InicioCEREPOESIAARTE Y CULTURAAltagracia Zoraida Saviñón y Saviñón, 1886-1942: precursora del modernismo poético dominicano

Altagracia Zoraida Saviñón y Saviñón, 1886-1942: precursora del modernismo poético dominicano

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Por: Ramón Espinola
Dedico estos párrafos a los poetas de pacotilla, los que se creen superiores al pueblo, sí, a esos que no bajan a las entrañas de las gentes comunes, a los que solo se reúnen entre ellos en cuartos secretos a aplaudirse entre no solo con las manos sino hasta con los pies de barro que poseen. Para ellos va este relato sobre esta gran mujer dominicana.
(Condenada al olvido por críticos solemnes y poetas de utilería que, creyéndose dioses del Parnaso y moradores del Olimpo sagrado, se aplauden entre sí versos huecos y temas sin alma. Yo, en cambio, aplaudo —desde lo más recóndito y honesto del corazón— a Altagracia: la poeta que enloqueció, sí; loca, pero luminosa. Nuestra querida loca. Loor eterno a su grandeza.)
Altagracia Zoraida Saviñón y Saviñón, conocida en la intimidad familiar como Tata, nació en la ciudad de Santo Domingo el 28 de septiembre de 1886, hija de José Francisco Saviñón y de la dama Águeda Filomena Saviñón Bordas, ambos oriundos de la capital.
Vino al mundo en una sociedad que celebraba la obediencia femenina y castigaba con saña cualquier destello de genialidad que no supiera inclinar la cabeza.
Desde muy joven mostró una pasión profunda por la lectura y por la escritura de versos.
Y como suele ocurrir con los espíritus adelantados —esos que llegan antes de que la época esté lista para entenderlos—, su talento apareció temprano y sin pedir permiso.
El 3 de mayo de 1903 se publicó en la revista La Cuna de América su poema “Mi Vaso Verde”, considerado por destacados estudiosos como la primera poesía de corte modernista escrita en la República Dominicana.
Un hecho que debería haberle asegurado un lugar de honor en la historia literaria, pero que la crítica prefirió mirar de soslayo, no fuera a ser que una mujer les desordenara el canon.
Mantuvo una estrecha amistad con el poeta Osvaldo Bazil, de quien se enamoró profundamente. Amor, por supuesto, no correspondido. Porque en esta historia —como en tantas otras— el genio femenino podía amar, sufrir y escribir con excelencia, pero no siempre merecía reciprocidad. Bazil pasó a la posteridad con Rosales en flor; Tata, en cambio, fue empujada lentamente hacia el silencio.
Osvaldo Bazil
No tuvo la oportunidad de desarrollar una obra extensa. Una terrible enfermedad mental, aparecida cuando aún era joven, le fue arrebatando no solo la razón, sino también la vida pública, la voz y el derecho a ser leída. Y así, como quien barre una incomodidad bajo la alfombra moral, la sociedad decidió internarla en una celda del manicomio Padre Billini, ubicado entonces en la parte sur del antiguo Convento de San Francisco.
Allí, vestida con una bata gris de enferma psiquiátrica, el cabello cortado al ras y una mueca perpetua de tristeza dibujada en el rostro, Tata escribía garabatos que eran letras, y letras que eran versos, sobre las paredes del hospital. Versos que nadie quiso recopilar.
Letras que nadie quiso entender.  Porque la locura, cuando habita en una mujer brillante, resulta siempre más cómoda de encerrar que de escuchar.
Según el reconocido psiquiatra Antonio Zaglul, Tata padecía esquizofrenia paranoide, cuyo primer brote psicótico se manifestó cuando tenía apenas treinta y ocho años, residiendo aún en la ciudad de Santo Domingo. Pero mucho antes de que la enfermedad la atrapara, su talento ya era evidente: a los diecisiete años circulaban versos notables firmados por ella, muchos bajo el seudónimo de Violeta de Fronda, quizá como intuición temprana de que su nombre real no sería perdonado por la historia oficial.
