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EDITORIAL: El Ruego de Jenny debe curar la indolencia de ICE y eliminar el atropello a la fe

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EDITORIAL  /

Teclalibre Multimedios  /

El Estado de Minnesota ha sido testigo de la crudeza del cambio climático y de una desolación humana que congela el alma.

Tras la dolorosas imagenes del niñito de apenas 5 años, Liam Conejo Ramos, huyendo de un agente de ICE, hoy emerge otra escena que se quedará por siempre incrusta en la memoria colectiva.

Nos referimos a Jenny, simplemente Jenny, como la identificaron los medios de comunicacion tradicionales;  una joven madre también ecuatoriana.  Se le ve arrodillándose sobre la nieve, persignándose con fervor deseperado y con la mirada implorante dirigida a los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas. Rogaba la liberación de su esposo y su primo o, que se la llevaran, también a ella, junto a su bebecita.

El nombre de Yenny resuena hoy como el eco de millones de voces silenciadas; personifica la desesperación de quien ve desintegrarse su núcleo familiar por decisiones administrativas.

El hecho de hincarse y persignarse no fue un gesto de sumisión; fue un acto de fe inquebrantable, una invocación a una autoridad superior, en el instante justo en que la autoridad la terrenal se muestra insensible.

Fue la expresión más pura de un amor que desafía la lógica de la ley y las políticas migratorias.

A Teclalibre Multimedios y el Movimiento Cerepoético, esta escena nos golpea con fuerza y nos obliga a reaccionar, demandando de las altas instancias estadounidenses revisar el derrotero de una sociedad donde se permite que la fe y la dignidad de una madre sean humilladas sobre el frío, ante los ojos espectantes del mundo.

Es que la imagen de esa joven madre y su bebe a imagen es la de miles de familias de America que enfrentan la misma incertidumbre, la misma angustia de ver a sus seres queridos, golpeados en las calles,  separados, detenidos, asesinados o deportados.

El caso de Jenny en Minnesota, al igual que el de Liam, nos obliga a mirar más allá de los debates políticos. Nos obliga a ver el drama humano, el dolor que se anida en los corazones de quienes solo buscan una vida digna.

La ética creativa del Cerebrismo nos conmina a denunciar estas prácticas que deshumanizan y laceran el tejido social.

La paz y la ética creativa no pueden florecer donde la compasión congela con fria indiferencia los derechos humanos  en la nieve.

Es urgente que las autoridades de Estados Unidos, y del mundo entero, reevalúen las políticas migratorias que están generando estas escenas de profundo desamparo.

Urge, que la oración y el ruego impotente de Jenny catalicen un cambio que cure la indolencia de los agentes de ICE, eliminando el atropello a la fe.

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