Crónica de un Diciembre de Hierro: Drones sobre Valdái y el Avance del Rodillo Ruso
Análisis TeclaLibre
Mientras el mundo se preparaba para el cierre de año, el cielo de la provincia de Nóvgorod se convirtió en el escenario de una de las operaciones más audaces —y peligrosas— de la guerra en Ucrania. No era un ataque más. El objetivo tenía nombre y apellido: la residencia oficial de Vladímir Putin.
El mayor general Alexánder Romanénkov no anduvo con rodeos en su última comparecencia. Con un mapa en mano, desglosó lo que calificó como un «ataque terrorista masivo y escalonado». 91 drones de largo alcance, lanzados desde Sumy y Chernígov, volaron a ras de suelo en una maniobra de infiltración que buscaba burlar el muro electrónico de las Fuerzas Aeroespaciales Rusas.
La geografía del ataque fue un abanico de tensión: Briansk, Smolensk y Tver sirvieron de pasillo para una armada de drones que finalmente fue interceptada. Moscú afirma haber derribado cada uno de ellos, pero el mensaje de Kiev quedó claro: la retaguardia estratégica del Kremlin ya no es intocable.
Mientras los drones caían en el norte, en el barro del frente la historia era otra. Valeri Guerásimov, el jefe del Estado Mayor ruso, apareció este miércoles con el semblante de quien lleva la iniciativa. Sus números son fríos y contundentes: 700 kilómetros cuadrados capturados solo en diciembre.
Tras anunciar la «limpieza total» de la provincia de Kursk, Guerásimov confirmó que sus tropas ya no solo defienden la frontera, sino que están esculpiendo una «franja de seguridad» dentro de territorio ucraniano. Rusia parece haber encontrado el ritmo de crucero en su ofensiva, avanzando con una confianza que desafía las proyecciones occidentales.
Desde Minsk, Alexánder Lukashenko puso el dedo en la llaga política. Fiel a su estilo directo, calificó el intento de ataque a la residencia de Putin como una «barbaridad» y lanzó una pregunta que resuena en los pasillos de inteligencia: ¿Quién dio la orden realmente?
Lukashenko sugirió una tesis inquietante: que el ataque pudo haber sido orquestado por sectores que Zelenski ya no controla. «Esto demuestra que Ucrania ya es difícil de gobernar», sentenció el mandatario bielorruso, sugiriendo que el conflicto está entrando en una fase de caos donde las jerarquías oficiales podrían estar desdibujándose.
Pero la guerra no es un fenómeno aislado. Mientras el Donbás arde, el Pacífico envía un recordatorio. China, socio estratégico de Moscú, ha hecho público el lanzamiento de su misil YJ-20.
Las imágenes son de manual militar moderno: un lanzamiento en frío desde el destructor Wuxi, un motor que ruge en el aire y un impacto vertical a más de Mach 5. Es la firma de Pekín en el contrato de la nueva era geopolítica. Un misil que, por su ángulo y velocidad, convierte a los portaaviones de la OTAN en blancos vulnerables, recordándole a Occidente que el tablero de ajedrez es global y que las piezas hipersónicas ya están en producción masiva.
TeclaLibre advierte que diciembre termina con una paradoja: Ucrania golpea el símbolo (la residencia presidencial) mientras Rusia consolida el territorio (el frente de batalla). Es una lucha entre el impacto psicológico y la realidad geográfica. Con China acelerando su capacidad antibuque y Moscú ganando terreno mes a mes, el inicio de 2025 se perfila no como el año de la paz, sino como el de una escalada tecnológica y territorial sin precedentes.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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