Inundaciones simultáneas en Beijing y Nueva York: la furia del clima golpea al poder urbano-
Por Redacción Teclalibre Digital
Las aguas no distinguen ideologías, hemisferios ni potencias. Lo que esta semana vivieron Beijing y Nueva York, dos de las ciudades más influyentes del planeta, ha sido una amarga demostración de que ni el dinero, ni la tecnología, ni la propaganda política sirven de escudo cuando la naturaleza se desborda.
En cuestión de días, ambas megaciudades se vieron sumidas en un caos casi apocalíptico: Beijing, con récords históricos de lluvia y decenas de muertos; Nueva York, con su red de metro convertida en un sistema de cascadas urbanas y carreteras bajo agua como si fueran parte del East River.
Del 23 al 29 de julio, las lluvias azotaron el norte de China con una intensidad que ni los satélites ni los meteorólogos previeron. En el distrito de Miyun, se registraron más de 540 mm de agua, superando con creces el promedio anual. El resultado fue devastador: más de 60 muertos, incluyendo 31 ancianos atrapados en un centro de cuidados; 24,000 viviendas destruidas; carreteras colapsadas y puentes arrastrados como si fueran de papel.
Las autoridades chinas, fieles a su estilo hermético, tardaron en reconocer que había “lagunas” en los protocolos de prevención. Pero las imágenes satelitales, los videos filtrados por ciudadanos y los testimonios de socorristas evidenciaron una verdad: la infraestructura de la capital no estaba preparada para lo que se avecinaba.
Y el desastre pudo ser peor. El embalse de Miyun estuvo a punto de desbordarse, lo que habría causado una catástrofe de proporciones bíblicas en toda la cuenca norte del río Hai.
Mientras tanto, al otro lado del globo, la urbe que nunca duerme vivía su propio colapso hídrico. El 31 de julio, lluvias torrenciales con acumulaciones de hasta 130 mm en pocas horas convirtieron autopistas como la Clearview Expressway en piscinas sin salida. Un camión de carga quedó completamente sumergido y fue necesario el rescate por parte de los bomberos y policías del FDNY.

La red de subterráneos colapsó: estaciones como Jay Street–MetroTech o 7th Avenue en Brooklyn se inundaron por completo. El LIRR dejó pasajeros varados en trenes oscuros y sin ventilación. En sótanos residenciales, al menos 13 personas murieron ahogadas, la mayoría sin tiempo para reaccionar.
El alcalde Eric Adams y la gobernadora Hochul declararon estado de emergencia. Pero ya era tarde: la infraestructura mostró fallas estructurales que datan de décadas de negligencia e inversiones postergadas.
Que dos capitales económicas, una en Asia y otra en América, enfrenten inundaciones históricas en la misma semana no es casualidad. No cuando los eventos extremos se multiplican a una velocidad que deja obsoletos los modelos meteorológicos.
Beijing mostró el rostro de una tragedia silenciosa, donde las víctimas quedan bajo el fango mientras el régimen intenta mantener la narrativa de control total.
Nueva York, por su parte, mostró una mezcla de improvisación, arrogancia urbana y vulnerabilidad estructural. El glamour no flota.
Ambas ciudades comparten algo más que el agua hasta el cuello: son símbolos de civilización y progreso, pero también de desconexión con los límites físicos del planeta.
Las imágenes de trenes sumergidos en Nueva York y de aldeanos atrapados en tejados en Beijing no son hechos aislados: son postales del futuro inmediato si no se toman medidas drásticas y urgentes. Cambio climático, urbanismo irresponsable y corrupción silenciosa son las verdaderas causas que las lluvias solo vinieron a desnudar.
¿Quién será la próxima ciudad en caer bajo el agua? ¿Tokio? ¿Londres? ¿Santo Domingo?
Porque si algo está claro es que el planeta ya no pide permiso para ajustar cuentas. Y ni los muros de Manhattan ni las presas chinas podrán detener las aguas.
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