Grammy Night: música, ironías y un presidente ofendido
La noche prometía música, lentejuelas y discursos ensayados frente al espejo. Pero los Grammy 2026 decidieron ponerse traviesos. Bastó un micrófono abierto, un comediante con despedida anunciada y un presidente con piel fina para que la gala más glamurosa de la industria musical terminara pareciéndose a un episodio extra de Saturday Night Live… con amenaza legal incluida.
Todo iba según el guión: aplausos medidos, artistas agradeciendo a sus madres, productores invisibles y alguna lágrima estratégicamente colocada. Billie Eilish y su hermano Finneas subieron, recogieron su premio por WILDFLOWER y se marcharon entre ovaciones. Hasta ahí, normalidad absoluta.
Pero entonces apareció Trevor Noah. Sonriente. Relajado. Con esa tranquilidad peligrosa de quien ya anunció que esta es su última vez al volante. Y cuando uno no tiene nada que perder, suele decir exactamente lo que no debería.
“Ese es un Grammy que cualquier artista quiere… casi tanto como Donald Trump quiere a Groenlandia”, soltó Noah, con tono de sobremesa. Risas. Alguna ceja levantada. Y remató: “Ahora que la isla de Jeffrey Epstein ya no existe, necesita un nuevo lugar para pasar el rato con Bill Clinton”.
Silencio breve. Risas nerviosas. Y la frase que selló el momento:
—Ah, ya les dije que este es mi último año… ¿qué van a hacer al respecto?
En la Crypto.com Arena la cosa quedó ahí: carcajadas, murmullos, algún “uy” ahogado y cámaras buscando reacciones incómodas. Pero en otro lugar, bastante menos iluminado y con menos champaña, alguien apretaba los dientes.
Horas después, Donald Trump, insomne y conectado a Truth Social, decidió que los Grammy no eran una premiación, sino un atentado personal. Los llamó “los peores”, “imposibles de ver” y a Trevor Noah lo degradó a “perdedor total” y “patético”. Hasta ahí, el Trump habitual.
Pero esta vez subió la apuesta: amenaza de demanda. Abogados en camino. Honor ofendido. Y, como bonus track, un tiro lateral contra Jimmy Kimmel, por si alguien dudaba de que el humor nocturno sigue siendo su enemigo número uno.
Mientras tanto, los Grammy seguían siendo los Grammy:
Bad Bunny hablando contra el ICE, Billie Eilish convertida en estandarte generacional, artistas usando el escenario como púlpito político sin pedir permiso. Y Trevor Noah, probablemente ya sin corbata, cerrando su ciclo con un chiste que cruzó el océano hasta la Casa Blanca.
La pregunta no es si Trump demandará de verdad —eso lo decidirán los abogados y los titulares—, sino qué tan delgado se ha vuelto el límite entre el poder y la burla. Porque cuando un chiste en una gala musical provoca una reacción presidencial, algo está pasando más allá del humor. Trump no ganó ningún Grammy, pero salió furioso.
Al final, la música sonó. Los premios se entregaron. Y el Grammy más ruidoso de la noche no fue de oro, sino de pólvora verbal.
Porque en 2026, incluso en una fiesta de canciones, nadie canta sin consecuencias.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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