Venezuela: la transición que no fue (y el desencanto que sí)
Noti-análisis | TeclaLibre
Durante años, la oposición venezolana vivió aferrada a una idea casi mística: el día después de Nicolás Maduro. El momento en que el régimen se derrumbaría como un decorado viejo y, de inmediato, se abriría paso una restauración democrática, limpia, rápida, casi redentora. Ese día llegó… pero no como se esperaba.
Maduro está fuera de juego, detenido en Nueva York y procesado por narcotráfico. Sin embargo, el poder en Caracas no cambió realmente de manos. Cambió de forma, de vocero, de narrativa. Y ahí empieza la frustración.
El pecado de creer que la historia es lineal
La oposición venezolana —respaldada durante años por Washington, tanto demócrata como republicano— creyó que la caída del “hombre fuerte” implicaría automáticamente la caída del sistema. Error clásico.
Los regímenes autoritarios rara vez son unipersonales: son redes, y cuando se corta una cabeza, el cuerpo sigue funcionando.
Así, mientras muchos celebraban el final simbólico de Maduro, Delcy Rodríguez —pieza clave del engranaje chavista— asumía el control con el beneplácito de Estados Unidos. Una transición “ordenada”, dicen. Un reciclaje del poder, dirán otros.
Washington decide… y descoloca
Aquí ocurre el giro que hoy tiene a la oposición entre la perplejidad y la rabia contenida: Donald Trump, presidente de Estados Unidos, decide no apostar por la figura que encarnaba la ruptura total.
María Corina Machado no solo era la líder opositora más firme contra el chavismo; también era el símbolo moral de la resistencia. Su Premio Nobel de la Paz la catapultó al escenario global. Pero, paradójicamente, ese mismo galardón terminó siendo su talón de Aquiles.
Según versiones recogidas por The Washington Post, Trump nunca digirió que el Nobel fuera para ella y no para él. Más que una diferencia estratégica, un choque de egos. En la geopolítica del siglo XXI, las decisiones no siempre se toman en nombre de la democracia, sino del orgullo personal.
Resultado: Machado quedó desplazada del tablero real de poder.
¿Y la elección? ¿Y Edmundo?
La oposición había hecho, por primera vez en años, lo que siempre se le reclamó: ganar una elección.
Edmundo González emergió como el rostro electoral legítimo, respaldado por el voto popular y por observadores independientes. Pero la legitimidad democrática no bastó.
En la práctica, Washington optó por la gobernabilidad antes que por la pureza democrática. González quedó en un limbo incómodo: presidente electo sin poder efectivo, figura válida para el relato, pero prescindible para la administración del día a día.
La frustración: cuando el cambio se parece demasiado a lo mismo
Para muchos venezolanos —dentro y fuera del país— la sensación es demoledora:
Cayó Maduro, pero no cayó el madurismo.
Hubo elección, pero no hubo transición democrática.
Hubo Nobel, pero no hubo poder.
La historia terminó pareciéndose demasiado a un trueque geopolítico: estabilidad a cambio de continuidad, petróleo a cambio de pragmatismo, control a cambio de silencio.
Para TeclaLibre, la gran lección —incómoda, amarga— es esta: Venezuela no salió de la dictadura; salió del dictador.
Y en ese matiz se esconde toda la frustración.
Porque cuando el relevo no rompe el sistema, sino que lo administra, la palabra “transición” se vuelve un eufemismo elegante para no decir postergación democrática.
Y así, una vez más, el pueblo venezolano descubre que la libertad no siempre llega cuando el tirano cae, sino cuando el poder decide soltarla.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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