-Fin del Consejo de Transición, más fuerza en las calles y elecciones que siguen siendo una promesa-
Haití amaneció este domingo sin Consejo Presidencial de Transición y con una promesa solemne flotando en el aire espeso de Puerto Príncipe: el Estado no dará marcha atrás. La frase la pronunció el primer ministro Alix Didier Fils-Aimé, en un discurso a la nación que sonó menos a protocolo y más a advertencia, con la urgencia de quien gobierna un país al borde del colapso permanente.
El CPT se fue —sin gloria ni resultados— y dejó el escenario despejado para una apuesta de fuerza. Fils-Aimé anunció una “movilización continua” de las Fuerzas Armadas de Haití, la Policía Nacional y la llamada Fuerza de Represión de las Bandas. El objetivo, dicho sin rodeos: recuperar cada zona ocupada. Ni refugios, ni treguas, ni geografías liberadas para las pandillas. Todo el territorio, prometió, vuelve a ser del Estado.
El tono fue marcial, casi de parte de guerra. Rigor, coordinación y continuidad: las tres palabras con las que el primer ministro intenta imponer orden en un país donde la violencia ya no es noticia sino paisaje. Según cifras de Naciones Unidas, Haití vive una fase crítica: más de 5,900 muertos por violencia en 2025, un aumento cercano al 20 % respecto al año anterior. El reloj corre, y corre rápido.
Pero no todo fue uniforme y botas. Fils-Aimé también habló de urnas. Dijo que su misión es conducir al país hacia el “retorno a la legitimidad democrática”, con elecciones libres, sin favoritismos, sin la mano del Estado inclinando la balanza. Prometió igualdad de trato, transparencia y neutralidad absoluta. El poder —juró— será entregado a dirigentes elegidos por el pueblo.
El problema es el cuándo. El CPT se marcha dejando apenas una hoja de ruta difusa que apunta, con suerte, al segundo semestre de 2026. Demasiado lejos para un país que sangra a diario. Demasiado abstracto para una ciudadanía que ha escuchado promesas similares demasiadas veces.
El Consejo Presidencial de Transición nació en abril de 2024 como un intento desesperado de estabilizar Haití tras la renuncia de Ariel Henry, empujado por una nueva ola de violencia y por el largo eco del asesinato del presidente Jovenel Moïse. Su balance final es implacable: no pacificó el país, no fijó elecciones y no logró frenar el avance de las bandas.
Ahora, sin CPT y sin un esquema claro que lo sustituya, el país queda bajo un poder concentrado en el primer ministro. Algunas facciones hablan de un Ejecutivo dual —presidente y primer ministro—, pero Fils-Aimé evitó el tema. Silencio estratégico o decisión tomada, nadie lo sabe.
Consciente de que no todo se resuelve a balazos, el jefe de Gobierno también anunció un plan de emergencia humanitaria para proteger a los más vulnerables. Lo llamó una cuestión de “seguridad y dignidad”. En Haití, ambas palabras suelen ir separadas por abismos.
Así arranca esta nueva etapa: sin consejo, con un Estado que promete no retroceder y con una democracia anunciada como destino, no como realidad inmediata. Haití sigue caminando sobre una cuerda floja, mientras abajo —siempre abajo— la violencia espera. Y el país, cansado, escucha otra vez la promesa de que ahora sí, esta vez, el Estado volverá.
-Luis Rodriguez Salcedo para TeclaLibre-
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