EDITORIAL /
Teclalibre Multimedios /
La humanidad suele medir su progreso a través de indicadores económicos o avances tecnológicos, pero la verdadera salud de una sociedad se mide en cómo trata a sus niños.
Lo ocurrido en días pasados en Minneapolis, Estados Unidos, donde un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE, persiguió al pequeño Liam Conejo Ramos de apenas cinco años sobre la fría nieve, hasta atraparlo es un síntoma de una descomposición ética que no podemos ignorar.
La escena es de una crueldad que desafía cualquier justificación legal: un padre que va a buscar a su hijo a la escuela —el lugar donde se supone que se construye el futuro— es arrestado.
Uno de los videos muestra al inocente pequeño que, impactado de pánico sale corriendo con su mochila a cuestas, mientras el agente raudo, lo atrapa.
Desde la óptica del Cerebrismo, ese desconcertante acto no es solo una falla en los protocolos de seguridad; es una falla en la conciencia gubernamental.
El cumplimiento a ciegas de una norma administrativa se hizo superior al imperativo moral de proteger la integridad psíquica de un infante.
Teclalibe Multimedios sabe que, el miedo grabado en ese niño no se borrará con la nieve que pisaba; es una cicatriz que queda en el tejido social de una nación que se dice defensora de los derechos humanos.
No podemos permanecer indiferentes. La persecución de un niño de cinco años bajo esas circunstancias es un acto de violencia simbólica y física que deshonra la labor de cualquier institución.
Es hora de sensibilizar al humano para que, ante el uniforme o la ley fría, prevalezca siempre el respeto a la vida y la dignidad del más vulnerable.
Minneapolis Minesota sigue siendo el epicentro de una sombra que nos obliga a preguntarnos; ¿Hacia dónde corre el mundo si los niños deben huir de quienes deberían protegerlos?
Es hora de que la política deje de ser un ejercicio de fuerza y vuelva a ser un ejercicio de humanidad.

