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BOSCH Y EL DÍA EN QUE EL CARIBE CONTUVO LA RESPIRACIÓN

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Por Ramon Espinola

EDUCANDO POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA

BOSCH Y EL DÍA EN QUE EL CARIBE CONTUVO LA RESPIRACIÓN

Los conflictos entre el pueblo dominicano y el pueblo haitiano no nacieron ayer, ni morirán el mes que viene. Son viejos como las cicatrices de la isla, y tan persistentes como los políticos que viven de ordeñar el miedo como si fuera una vaca sagrada.

Porque, en el teatro permanente de la miseria, siempre hay actores principales: los que hacen fortuna administrando la pobreza ajena. A ambos lados del río Masacre —que de simbólico tiene poco— hay quienes se enriquecen sin haberlo cruzado jamás a pie, pero sí en cuentas bancarias.

Mientras tanto, las élites —las de allá y las de aquí— viven en torres con vista al mar, bebiendo vino importado y hablando de soberanía entre canapé y canapé. Y abajo, en la geografía de la supervivencia, el negocio de la desesperación funciona como reloj suizo:
el militar que deja pasar,
el guía que conduce, el chofer que transporta, y el coyote que trafica vientres y destinos.

Hay pastel para todos. El bizcocho de la miseria se reparte con un cuchillo de plata. Pero, solo comen los ricos.

Y, por supuesto, están los que no piensan —porque pensar cansa—, esos que repiten consignas como si fueran loros patrióticos. Ellos son “nacionalistas”, aunque jamás hayan leído un libro de historia que no fuera un meme.

Porque siempre hay uno como el tal Mantequilla, un vendedor de lingotes falsos, o un profeta de esquina dispuesto a vender oro a quien no sabe que una onza cuesta miles de dólares. La ignorancia también es un mercado, y además muy rentable.

No voy a hablar de hechos actuales. No por prudencia, sino para evitar que los fanáticos se inflamen y los dueños exclusivos de la patria se rasguen las vestiduras con la pasión teatral de los fariseos del templo.

Voy a hablar de historia. De un momento en que la isla estuvo a milímetros de incendiarse.

Abril de 1963: cuando el terror se volvió método

El 26 de abril de 1963, un intento de secuestro contra los hijos del dictador haitiano François Duvalier desató una de las represiones más brutales del Caribe contemporáneo.

El ataque ocurrió cuando el vehículo que llevaba a los hijos de Duvalier a la escuela fue emboscado, causando la muerte del chofer y escoltas.

Lo que siguió fue la respuesta típica de las dictaduras:

Si alguien dispara, se fusila al barrio completo.

Duvalier desató a sus Tontons Macoutes y ordenó exterminar a los supuestos conspiradores. Familias enteras fueron asesinadas o desaparecidas.

El principal sospechoso para el régimen fue el teniente François Benoit. Aunque después se sabría que el complot estaba vinculado al exjefe macoute Clément Barbot, la maquinaria del terror ya estaba en marcha.

La familia Benoit fue prácticamente exterminada. Casas incendiadas, niños asesinados, personas muertas simplemente por compartir apellido y familiaridad.

El terror no era un exceso.
Era política pública.

La embajada dominicana: cuando la diplomacia se volvió trinchera

Benoit había buscado refugio en la Embajada Dominicana antes del atentado.

Los paramilitares haitianos irrumpieron en oficinas diplomáticas dominicanas buscando capturarlo, violando inmunidades internacionales y sembrando el terror entre el personal diplomático.

Rodearon la embajada. Se subieron a los árboles.

Parecía una película absurda… si no fuera porque era real.

Bosch: dignidad, pólvora y cálculo político.

Ante la agresión, el presidente Juan Bosch militarizó la frontera y amenazó con responder militarmente.

 El Caribe contuvo la respiración.

No era teatro. Era la posibilidad real de guerra.

Bosch llevaba apenas semanas en el poder, pero decidió que la dignidad nacional no era un discurso para campaña, sino una línea roja.

Y Duvalier —que era brutal, pero no suicida— retrocedió.

La lección incómoda

La historia dominico-haitiana nunca ha sido simple.

Ni blanca.Ni negra.Ni heroica.Ni limpia.

Ha sido, más bien, una mezcla amarga de miedo, negocio, política y supervivencia.

Porque al final —y aquí viene la parte que nadie quiere oír— el ser humano no pelea por banderas.

Pelea por comida, luz, techo y dignidad.

El día que en cualquier país la gente tenga agua potable, electricidad estable, educación y salud, el nacionalismo rabioso pierde clientela.

Porque el hambre no tiene ideología.
Y el estómago no vota: exige.

Epílogo con humor negro (porque la historia lo merece)

 Las revoluciones, los imperios, los discursos, los manifiestos… terminan siempre en lo mismo:

El ser humano quiere vivir mejor.
Comer.

Dormir bajo techo.

Tener luz.

Y, si es posible, una colombina de vez en cuando para dormir mejor con alguien al lado.

Todo lo demás suele ser retórica…
o negocio.

Porque así es la vida y con frecuencia los fanáticos ideológicos esos que atacan los imperios, pero comen bien, duermen bien, y cogen pensiones solidarias solo saben hablar vacuencias producto de su desatibor cerebral. No entienden las necesidades del humano.

Felix Jimenez
Felix Jimenezhttps://teclalibremultimedios.com/
Nacido en la República Dominicana, Félix A. Jiménez encarna a la perfección la riqueza cultural de su tierra natal. Su ADN refleja una mezcla única de ancestrías: 8% taíno, 30% africano, 56% ibérico y trazos de otras raíces étnicas — un testimonio del vibrante mestizaje que define al Caribe. Ciudadano tanto de Canadá como de la República Dominicana, y residente actualmente en el estado de Washington, Estados Unidos, el Sr. Jiménez es arquitecto de formación, con estudios de posgrado en Planificación del Desarrollo Turístico en el Centro Interamericano de Capacitación Turística en Ciudad de México, y en Marketing Estratégico para el Turismo en la Universidad George Washington, en Washington D.C.

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