El Louvre abre sus puertas: del símbolo cultural al robo del siglo
El mayor museo del mundo quedó al desnudo: negligencia, burocracia y progresismo simbólico se combinaron en un asalto que deja en entredicho la gestión de Laurence des Cars y el rumbo de la cultura francesa.
PARÍS, FRANCIA. — El 19 de octubre de 2025 quedará inscrito como el día en que el Museo del Louvre, orgullo del arte universal, se convirtió en escenario de la mayor vergüenza cultural de la Francia moderna. En apenas siete minutos, cuatro hombres disfrazados de obreros irrumpieron en el corazón del museo, rompieron una ventana, burlaron todas las alarmas y se marcharon con joyas valoradas en 88 millones de euros.
Siete minutos. Ni uno más.
El tiempo suficiente para confirmar lo que ya se sospechaba: el “nuevo impulso cultural” francés tiene grietas más grandes que la Mona Lisa sin cristal.
El robo se ejecutó con una simplicidad escalofriante. Las cámaras no funcionaban, las vitrinas cedieron en segundos, y la respuesta de seguridad llegó cuando los ladrones ya estaban lejos.
El Tribunal de Cuentas había advertido sobre el deterioro de los sistemas de vigilancia, pero —como suele ocurrir cuando la burocracia se disfraza de arte— nadie quiso arruinar la foto institucional con una alarma sonando de fondo.
El Louvre, emblema del genio europeo, fue saqueado a plena luz del día frente a un Estado que dormía tras sus propias proclamas culturales.
La directora del Louvre, Laurence des Cars, fue celebrada como símbolo de la renovación progresista. La primera mujer en ocupar el cargo, defensora de la inclusión, la diversidad y la relectura del legado colonial.
Su nombramiento fue una joya política, no una medida técnica.
Y hoy, esa joya también ha desaparecido del escaparate.
Des Cars insistía en “abrir las puertas del museo a todos los ciudadanos”. Lo logró. El problema es que también las abrió para los ladrones.
Su visión del arte como espacio de diálogo y reparación histórica acabó siendo la metáfora más cruel: el pasado saqueado una vez más, pero esta vez con la complicidad de la gestión moderna.
Mientras se organizaban exposiciones sobre las “amazonas” y campañas con L’Oréal bajo el lema De toutes beautés!, las cámaras de seguridad quedaban fuera de servicio.
Durante la pandemia, el Louvre fue un modelo de disciplina sanitaria —gel, flechas, distancia social frente a La Gioconda—, pero cuatro años después no pudo garantizar algo tan básico como un vidrio resistente.
Es la ironía del siglo XXI: los museos más vigilados del mundo se blindan contra la tos, pero no contra el robo.
Lo ocurrido en el Louvre es más que un crimen: es el retrato de un sistema.
El arte convertido en escenario político; la eficiencia sustituida por la corrección simbólica; los presupuestos, entregados al altar de la imagen y las cuotas.
Y cuando la estética reemplaza la vigilancia, los resultados son inevitables: las vitrinas se rompen, los ladrones entran y el Estado mira para otro lado.
Des Cars dijo alguna vez que el Louvre debía ser “la casa de todos”.
Hoy, Francia entiende que lo decía literalmente.
El robo del siglo no solo vació una galería: vacía también el discurso de quienes confundieron apertura con abandono, diversidad con descontrol, y cultura con espectáculo.
El Louvre sigue siendo un templo del arte. Pero ahora, también, un espejo incómodo de su tiempo.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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