LO QUE LE HICIERON A JUAN PABLO DUARTE
(Aquellos que se han cogido la patria para ellos y gozan de la adulación de los historiadores de la tarifa social)
EN HONOR A SU NATALICIO QUE SE CELEBRA EL 26 DE ENERO
Por Ramon Espinola
Los historiadores de estampita, obedientes al susurro persistente de la clase dominante —ese murmullo que paga bien y pregunta poco— han intentado retratar a Juan Pablo Duarte como un hombre falto de coraje. Nada nuevo bajo este sol caribeño: a los valientes se les suele acusar de cobardes cuando su valentía incomoda al poder.
Porque, si Duarte no hubiese sido una amenaza real, concreta y peligrosa para el gobierno invasor, cabe preguntarse —con la ingenuidad que solo la ironía permite—: ¿para qué cazarlo como a una fiera? ¿Por qué Boyer puso precio a su cabeza? Nadie persigue con tanto ahínco a los inofensivos; solo se persigue a quien puede incendiar conciencias.
Duarte fue el ideólogo del movimiento separatista, el revolucionario que concibió una nación antes de que esta tuviera nombre, el único y verdadero Padre de la nacionalidad dominicana. No de yeso ni de mármol, sino de ideas, sacrificios y exilio.
Cuando estalló la revolución reformista contra la dictadura de Boyer en 1843, Duarte propuso de inmediato, entre los jóvenes que lo seguían, el camino más peligroso y digno: la separación definitiva. Pero los sectores conservadores —siempre temerosos de la libertad ajena— frenaron aquel impulso.
La independencia tendría que esperar: no por falta de valor, sino por exceso de cobardía ajena. Por conveniencia de bolsillo de la oligarquía rastrera y cobarde.
El llamado revolucionario del Patricio fue desestimado. Y entonces surge la pregunta incómoda que la historia oficial prefiere esquivar: ¿quién fue el cobarde, Duarte o Santana? ¿El soñador que quería una patria libre o el representante del sector hatero y conservador, experto en arrodillarse con dignidad protocolar?
Los mismos sectores plutocráticos que ayer se opusieron a la independencia son los mismos que, hasta hoy, han controlado el Estado dominicano en perjuicio de las grandes mayorías nacionales. Cambian de nombres, no de costumbres.
Ya creada la República, Duarte propuso atacar a las fuerzas haitianas en Azua. Santana, fiel a su talento para la inmovilidad estratégica, prefirió no atacar y esperar. A veces la historia avanza; otras, se queda sentada mirando cómo otros deciden.
Tras el golpe del 9 de junio, quedó evidenciado el verdadero temple de Duarte. Recorrió el Cibao, no con ejércitos, sino con ideas, afianzando el principio de la independencia pura y simple, enfrentándose a quienes ya conspiraban para regalar la patria recién nacida a cualquier potencia extranjera que ofreciera garantías… para ellos.
El brillante intelectual Juan Isidro Jiménes Grullón explica con claridad quirúrgica la conducta de Francisco del Rosario Sánchez y Matías Ramón Mella en su obra El mito de los Padres de la Patria. Allí se desnuda cómo, en su relación con Buenaventura Báez y Pedro Santana, ambos terminaron dándole la espalda —a los principios y a la amistad— de Juan Pablo Duarte. La traición, cuando se disfraza de pragmatismo, suele recibir aplausos.
En medio de esta lucha desigual, Duarte es apresado y expulsado del país por los sectores reaccionarios que, con la excusa del orden, querían impedir que la idea peligrosa de una patria libre y soberana triunfara. El exilio fue el premio al idealismo; la patria, una herencia mal administrada.
En 1864, cuando la plutocracia logró su sueño dorado de anexar la nación a España, Duarte fletó un barco con armas y pertrechos militares desde Maracaibo. No pidió honores ni cargos: pidió luchar. Quería combatir por su patria con las armas en las manos. Queria defender la libertad.
Pero la envidia —esa enfermedad nacional de larga data— se lo impidió. Ulises Francisco Espaillat, hijo de un esclavista español, tuvo el honor histórico de firmar el salvoconducto que expulsó nuevamente al hombre que había creado la patria.
Los autoproclamados revolucionarios, siempre tan diligentes para desterrar a los incómodos, volvieron a enviar al exilio al patriota más íntegro, bajo el elegante pretexto de que debía “representar” al gobierno en el extranjero.
Nada más eficaz que una misión diplomática para silenciar una conciencia pulcra y digna.
El 19 de octubre de 1864, el Gobierno Restaurador designa a Juan Pablo Duarte representante en Venezuela. Aquel nombramiento no fue un honor: fue una herida. El fundador de la nación entendió perfectamente el mensaje. No me quieren cuando lo he dado todo por esta patria.
Hasta el sacrificio de su familia ofrendó el patricio por la lucha libertaria de su pueblo y así le pagaron.
El 7 de marzo, Duarte respondió informando que su misión había concluido con el cambio de gobierno.
En esa carta dejó una frase que aún hoy arde como sal en la herida:
“Mientras no se escarmiente a los traidores como se debe, los buenos y verdaderos dominicanos serán siempre víctimas de sus maquinaciones.”
La historia no solo se escribe: advierte.
Y así, con ese acto profundamente injusto contra Juan Pablo Duarte, nace lo que en la historia dominicana se conoce como la Segunda República: una república edificada sobre el exilio del más puro de sus hijos y el aplauso cómodo de los que siempre llegan tarde… pero bien acomodados.

