Por Simeón Arredondo*
Antes que Julio César cruzara El Rubicón, los versos de Homero habían surcado los aires de la antigua Grecia y otros confines. Antes que la revolución industrial cambiara la forma de relacionarse del hombre con los medios de producción, la poesía de Jorge Manrique se había paseado por los castillos europeos y había trepado las colinas del viejo continente. Y antes que la Internet revolucionara el modus vivendi del ser humano, la poética de Carlos Márquez había germinado en los recovecos de las sociedades dominicana y latinoamericana.
¿Qué relación guardan estos acontecimientos? Pues tienen en común su conexión con la poesía. Todo hecho histórico, social o cultural que revista cierta importancia, está directa o indirectamente atado a la literatura. Bécquer ha dicho que “mientras haya en el mundo primavera, habrá poesía”, y creo que él estaría de acuerdo con mi criterio de que desde existe en el mundo la primavera existe la poesía.
En el caso que nos ocupa, anotamos que, aunque la Internet comenzó a incubarse temprano de la segunda mitad del siglo XX, no fue hasta adentrada la década de los noventa cuando empezó a revolucionar de manera global la actividad humana. Para entonces ya Carlos Márquez había devorado las páginas de «La divina comedia» de Dante, «La madre» de Gorky, y «La edad de oro» de Martí. Lecturas obligatorias para un mozalbete que desde el centro de la Isla de Santo Domingo observaba con curiosidad y preocupación al mundo. Y había puesto en manos de los lectores poemas tan importantes como “Neruda en la gloria” (1983) y “La taza de la tía” (1995).
Esa observación cósmica en un momento de convulsión social como el que vivía América Latina, que se combinaba con las noticias que llegaban desde Vietnam, Camboya y otros lares más apartados, criaron en la mente y en el alma del inquieto adolescente un fervor y una conciencia imposibles de apagar.
Esta información resulta determinante, por no decir imprescindible, para poder comprender, e incluso poder disfrutar del valioso recorrido poético de Carlos Márquez, iniciado allá, en el Santiago de los treinta Caballeros a la luz de una humeadora, y que hoy, pisa su más alto peldaño al presentarnos desde la patria de Washington el resultado más reciente de su numen: «Te cuento mi sueño».
El hecho de que este poema haya sido plasmado en una moderna computadora, y que en cuestión de segundos haya atravesado más de un océano mediante los novedosos medios de comunicación disponibles hoy día, no le impide reflejar la misma luz irradiada por la llama que habita en el sentido de razonamiento del joven autor de “Neruda en la gloria» desde la época en que se conocieron sus primeras publicaciones.
Aunque en esta nueva entrega, como es natural, se observan las huellas del tiempo en lo concerniente a la madurez en su voz poética, seguimos viendo en el texto el innegable espíritu revolucionario de Carlos Márquez. Sello de identidad en sus obras. En esta ocasión recreado en la labor literaria y social de un icono de la lírica americana y universal, el célebre Walt Whitman.
Márquez asume la responsabilidad social del poeta, de ser vocero de los pueblos y de mantener viva su memoria. Y decide hacerles caso a sus progenitores para conectar las vivencias y las necesidades del tercer mundo (las de ayer y las de hoy) con las de la patria de Whitman. «Mi padre, Yillo, / me ungió heredero / de sus oníricos sensores».
Así, en plática con el que ha sido considerado el padre de la poesía estadounidense moderna, le manifiesta aquello que su alma ha guardado y sufrido por décadas, y que le ha recalcado su madre.
Entonces,
urge decirte
lo que repetidamente
revela mi dulce madrecita yerta.
Pidióme
que diligenciara verte.
Que convocara tu copiosa barba
y la conminara
a despertar a tu viejo capitán,
Abraham Lincoln
para que se levante
aguerrido en este instante
en que las patatas
y el bistec de tu democracia
ya rondan los sabores del peligro.
Carlos Márquez hablándole a Whitman, transmite al mundo su inmensa preocupación porque los niños de hoy, lejos de dormirse con una canción de cuna, se despiertan con la estridencia de una bomba.
No puede (ni quiere) desprender de su piel y de la piel de su alma, el escozor que causa el humo propagado por una geopolítica moderna que, cambiando el nombre a algunas cosas, se ancla en los mismos cimientos que lo hizo la de su juventud.
Entonces Pablo Neruda y José Martí, dos protagonistas de su celebrado poema «Neruda en la gloria», vuelven a aflorar. Al primero lo llama ángel y al segundo, inmenso, reafirmando su respeto y reconocimiento a esos dos símbolos de la intelectualidad y de la resistencia latinoamericanas.
