Volar provoca en el alma sentimientos y emociones que a menudo resultan difíciles de expresar con palabras. La sensación de elevarse por los aires, de liberarse de las ataduras terrenales, nos conecta con algo más grande, con lo sublime. En ese espacio entre cielo y tierra, las nubes se convierten en lienzos en los que nuestra imaginación dibuja figuras: caballos galopantes, perros juguetones, animales fantásticos que parecen cobrar vida en la serenidad del cielo.
Estas formas efímeras y cambiantes nos extasían, nos transportan a un mundo de sueños y fantasías que parecen suspendidos en el tiempo. Para el poeta Carlos Márquez, estar cerca de las nubes es una experiencia que alimenta su alma y su creatividad. La cercanía con el cielo le permite captar fragmentos de inspiración, trozos de belleza que se reflejan en su literatura. Probablemente, muchos seres humanos comparten esa misma fascinación, esa sensación de asombro y paz que provoca el vuelo y la contemplación del firmamento.
Recuerdo mi primer viaje en el año 1987. La expectativa me invadía por completo. Con un lápiz en mano, comencé a anotar en una libreta todas las sensaciones que experimentaba: la emoción de despegar, la vista panorámica que se extendía más allá de lo que mis ojos podían abarcar, y esa sensación de libertad absoluta que solo el vuelo puede ofrecer. Cada instante se convirtió en un tesoro escrito en palabras, en un intento de capturar lo indescriptible.
Comparto esta reflexión con quienes sienten esa misma magia, esa misma pasión por volar y por dejarse llevar por el viento y las nubes. Porque en el vuelo, en ese espacio suspendido, encontramos un espejo de nuestras emociones, sueños y anhelos más profundo.
Comparto los versos del poeta, periodista, ensayista, historiógrafo, declamador, Carlos Márquez, escritos el 4 de diciembre de 1988 mientras volaba en Cubana de Aviación.
Diáfana claridad,
ámbito nutrido de soles,
en las alturas te veo
mostrando bahías,
cayos, caminos,
azulejo de los mares.
Mirando tras la ventanilla del avión en pleno vuelo:
Qué pena,
yo tan próximo
a tu pulcra presencia
y no poder estrechar
tu mano de espumas.
Sobre las nubes:
Sobre las nubes,
presencio
el espectáculo del cielo.
Montañas, casas, castillos
tupidos de blancura.
Mitológica simulación
de hombres y mujeres blandos,
disfrazados de algodones.
Miro también sus hijos.
Nubecitas que limpian
con su andar nuestros sentidos.
Nube blanca
Nube blanca,
sin la categoría de las leyendas,
sin mitos o duendes,
por obsequio de la ciencia,
estoy aquí,
junto a tu incólume existir.
Penetro tu cuerpo de Cal flotante
y en alianza con mis compañeros,
volando, te atravieso.
Entonces, visualizo tu adiós
de Calcio,
confirmando
tu eterna inocencia.
Sonrío satisfecho,
me comprende
y me envía tu símil
a la hermética ventanilla;
y me llegan
ganas de besar
los gases de tus cejas,
mientras te alejas
buscando el trayecto de la lluvia.
Invierno en New York (1984).
Dicen que eres
irresistible,
he venido a comprobarlo
sin abrigo.
Planes en lo alto
Veo planes en lo alto.
Allí están
las nubes blancas,
dándole palidez al infinito.
Corriendo quedo,
provistas de solemne silencio,
veo sus pies.
Sobre mi cabeza
se agrupan,
se fusionan
semejando gametos.
No solo veo nubes blancas,
vienen las nubes grises
planeando su parir goteante.
Carlos Márquez

