Press.
Economía dominicana y remesas
Banco Central de la República Dominicana. Estadísticas y publicaciones sobre remesas, sector externo y economía dominicana. Los datos oficiales registran US$11,866.3 millones de remesas en 2025 y US$5,170.1 millones entre enero y mayo de 2026.
Para profundizar
Constitución de la República Dominicana.
Constitución de la República de Cuba.
Organización de las Naciones Unidas. Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos.
Organización de Estados Americanos. Carta Democrática Interamericana.
NOTA FINAL DEL AUTOR
Este ensayo no pretende sostener que la República Dominicana sea un modelo perfecto de democracia, ni que Estados Unidos deba ser considerado una potencia incapaz de cometer errores o abusos. Tampoco pretende negar los problemas sociales y económicos de Cuba ni convertir una discusión histórica compleja en una simple pelea ideológica.
La intención es otra y, quizá, mucho más incómoda:
pedir coherencia.
Quien critique a Washington debe poder criticar a La Habana.
Quien critique a Santo Domingo debe poder criticar también a cualquier gobierno extranjero.
Quien defienda los derechos humanos debe defenderlos aunque el violador lleve la bandera que le gusta.
Y quien se proclame progresista debería recordar que la palabra «progreso» pierde su significado cuando se utiliza para justificar la falta de libertad.
Porque la historia, esa vieja maestra que algunos políticos prefieren suspender antes de presentarse al examen, termina siempre cobrando las cuentas.
Y casi nunca acepta excusas ideológicas como forma de pago.


