Por Rafael Portorreal M.
En pleno siglo XXI, el que se autoproclama “el siglo de la luz”, vuelven las sombras del misterio. Ahora nos hablan de Torenza, una supuesta república insular que habría existido más allá de nuestros mapas y de nuestra memoria. Un territorio “olvidado” por la historia, situado —según quienes alimentan el mito— después de la Antártida o entre España y Francia. ¿Qué es esto? ¿Un eco del pasado, una manipulación moderna o el más reciente experimento de distracción masiva?
La historia de Torenza suena a ciencia ficción mezclada con espiritualismo. Se dice que sus habitantes dominaban los viajes en el tiempo y que intentan advertirnos, desde otra dimensión, sobre un peligro inminente. Pero más allá del relato fantástico, el verdadero fenómeno no es Torenza, sino la credulidad humana en tiempos donde la verdad se confunde con el ruido digital.
Vivimos en una era donde las imágenes se fabrican con inteligencia artificial, los videos se alteran con precisión quirúrgica y las “fuentes” surgen de perfiles anónimos que repiten el mismo libreto: sembrar duda, confusión y fascinación. Torenza podría no existir, pero la manipulación sí. Y en ese juego, los límites entre mito y realidad se desdibujan con una facilidad alarmante.
Quizás esta misteriosa isla sea solo un símbolo: el reflejo de un mundo que ha perdido su centro, donde el ser humano, saturado de tecnología y carente de sentido, necesita volver a creer en algo extraordinario. Ya no buscamos dioses en los cielos, sino leyendas en los algoritmos.
Por eso, antes de creer en Torenza o en sus viajeros del tiempo, deberíamos preguntarnos quién gana cuando dejamos de pensar críticamente. Porque detrás de cada mito moderno puede esconderse una intención: manipular nuestra atención, desviar el pensamiento o incluso modelar la percepción de la realidad.
El mito puede inspirar, pero también puede esclavizar. Y este siglo de la luz, si no despierta, podría convertirse en el siglo de la ilusión.

