POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA
Por Ramon Espinola

Gran dama de la patria y de la libertad. Ejemplo de lo que significa ser mujer en tiempos en que la dignidad era un acto de rebeldía.
Asela Mercedes Morel Pérez nació el 18 de marzo de 1919 en Santiago de los Caballeros, en un país que, como si fuera un experimento geopolítico de laboratorio, se encontraba bajo ocupación militar extranjera.
Fue una de las primeras mujeres médicas de la República Dominicana, en una época en la que el simple hecho de que una mujer pensara, opinara o estudiara ya era visto por algunos como un peligro para el orden “natural” de las cosas… es decir, para el cómodo desorden del poder.
Llegó al mundo en el preciso momento en que la nación dominicana vivía la humillación de la ocupación estadounidense, y creció mientras el país heredaba, como regalo envenenado de despedida imperial, la oprobiosa tiranía que luego consolidaría Rafael Leónidas Trujillo.
No es descabellado pensar que ese ambiente de dolor colectivo, injusticia estructural y silencios obligados moldeó su vocación médica, guiándola por la empatía humana, el servicio social y, naturalmente, por la rebeldía moral contra la barbarie institucionalizada.
Fue una mujer serena, dulce, afable… pero de acero templado. Pasados los ochenta años, aún trabajaba, retirándose del ejercicio profesional solo cuando el cuerpo, no el espíritu, comenzó a exigir tregua.
Su carrera médica inició a lomo de caballo, cruzando ríos, caminos de polvo y abandono estatal, cobrando veinticinco centavos o, muchas veces, nada, porque la pobreza —ese viejo compañero de los pueblos— rara vez paga en efectivo.
Preparaba sus propias fórmulas para catarros, dolencias intestinales y males comunes, conocimientos aprendidos en los cursillos impartidos por la farmacéutica Clara López, cuando la medicina era más vocación que negocio y más sacrificio que prestigio.
Tras años atendiendo pacientes en Baitoa, Santiago y en el Hospital Padre Billini de Santo Domingo, logró graduarse de médica pese a la oposición de su padre, quien finalmente cedió ante la mediación de Américo Lugo. Posteriormente viajó al extranjero, especializándose en Nueva York, y regresó al país para ejercer la consulta privada, atendiendo a una clientela que, en tiempos donde opinar podía costar la vida, se atrevía a defenderla frente a la satrapía.
“La médico”, como la llamaban —miembro de una promoción de apenas cinco mujeres—, tuvo que soportar atropellos de personeros del régimen como Candito Torres y Johnny Abbes, nombres que la historia conserva no por virtud, sino como advertencia. El primero, en un acto que define perfectamente la ética selectiva del poder, no mostró compasión alguna pese a que ella había atendido el parto de su esposa.
Porque las dictaduras suelen olvidar rápido los favores y recordar eternamente las disidencias.
Asela formó parte del grupo de jóvenes que en enero de 1960 constituyeron el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, cuyo propósito era derrocar la asfixiante tiranía trujillista y materializar el programa mínimo de gobierno con el que soñaban los jóvenes que, el 14 de junio de 1959, aterrizaron en Constanza para intentar devolverle la dignidad a un pueblo oprimido.
Descubierto el movimiento clandestino, fue apresada y torturada junto a sus compañeros.
En la temida cárcel de La 40 fue hacinada en una celda donde el suelo servía de cama y las paredes conservaban el olor incrustado de los sufrimientos humanos anteriores, como si el régimen también quisiera encarcelar la memoria.
La noche en que fue trasladada a La Victoria junto a las hermanas Mirabal pensó que sería asesinada.
Ya había sentido ese presentimiento cuando vio llegar a Pipe Faxas y a su primo Rafael Francisco Bonnelly, desnudos, lacerados por azotes, torturas y mordidas de perros amaestrados, instrumentos de un sistema que confundía disciplina con sadismo.
Compartió prisión con mujeres de coraje monumental: Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, Tomasina Cabral y Dulce Tejada. Glorias de la lucha de la mujer dominicana.
Testimonió en la prensa nacional luego de que la dictadura fue decapitada que al llegar al penal encontró a Dulce Tejada y, al día siguiente, fueron llevadas las Mirabal, quienes permanecieron dos meses sometidas a interrogatorios y torturas constantes, porque el régimen tenía una extraña obsesión con demostrar su “valentía” contra mujeres desarmadas. Esa es la cobardía del hombre dominicano cuando se enfrenta a una mujer de dignidad y arrojo.
Pero quizás lo más denigrante para una doctora que había servido incluso a familiares del dictador fue la insalubridad deliberada del encierro.
Las paredes estaban cubiertas de excremento humano. La comida llegaba en latas de pintura. El agua también. Se bebía con las manos. La dignidad debía improvisarse, igual que la higiene.
Y aun así, en medio de ese infierno, Asela decía a sus compañeras:
—Coman. No podemos salir de aquí más flacas. Tenemos que salir más gordas para joder al tirano.
Humor, resistencia y desafío: tres armas que la tiranía nunca supo cómo confiscar.
Cuando la interrogaban, usaba la astucia como escudo: admitía lo suficiente para no parecer desafiante, pero ocultaba lo necesario para sobrevivir.
Uno de sus interrogadores incluso aprovechó para decirle que no pagaría un parto que le debía. Porque incluso dentro del horror burocrático del terror estatal, siempre hay espacio para la pequeña mezquindad humana.
Fue liberada, pero jamás dejada en paz. Era vigilada constantemente por agentes del Servicio de Inteligencia Militar, disfrazados incluso de mendigos. El régimen temía más a una mujer con conciencia que a un ejército con uniforme.
El propio Trujillo la citó a su despacho en el Palacio Nacional y la amenazó directamente:
—Quiero que sepa que de su actitud depende su vida. Y si vuelve a complotar, le voy a partir el cocote. No me importa que sea mujer, partida de malagradecidos.
Desde entonces, cada paciente que entraba a su consulta era fichado.
La vigilaban —como ella misma decía— más que al propio Trujillo. Ironías del poder: el dictador temiendo a una doctora.
Murió el 15 de noviembre de 2012, a los 93 años, cargando una vida entera de luchas, sacrificios y dignidad.
La vida de la doctora Asela Morel no es solo biografía: es advertencia histórica.
Es recordatorio de que la libertad nunca ha sido un regalo; siempre ha sido el resultado de la terquedad moral de personas que se negaron a arrodillarse, incluso cuando el precio era el miedo, la cárcel o la muerte.Y también es prueba de algo incómodo para los tiranos de todos los tiempos: que una mujer con conciencia puede ser más peligrosa que todo un ejército sin ella.
Que el ejemplo de las mujeres del Movimiento Clandestino 14 de junio sirva para concientizar a las damas de hoy que solo piensan en cosas frugales y nimiedades y a muy pocas les importa la patria.

