-El teatro de la ONU en Haití: Renuevan una fuerza famélica mientras las pandillas siguen cobrando peaje-
El Consejo de Seguridad de la ONU renovó por seis meses la Fuerza de Represión en Haití. Un análisis sobre la falta de tropas, el escepticismo internacional y el peso de la crisis que recae sobre la República Dominicana. Etiquetas: Haití, ONU, Fuerza Multinacional, Kenia, Luis Abinader, Crisis Haitiana, Seguridad Fronteriza, Geopolítica.
Por Luis Rodríguez Salcedo
La diplomacia internacional tiene una habilidad asombrosa para redactar resoluciones rimbombantes mientras la realidad en el terreno se desangra. El pasado martes 29 de septiembre, el Consejo de Seguridad de la ONU decidió extender por seis meses más —hasta marzo de 2027— el mandato de la llamada Fuerza de Represión de Pandillas (GSF) en Haití. La medida fue impulsada por Estados Unidos y Panamá, y aplaudida en los salones de Nueva York, pero en los barrios de Puerto Príncipe, donde el plomo dicta la ley, no pasó de ser un chiste de mal gusto.
El discurso oficial nos quiere vender progreso. El embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, sacó la calculadora para defender la renovación asegurando que ya hay algo más de 1,500 efectivos sobre el terreno y que llegarán 4,000 más «en los próximos meses».
Pero al estilo TeclaLibre hay que rasgar la superficie: la meta operativa original era un contingente rápido, abrumador y disuasivo de al menos 5,500 hombres. Hoy, lo que pisa el asfalto haitiano es un puñado de policías kenianos acompañados de fracciones caribeñas y un pequeño contingente salvadoreño que apenas se suma. Elementos que, como bien advirtieron analistas y opositores en la propia Kenia antes del despliegue, no están entrenados para tácticas de guerra, ni para leer mapas topográficos, ni para operar armamento pesado en combates urbanos.
Frente a ellos no hay simples ladrones de gallinas. Hay alianzas criminales fuertemente armadas, como la temida «Vivre Ensemble», que siguen controlando a sus anchas franjas vitales como La Saline y Bel Air, dictando el ritmo de la economía del secuestro y el peaje.
La votación en la ONU arrojó 12 votos a favor y tres abstenciones muy dicientes: Rusia, China y Pakistán. ¿El motivo? En el fondo saben perfectamente que enviar un contingente raquítico a un Estado fallido es como intentar apagar un incendio forestal con una manguera de jardín.
La propia ONU, en voz de António Guterres, tuvo que salir a pedir limosna tras la votación, alertando sobre la alarmante «falta de financiación» de la misión. Todos, desde Europa hasta Asia, emiten comunicados deseando que Haití se pacifique, pero nadie quiere abrir la chequera de verdad ni poner a sus mejores tropas en la línea de fuego.
En tanto, República Dominicana es el muro de contención solitario
Mientras en Nueva York se firman papeles y se extienden plazos, en Santo Domingo se siente la presión real. Hace apenas unos días, el 23 de septiembre, el presidente Luis Abinader se plantó en la Asamblea General de la ONU y fue lapidario: «Nada de esto exige una nueva decisión: exige cumplir la que ya se tomó, en meses y no en años… la República Dominicana ha hecho su parte».
Y tiene toda la razón. A través de la diplomacia, nuestro país solicitó que la extensión de la misión fuera de un año, advirtiendo con lógica básica que un mandato de seis meses es insuficiente para desplegar capacidades operativas, logísticas y financieras serias. Sin embargo, la comunidad internacional hizo oídos sordos a esa petición y aprobó el plazo corto.
Ante el fracaso estético y numérico de la fuerza multinacional, la peor parte de la ecuación nos sigue tocando a nosotros. El colapso del lado occidental de la isla seguirá recayendo con todo su peso sobre el presupuesto nacional, forzando a nuestras Fuerzas Armadas a mantener un despliegue máximo de vigilancia y obligando a las autoridades aduanales a sostener controles férreos, absorbiendo un costo que el «primer mundo» se niega a asumir.
¿Fracaso total? La radiografía actual muestra a un paciente en cuidados intensivos al que le están recetando aspirinas. Si la comunidad internacional no inyecta los fondos prometidos y completa las tropas de asalto que se necesitan, la cacareada Fuerza de Represión terminará siendo apenas una guardia pretoriana para proteger las oficinas de los pocos funcionarios extranjeros que aún se atreven a pisar la capital haitiana.
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