Por Ramon Espinola /
Escribo estas notas no por deporte intelectual ni por nostalgia revolucionaria, sino para defender al pueblo llano, ese que ha sido estafado no solo en el bolsillo, sino en la esperanza, que es el último bien que se roba cuando ya no queda nada.
Escribo porque me irritan —me producen urticaria moral— aquellos que, con voz baja y conciencia aún más pequeña, se atreven a defender como hombres serios a quienes controlan el Estado.
Ante lo que sucede, no hay defensa que valga, ni excusa que resista la luz. Y como dijo con sobria dignidad Viriato Fiallo: “Basta ya.”
Debo decirles a los que hoy proclaman, como si fuera una medalla de honor y una bandera de pulcritud olímpica, la supuesta dignidad del primer mandatario —ese que nunca sabe nada cuando estalla un escándalo de corrupción— que su ignorancia ya no es creíble: es milagrosa.
El que vive en Belén, rodeado de pastores que no ven, no oyen, no preguntan y, por supuesto, no investigan.
El bello inocente que solo tiene amigos, jamás cómplices. Pero cuando todos tus amigos y compañeros de partido resultan ser ladrones profesionales, algo más que mala suerte hay en el ambiente.
¿O es que acaso no saben que el sistema político nacional es estructuralmente engañoso y corrupto, que funciona a base de dinero, favores, silencios y sobres que nunca llegan vacíos?
¿O alguien todavía cree en la política hecha con rifas, ventas de empanadas y sacrificios cívicos?
Para derrotar al PLD, hubo que buscar mucho, pero mucho dinero, y no precisamente en cofres bendecidos. Dinero de sectores muy oscuros, tan oscuros que hoy algunos de sus dueños están presos en Estados Unidos por narcotráfico.
Uno de ellos, tan creativo como desesperado, intentó en una corte federal del sur de la Florida alimentarse de su propia materia fecal para que lo declararan loco. Tal vez pensó que la demencia era una mejor coartada que la verdad.
Y no olvidemos a la diputada que hoy disfruta de la hospitalidad de un elegante hotel llamado “Rafey”, cuyo helicóptero —aparcado como un adorno exótico en el patio de su casa en La Vega— fue utilizado para transportar al candidato presidencial del “glorioso PRM”. Glorioso, sí, pero con hélices.
Me pregunto, con la ingenuidad de quien ya sabe la respuesta:
¿No son estos hechos actos claros de corrupción y criminalidad?
Aceptar dinero o logística política de personas dedicadas a actividades poco santas —por decirlo con caridad cristiana— constituye un acto criminal, aquí, en China y en el infierno.
La pregunta verdaderamente interesante es otra:
¿Cuánto dinero del robo de SENASA se utilizó para la reelección?
Pienso —y no soy el único— que un Ministerio Público verdaderamente independiente debería, en nombre del pueblo, investigar eso. Pero investigar de verdad, no con lupa prestada ni con vendas en los ojos.
Ahora, ¿se dan cuenta de por qué digo que desde el mayor hasta el menor de la dirigencia del partido y del gobierno deben ser investigados?
No son solo diez. Esos son apenas los pendejos visibles del entramado, los que están pagando el precio mientras el resto sigue brindando con whisky caro y discursos de moralidad.
Ah, y que nadie intente defender la vagabundería de los gobiernos anteriores, donde un barberito y un cuñadito se llevaron quién sabe cuántos millones entre las palmas sudorosas de sus gloriosas manos.
Porque entonces habrá que mencionar el acueducto de Coralito y otras diabluras que todavía huelen a cemento maldito.
Y, por último, muchas bendiciones para la marcha verde de la PUPU —perdón, la FUPU— donde se vieron sonrientes tantas caras conocidas, antiguos huéspedes del resort vacacional de Najayo, sección hombres.
Qué alegría ver tanta reinserción social y tanto cinismo reciclado.
Ay, papá, esto pica y se extiende.
Y qué bueno. Porque tal vez, solo tal vez, este pueblo termine haciendo lo que tiene que hacer: perfumarse de lucha, dignidad y valentía, y dejar de aceptar mierda envuelta en discursos como si fuera incienso patriótico.

