«El hombre civilizado es el paladín de la destrucción…le están robando el porvenir a la gente cuando le están destruyendo los arboles»
La Vorágine tiene una vigencia enorme y desafortunada. Como bien lo dice el profesor Carlos Guillermo Páramo: “El mundo de La Vorágine es el de la explotación cauchera, pero también es el de la coca, el del tigrilleo, el de las esmeraldas, el del oro, el del coltán, el del petróleo, y de todo eso que los pueblos indígenas amazónicos de centro hasta el día de hoy llaman las nuevas caucheras”.

La vorágine, de José Eustasio Rivera, es considerada un clásico de la literatura colombiana, con algunas influencias del romanticismo y el modernismo, forma parte de las obras del realismo social latinoamericano, novela de aventuras y viajes, terror, romance, traición, un testimonio desgarrador de los horrores de la explotación del caucho en la selva amazónica y de la lucha del ser contra la naturaleza; a través de una prosa vivida, se crea una atmósfera de caos y desesperación ante conflictos internos y externos de los personajes.
Horacio Quiroga consideraba que La vorágine es el libro mas trascendental que se haya publicado en el continente, y Rivera el ‘Poeta de la Selva’ mas notable de las novelas modernas hispanoamericana.
Reeditada en 2024 por la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia en la conmemoración del centenario de su aparición, esta obra que es un clásico denuncia con vehemencia el exterminio de más de 60 mil indígenas bora, uitoto, muinane, andoque, okaina, esclavizados a través de la economía del endeude, así como los horrores que padecieron en manos de los barones del caucho.
José Eustasio Rivera (San Mateo, hoy Rivera, febrero 19 de 1888 – Nueva York, diciembre 1 de 1928) proviene de una familia modesta, de escaso poder económico y dedicado a distintas labores relacionadas con el campo, fue inspirado por sus experiencias en la región del Putumayo donde presencio-las condiciones de trabajo extremas y las injusticias sufridas por los obreros y los indígenas, cuando trabajo en la Comisión de Limites, fue un fiel defensor de los intereses nacionales. Escribió sonetos y versos alejandrinos que aparecen en una antología.
Consta de tres partes:
1) La huida de Bogotá,
2) La estancia en Los llanos y
3) La separación de Alicia y su incursión en la selva en busca de ella.
Se trata de la vida de Casanare, de las atrocidades en La Chorrera y de la esclavitud cauchera en las selvas de Colombia, Venezuela y Brasil, los fugitivos, el poeta Arturo Cova, mujeriego, sentenciado a ser ‘hundido en la cárcel’, y Alicia a quien «querían casarla con un viejo terrateniente … ella se había enamorado, cuando impúber, de un primo suyo, paliducho y enclenque», sus ‘parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterla por la fuerza’
«Ella le cuenta estos planes arteros» al poeta Cova, le dice «Yo moriré sola, mi desgracia se opone a tu porvenir…la arrojaron del seno de su familia, una noche, en su escondite, resueltamente: ¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor. Y huyeron»
En un momento, le asalta la duda al poeta sobre la fuga y le dice a Alicia:
«–¿No crees, Alicia, que vamos huyendo de un fantasma cuyo poder se lo atribuimos nosotros mismos? ¿No sería mejor regresar?
–¡Tanto me hablas de eso, que estoy convencida de que te canso! ¿Para qué me trajiste? ¡Porque la idea partió de ti! ¡Vete, déjame! ¡Ni tú ni Casanare merecen la pena!
Y de nuevo se echó a llorar».
Clemente Silva anda tras las huellas de su hijo, viene de la ciudad de Pasto y se encuentra con la esclavitud de los caucheros.
Fragmento:
«Por ese tiempo me invadió la misantropía, ensombreciéndome las ideas y descoyuntándome la decisión. En el sonambulismo de la congoja devoraba mis propias hieles, inepto, adormilado, como la serpiente que muda escama.
Nadie había vuelto a nombrar a Alicia, por desterrarla de mi pensamiento; más esa misma delicadeza sublevaba en mi corazón todos los odios reconcentrados, al comprender que me compadecían como a un vencido.
Entonces las blasfemias sollamaban mis labios y un velo de sangre se reteñía sobre mis ojos.
¿Y a Fidel lo atormentaba el tenaz recuerdo? Sólo me parecía triste en sus confidencias, quizá por acoplarse en mi quebranto. Todo lo había perdido en hora impensada, y sin embargo daba a entender que desde ese instante se sintió más libre y poderoso, cual si el infortunio fuera simple sangría para su espíritu.
¿Y yo por qué me lamentaba como un eunuco? ¿Qué perdía en Alicia que no lo topara en otras hembras? Ella había sido un mero incidente en mi vida loca y tuvo el fin que debía tener. ¡Barrera merecía mi gratitud!
Además, la que fue mi querida tenía sus defectos: era ignorante, caprichosa y colérica. Su personalidad carecía de relieve: vista sin el lente de la pasión amorosa, aparecía la mujer común, la de encantos atribuidos por los admiradores que la persiguen. Sus cejas eran mezquinas, su cuello corto, la armonía de su perfil un poquillo convencional. Desconoció la conciencia del beso y sus manos fueron incapaces de inventar la menor caricia. Jamás escogió un perfume que la distinguiera; su juventud olía como la de todas.
¿Cuál era la razón de sufrir por ella? Había que olvidar, había que reír, había que empezar de nuevo. Mi destino así lo exigía, así lo deseaban, tácitos, mis camaradas. El Pipa, disfrazando la intención con el disimulo, cantó cierta vez un “llorao” genial, a los compases de las maracas, para infundirme la ironía confortadora:
El domingo la vi en misa,
el lunes la enamoré,
el martes ya le propuse,
el miércoles me casé;
el jueves me dejó solo,
el viernes la suspiré;
el sábado el desengaño…
y el domingo a buscar otra
porque solo no me amaño.
Mientras tanto, se iniciaba en mi voluntad una reacción casi dolorosa, en que colaboraron el rencor y el escepticismo, la impenitencia y los propósitos de venganza. Me burlé del amor y de la virtud, de las noches bellas y de los días hermosos. No obstante, alguna ráfaga del pasado volvía a refrescar mi ardido pecho, nostálgico de ilusiones, de ternura y serenidad»
Continuaremos…
Breve presentación del autor
José Eustasio Rivera, nació el domingo 19 de febrero de 1888 en Neiva, Colombia y murió el 1 de Diciembre en New York en 1928, habia ido a negociar su novela con cineastas. Fue escritor, político y maestro. Trabajó como abogado y participó en la fijación de los límites entre Venezuela y Colombia. Esas actividades le permitieron conocer Los Llanos de su país y también la selva tropical, experiencias decisivas para su breve e intensa obra literaria. La inició con Tierra de promisión en 1921, colección de sonetos en los que es evidente la herencia modernista, y la culminó y concluyó con su novela La vorágine en 1924, obteniendo un éxito clamoroso y su inmediata traducción al inglés.