Los perdí,
luego que Martí,
un ángel cubano caribeño
me contó
los bregares celestiales
del inmenso Neruda.
Confiesa al bardo estadounidense su preocupación por lo que le ha advertido su madre mientras descansaba en los brazos de Morfeo, cosas que ya él y otros habitantes del planeta sabían, pero que, a partir de lo dictado por la progenitora fallecida, se siente en el deber, y toma la decisión ineludible de contarlo.
Contar en versos que la democracia norteamericana pende de un hilo «y padece crisis moral». Denunciar a viva voz el horroroso mercado de armas en el mundo, cuyo caldo de cultivo es la promoción y ejecución de sucesivos conflictos bélicos con la consecuente matanza de millones de indefensos seres humanos. Que equivale a decir que unos cuantos desalmados exterminan a millones de desarmados a la vista y ante la impotencia de todos, al tiempo que fanfarronean los avances tecnológicos que en gran medida retuercen la convivencia humana.
Dijo que,
pese a los tiempos del Litio,
de Grafeno y Tierras Raras,
que pese al tiempo de las redes,
del asombro del genoma humano
y la realidad microbiótica,
de las naves sin conductor
y de la artificial inteligencia,
aquí, en tu terruño,
Walt Whitman
y más allá,
desfazados seres
conflagradores impenitentes,
persisten, no cesan
forjando el exterminio
oriundo de un mercado
de armamentos
que enriquece algunos cuantos.
Estos versos no dejan lugar a dudas sobre la inquietante efervescencia que agita las venas de Carlos Márquez, se posa en su mente, agita su instinto. En fin, alborota sus sentidos. Nos lo imaginamos tomando la diestra de Whitman y frente a su barba blanca contarle, contarle, contarle.
Ahora demos una mirada al poema desde la óptica de lo estético, sin perder de vista que para analizar ésta o cualquier obra literaria de manera objetiva es imprescindible despojarse de todo tipo de prejuicio, lo que paradójica-mente resulta casi imposible de lograr de manera absoluta, pues ello implicaría renunciar incluso a ciertos fundamentos del saber que sustentan la lógica y el conocimiento.
Así como a lo largo de su existencia (como ente humano y como poeta), hacer propio el dolor ajeno, el dolor colectivo, es un hecho que nos indica que Carlos Márquez no es un ser alexitímico, hay otro hecho que nos deja claro su correcta percepción del buen hacer poético, que es el tratamiento de la estética en la construcción de sus versos.
En un ensayo titulado «La concepción estética de poesía», Magdey Zayas Vázquez asevera que «de manera general se tiene la noción de que la poesía es bella y su estética siempre o casi siempre es de luz o meramente de belleza». Y más adelante se pregunta: «¿Qué decir de la poesía profundamente triste donde la angustia, el dolor y el sufrimiento son eternos compañeros y la belleza habitualmente atribuida a la poesía se torna un gris invernal como el éter nórdico?»
En este interesante trabajo el escritor cubano nos da un paseo por la poesía experimental vanguardista y post-vanguardista, la anti-poesía y la poesía conversacional, así como los importantes movimientos surgidos a partir de los siglos XVIII y XIX, citando y analizando a autores como Mariano Brull, Johann Wolfgang von Goethe, Johann Gottfried von Herder, Gotthold Ephraim Lessing y Charles Baudelaire, entre otros. Y aclara con bastante precisión que, al momento de buscar la estética en el arte, no podemos circunscribirnos a lo bello, sino que es necesario también tomar en cuenta la capacidad preceptora de los sentidos en forma global de lo que se está analizando.
Lo señalo aquí porque resulta de mucha facilidad entender la estética en el poema «Te cuento mi sueño», si antes revisamos el indicado estudio, en el que Zayas Vázquez señala además, que «en la segunda mitad del siglo XIX José Martí se percató de que la poesía latinoamericana necesitaba un nuevo impulso, una revitalización en su manera de creación estética» y transcribe el siguiente párrafo del artículo titulado “La poesía» que publicó el apóstol de la independencia cubana en el periódico mexicano El Federalista:
«Es ley ya que termine la fatigosa poesía convencional, rimada con palabras siempre iguales que obligan a una semejanza enojosa en las ideas. No se hacen versos para que se parezcan a los otros: se hacen porque se enciende en el poeta una llama de fulgor espléndido, y enardecido con su calor, allá brota en rimas en tanto que de su alma brota amor. Que todo, hasta el dolor mismo, debe ser y parecer amor en el poeta. La voluntad no debe preceder a la composición poética: ésta debe brotar, debe aprovecharse su momento, debe asírsela en el instante de la brotación; lo demás fuera sujetar el humo a formas».
