InicioCEREPOESIAARTE Y CULTURAJOSÉ MARTÍ PADRE DE CUBA (En su cumpleaños)

JOSÉ MARTÍ PADRE DE CUBA (En su cumpleaños)

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Por: Ramón Espinola
La patria como herida y como deber
José Martí no fue un hombre: fue una deuda moral que parió una nación.
No nació para ser estatua ni consigna domesticada; nació para arder. En él, Cuba dejó de ser una isla y se convirtió en mandato ético, en fiebre de justicia, en palabra que no pide permiso.
Este 28 de enero de 2026, a 173 años de su nacimiento, no se le honra repitiendo fechas ni declamando himnos gastados. A Martí se le honra obedeciéndolo, y obedecerlo sigue siendo peligroso. Porque Martí no fue cómodo. Fue radical, fue exigente, fue incorruptible. Por eso todavía incomoda.
Nació en La Habana, el 28 de enero de 1853, y murió en combate el 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos, en la entraña salvaje de la manigua. Allí cayó el cuerpo; no cayó la idea.
Cayó el poeta con un fusil torpe en las manos, pero se levantó para siempre el símbolo del intelectual que no se refugia en la retórica cuando la patria sangra.
Desde la adolescencia comprendió que la cultura sin compromiso es ornamento de salón.
La historia, la literatura y la política se le fundieron temprano en una sola vocación: servir a los humillados. Su pluma fue primero espada; su conciencia, campo de batalla.
Con el inicio de la Guerra de los Diez Años, Martí publicó El Diablo Cojuelo y luego La Patria Libre. No eran revistas: eran actos de insurrección impresos. Por eso, el imperio lo castigó sin titubeos. A los diecisiete años, seis años de presidio y trabajos forzados. Hierro en los tobillos para quien pensaba libremente. Esa fue siempre la pedagogía colonial.
La enfermedad lo salvó de la muerte física, pero no del destierro. España creyó exiliarlo; en realidad, lo universalizó. Allí escribió La adúltera, estudió Derecho y Filosofía, y denunció en La República Española ante la Revolución Cubana la hipocresía liberal de un imperio que hablaba de progreso mientras desangraba a sus colonias.
Martí entendió pronto que el colonialismo no se disfraza solo de bayoneta: también se esconde en el paternalismo, en la promesa vacía, en la falsa reforma. Por eso fue implacable con España, pero también con cualquier forma de dominación futura. Temía tanto al viejo Imperio como al nuevo.
México, Guatemala, Venezuela, Estados Unidos: Martí peregrinó como apóstol laico de una América aún por nacer.
En Nueva York, corazón del capitalismo emergente, vio con claridad lo que otros no quisieron ver: que la independencia de Cuba no podía entregarse, como moneda de cambio, a una potencia extranjera. Allí conspiró, escribió, organizó, pasó hambre y cruzó a pie el puente de Brooklyn como quien cruza todos los días entre el exilio y la patria imaginada.
En 1892 fundó el Partido Revolucionario Cubano, no para repartir cargos, sino para fundar una república moral. Creó el periódico Patria como escuela política de los humildes. Martí no creía en revoluciones sin ética ni en independencias sin justicia social.
Las diferencias con Máximo Gómez y Antonio Maceo fueron reales, duras, necesarias.
Martí no quería caudillos; quería servidores. Pero supo subordinarlo todo al objetivo mayor.
En Montecristi, suelo dominicano, firmó junto a Gómez el manifiesto que es, todavía hoy, uno de los textos políticos más lúcidos de América Latina: una guerra sin odio, una victoria sin venganza.
La escena con Gómez es reveladora. Martí no ordena: convoca. No impone: seduce con ideas.
Usted no es hombre de tierras ni de arados; usted es un general de la libertad.
Así habló el poeta al soldado, y así volvió a ponerse en marcha la historia. Con esas palabras poéticas el cubano volvió a conquistar al dominicano.
Martí murió demasiado pronto, sí. Pero murió a tiempo. No permitió que la república naciente lo traicionara ni que el poder lo usara. Cayó antes de ver a Cuba convertida en botín, antes de que su nombre fuera repetido por bocas que no lo leen.
Fue poeta mayor del modernismo, sí. Pero su poesía no fue evasión: fue trinchera lírica. Dualista, intensa, luminosa y oscura a la vez, su obra enfrenta espíritu y materia, ideal y miseria, verdad y simulacro.
Martí escribió bien porque pensó justo. Su prosa política —sobre Bolívar, San Martín, Páez, Gómez, Whitman, Emerson— es lo mejor de su legado intelectual: no adula, examina; no canoniza, exige.
José Martí pertenece a esa estirpe rara que no funda naciones para gobernarlas, sino para moralizarlas. Por eso sigue siendo peligroso. Por eso se le cita, pero no siempre se le sigue.
Honor eterno al Martí que reconoció en los dominicanos no solo aliados, sino hermanos de destino, y a los que derramaron su sangre por la libertad de Cuba.
¡Viva Martí, no el de bronce, sino el de carne y fuego!
¡Viva Cuba libre de imperios viejos y nuevos!
¡Viva el antillanismo rebelde de Martí, Betances, Hostos, Gómez y Luperón!

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