El poeta y crítico de arte Dr. Mariano Lebrón Saviñón, primo materno de Tata, afirmó que su producción se inscribe plenamente dentro del Modernismo de la época, y señaló como ejemplo emblemático el poema “Mi Vaso Verde”.
Por su parte, el escritor y crítico Max Henríquez Ureña sostuvo que el poema “La Serenata de Schubert” fue la primera poesía modernista escrita en el país, y defendió que “Mi Vaso Verde” habría sido publicado en 1900, dos años antes de que Valentín Giró publicara “La Virginea” en 1902. Los datos son claros, aunque la crítica prefiera confundirlos: Altagracia Saviñón fue la pionera del Modernismo poético dominicano.
En esos mismos años surgieron poemas afines, como “Incendio” del petromacorisano Gastón Fernando Deligne, quien, paradójica-mente, rechazó su propio texto por considerarlo juvenil. Fue rescatado más tarde por amigos. A Tata, en cambio, no la rescató nadie. Porque no todos los olvidos son accidentes: algunos son decisiones.
Altagracia Zoraida Saviñón murió en Santo Domingo el 23 de diciembre de 1942, agobiada por la tristeza que le producían sus quebrantos físicos y mentales, y por el abandono de una sociedad que supo encerrarla, pero no supo honrarla. Hoy, cuando tantos poetas mediocres ocupan tribunas y suplementos, conviene recordar a esta mujer que escribió antes, mejor y con más riesgo, y que pagó su lucidez con la locura y el silencio.
Que quede constancia:
Tata no fue una nota al pie. Fue una llama.
Y toda sociedad que olvida a sus llamas termina aplaudiendo la ceniza. Por no decir la podredumbre.
Poemas de Altagracia Saviñón
La Serenata de Schubert
A Max Henríquez Ureña
Las notas del pesar hirió el artista,
y al doliente gemir del océano
su música divina habló a mi alma
ese lenguaje trágico
que en noche triste hablaron al poeta
la virgen muerta y el callado piano.
Sollozaban las notas en el éter.
En mi alma el dolor siempre vibrante
sólo espera que un eco lo despierte
y ese eco fue tu piano; delirante
lo sentí palpitar, clavar su garra,
que el poder del artista es siempre grande:
Él sólo puede dominar las almas
y en ellas despertar negros pesares.
De una ilusión perdida cada nota
semejaba, al vibrar, la despedida;
y al continuo surgir de amores muertos,
de mi propio dolor compadecida,
parecióme mi vida un gran desierto
mi alma una tumba solitaria,
un páramo sin luz donde el Ensueño
al rudo batallar quebró sus alas,
un sepulcro muy frío y muy oscuro
en donde muerto el Ideal estaba.
Y tú sufrías también; en cada nota
una queja de tu alma se exhalaba:
era el dolor que en flores de armonía
sobre el blanco marfil se deslizaba.
No sé qué ocultas penas,
con tu música mística expresabas,
mientras el mar gimiendo allá a lo lejos
con dolientes murmullos contestaba.
Yo sólo sé que tu dolor tan grande
me pareció de mi dolor hermano,
cuando hablaste a mi alma aquella noche
ese lenguaje trágico,
que en hora triste hablaron el poeta
la virgen muerta y el callado piano…
***
Mi vaso verde
A Enriqueta E. Ellis
Mi vaso glauco, pálido y amado,
donde guardo mis flores predilectas,
tiene el color de las marinas algas,
tiene el color de la esperanza muerta…
Las flores tristes, las dolientes flores
en el agua del vaso se refrescan,
y bañan sus corolas pensativas
en una blanca idealidad de perlas.
Y luego se van lejos… se marchitan
abandonadas, pálidas, enfermas,
muy lejos del cariño de ese vaso
que es del color de la esperanza muerta.
Y cuando sola, pensativa, herida
por la eterna nostalgia,
siento un perfume triste, moribundo,
que llega hasta mi alma…
pienso en mis pobres flores, las marchitas,
las enfermas, dolientes y olvidadas,
que antes de marchitarse se despiden
tristísimas y trágicas
de ese vaso de pálidos reflejos
que es del color de las marinas algas…

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