Como los anteriores poemas de Márquez, el que ahora nos presenta responde plenamente a este criterio. Hay implícita entre sus líneas una estética que activa todos los sentidos del lector, y que por consiguiente responde al criterio y a la pregunta de Zayas Vázquez. Se cumple al cien por ciento lo dicho por Martí: «Que todo, hasta el dolor mismo, debe ser y parecer amor en el poeta». Es por amor que el autor se viste de solemnidad frente a la barba de Whitman para contarle la indignación que taladra su alma.
Por ello, y sin renunciar a la estética poética, se subordina y se pone a la disposición de la causa invitando a un Whitman o a un Lincoln de hoy a ponerse al frente para seguirle(s) en un intento por cambiar el rumbo del sistema que conduce a la humanidad hacia el sufrimiento permanente y hacia la destrucción.
Cosmos, hijo de Manhattan,
estoy aquí, en tu lar
y me concierne
el vendaval libertario independentista,
aquel arcoíris de ideas,
de colores y sus cultos transitando.
Siendo inmigrante definitorio,
me atañe
la igualdad de los seres (…).
No hay un divorcio entre el sentimiento de dolor y el sentimiento de amor del poeta, y mucho menos entre éstos y la estética.
El laureado poeta y reconocido ensayista argentino, Luis Benítez, en el ensayo titulado “¿Qué requisitos debe contemplar un poema para ser considerado bueno?» establece las características de la buena poesía. Destaca la importancia del uso adecuado y consciente de figuras tan significativas como la metáfora y la imagen.
Benítez considera que «las metáforas, en un autor todavía no muy seguro de su condición de poeta (…) parecerán esas bailarinas vistosas que siempre tratan de estar en primera fila y concentrar todas las miradas en ellas. (…) La bailarina exhibicionista arruina todo el ballet; por más bonita que sea… hay que cortarle el cuello de inmediato y sustituirla por una más discreta, que deje hacer su número a todos los demás recursos empleados en el poema. Si no es funcional al eje principal, no puede esa metáfora estar allí y debe eliminársela».
Esa es la razón por la que en el poema «Te cuento mi sueño» son tan discretas las metáforas. Pasan casi desapercibidas como si no existieran, pero están ahí cumpliendo con su función estética, al tiempo que permiten la presencia del ritmo y de la musicalidad, tal como acota Benítez.
(…)
pescadoras cigüeñas
y pelícanos
aperturaron sus alas bendecidas
reanudando el fluir
de los perdidos
sueños nocturnales
que me legó
mi padre bienamado.
La sencillez del lenguaje no impide que los versos tengan la fuerza suficiente para remover el cerebro y calar al alma. Márquez se apoya en elementos triviales como el tiempo.
«cuatro décadas / se han ido y, / con ellas, / se marchó / mi potestad de sueños». Lo mismo que involucra a familiares en la trama del poema sin que ello le reste algunas de las cualidades referidas. «Doña Zaida, / fundamento de mi existir, / hija de Calín Cabrera / y nieta de Papa Musú, / me conminó a invocar / tu gigantesca barba…»
La predominancia de versos cortos colabora con una buena conexión rítmica, elemento destacado a lo largo del poema, el cual como pieza literaria conforma íntegramente un extenso y elocuente apóstrofe, figura retórica que a RAE define como «interpelación vehemente dirigida en segunda persona a una o varias, presentes o ausentes, vivas o muertas, o a seres abstractos, a cosas inanimadas, o a uno mismo». Se trata de un intento de diálogo del rapsoda con su homólogo fallecido en 1892, que constituye a su vez un contra-canto en el que son reconocidas las condiciones de “cosmos” y de poeta de Whitman, pero que al mismo tiempo es catalogado como padre y como hermano.
Poeta,
hermano,
padre,
cosmos
(…)
Con este cercano y reflexivo llamado se inicia el intento de diálogo (que se queda en monólogo) que transcurrirá entre remembranzas, revelaciones, sugerencias y solicitudes, todas bañadas de una limpia retórica y que conducen al lector hacia un estado de profunda meditación sobre lo que pudieran ser las conclusiones o los resultados de este diálogo en caso de ser realizable.
Mientras tanto, sí hay una conclusión efectiva e innegable a la que llegará todo aquel que lea “Te cuento mi sueño”, y es que este poema debe ser contado a toda la humanidad. Que conste.
*
Poeta y escritor dominicano residente en España

