62 años del golpe de Estado contra Juan Bosch: la herida que aún marca a la República Dominicana
Un sueño democrático interrumpido
El 25 de septiembre de 1963, apenas siete meses después de haber asumido la presidencia, Juan Bosch fue derrocado por un golpe militar que frustró la primera experiencia democrática tras la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo. Bosch había ganado con amplio respaldo popular en diciembre de 1962, impulsado por la promesa de un gobierno honesto, democrático y comprometido con los más pobres.
Su programa de reformas —la Constitución de abril de 1963, que garantizaba derechos laborales, libertades públicas y límites al poder militar y económico tradicional— desató las alarmas de las élites dominantes, la jerarquía eclesiástica y el sector empresarial, que lo acusaban de comunista en plena Guerra Fría.
Los antecedentes: entre dictadura y democracia frágil
Tras la ejecución de Trujillo en 1961, el país vivía un vacío de poder y una pugna entre sectores que buscaban mantener privilegios y una sociedad civil ansiosa por modernizarse. La Junta Central Electoral había organizado elecciones históricas que dieron la victoria al Partido Revolucionario Dominicano (PRD), fundado por Bosch en el exilio.
Pero desde el inicio, la nueva democracia fue vista como una amenaza por los viejos grupos de poder, con el respaldo velado de Washington, que observaba con recelo cualquier proyecto progresista en el Caribe, sobre todo después de la Revolución Cubana de 1959.
El golpe y sus consecuencias inmediatas
El derrocamiento de Bosch instaló un triunvirato civil apoyado por las Fuerzas Armadas, lo que significó un retroceso hacia el autoritarismo disfrazado de institucionalidad. Esa ruptura democrática encendió la mecha que explotaría en abril de 1965, cuando jóvenes militares constitucionalistas y miles de ciudadanos se levantaron para exigir el regreso de Bosch y el respeto a la Constitución de 1963.
La insurrección desembocó en la intervención militar estadounidense, con más de 40,000 marines desplegados en Santo Domingo bajo el argumento de evitar un “nuevo Cuba” en el Caribe. La Revolución de Abril, aunque sofocada, quedó como símbolo de soberanía y resistencia popular.
Del Balaguerismo a la transición democrática
Tras el conflicto de 1965, Washington impulsó la elección de Joaquín Balaguer, viejo colaborador de Trujillo reciclado en figura reformista. Balaguer gobernó con mano de hierro por más de dos décadas, dejando un legado de represión política, asesinatos de opositores y un sistema clientelista que moldeó la política dominicana durante generaciones.
El bipartidismo PRD–PLD (este último fundado por Bosch en 1973 tras su ruptura con el PRD) y el balaguerismo dominaron el escenario hasta bien entrado el siglo XXI, con transiciones que nunca rompieron del todo con las estructuras de privilegios nacidas en el 63.
Un eco en la actualidad
Hoy, 62 años después, la República Dominicana sigue debatiéndose entre democracia formal y déficits estructurales:
-
La fragilidad institucional aún refleja aquella incapacidad de 1963 de sostener un proyecto democrático pleno.
-
La concentración del poder económico en pocas manos sigue marcando el rumbo político.
-
Las tensiones externas, ayer la Guerra Fría y hoy la crisis de Haití, la geopolítica del Caribe y la dependencia de EE.UU., continúan condicionando la soberanía.
El derrocamiento de Bosch fue más que la caída de un presidente: fue el golpe a un modelo de nación que aún no termina de levantarse. La República Dominicana de 2025, con sus avances en crecimiento económico y su deuda pendiente en equidad social y justicia institucional, sigue caminando sobre esa herida abierta.
Cada septiembre, el recuerdo del golpe a Bosch interpela a los dominicanos: ¿qué país seríamos hoy si aquel experimento democrático no hubiera sido interrumpido? La respuesta se encuentra entre las páginas de nuestra historia y los desafíos del presente.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
rodriguezsluism9@gmail.com https://teclalibremultimedios.com/category/portada/

