El conductor silencioso de la libertad
Rufino de la Cruz, el hombre que no huyó del peligro cuando muchos otros lo hicieron
Por Luis Rodríguez Salcedo / TeclaLibre Digital
SANTO DOMINGO, R.D.–
El 25 de noviembre de 1960, la historia dominicana se partió en dos. En una curva montañosa de la carretera de La Cumbre, entre Santiago y Puerto Plata, fueron asesinadas Patria, Minerva y María Teresa Mirabal. Junto a ellas, cayó también un hombre del pueblo, casi siempre olvidado por la memoria colectiva: Rufino Antonio de la Cruz Disla, el conductor del vehículo que nunca llegó a destino.
Aquella mañana, las hermanas Mirabal partieron desde Salcedo rumbo a Puerto Plata. Querían visitar a sus esposos presos en la cárcel de San Felipe, víctimas del régimen trujillista. Varios choferes se negaron a hacer el trayecto: todos sabían que el viaje era una sentencia.
Rufino aceptó. Agricultor, transportista ocasional, nacido en 1923 en Villa Tenares, no pertenecía a ningún grupo político ni buscaba protagonismo. Pero su sentido de humanidad y lealtad lo empujó a decir “sí” cuando otros dijeron “no”.
El camino era duro y empinado. La Cumbre, esa franja montañosa entre nubes y silencio, era temida por muchos. En el país, el miedo ya era parte del aire.
Horas después, los cuatro fueron interceptados por agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM), bajo órdenes directas del régimen de Rafael Leónidas Trujillo.
El jeep fue detenido, las víctimas separadas. Los asesinos cumplieron su tarea con brutal eficacia y luego lanzaron el vehículo por el abismo para simular un accidente.
Pero la simulación se desmoronó pronto. El pueblo sabía que las Mirabal habían sido asesinadas. La indignación fue inmediata. Y el nombre de Trujillo, desde entonces, empezó a caer.
Rufino no era un simple “chofer”. Era un aliado en silencio, un hombre que entendía el peso de la decisión de esas mujeres valientes. Su gesto no fue menor: en tiempos donde el miedo era norma, él eligió la solidaridad.
Su participación en ese viaje trágico lo convierte en un símbolo de la valentía anónima, esa que sostiene a los héroes visibles y da sentido a las causas justas.
A pesar de eso, la historia lo dejó en penumbra. Su nombre rara vez figura en monumentos o actos oficiales, aunque su cuerpo reposó junto a las tres Mariposas.
En los últimos años, algunos esfuerzos han tratado de rescatar su figura. En 2023 se develó un busto en su honor en su natal Villa Tenares.
El historiador Luis Fausto Disla, autor de su biografía, recuerda que “Rufino fue un hombre de temple, solidario, sin militancia, pero con la dignidad suficiente para acompañar a tres mujeres que sabían que podían morir”.
Hoy, más de seis décadas después, su nombre debe figurar con la misma altura moral que las Mirabal. Porque sin Rufino no habría testimonio completo. Sin su coraje, aquel viaje de amor y resistencia no habría tenido quien lo condujera.
Rufino de la Cruz Disla fue un dominicano común que hizo algo extraordinario: no dejar solas a las Mariposas.
Su sacrificio nos recuerda que la historia también se escribe con los gestos pequeños, con los nombres que no salen en los titulares, pero sostienen el vuelo de los demás.
Ese 25 de noviembre no murieron solo tres mujeres. Murió también un hombre que eligió ser parte de su causa, aunque nadie se lo pidiera.
Y por eso, cada vez que recordamos a las Mirabal, deberíamos pronunciar también el nombre de Rufino, el conductor silencioso de la libertad.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
rodriguezsluism9@gmail.com https://teclalibremultimedios.com/category/portada

