Por Ramon Espinola
Educando por el trillo de la intrahistoria
(Resaltando el valor de la mujer dominicana)
Ana Teresa Paradas Sánchez
La primera abogada dominicana
Olvidada mujer de la patria, discriminada y abusada por la historia oficial y por la costumbre social.
Ana Teresa Paradas Sánchez no fue solamente una mujer patriota; fue, además, la primera dama abogada de la nación dominicana, título que debería figurar con letras de bronce en la memoria colectiva, si la memoria colectiva no estuviera tan ocupada recordando banalidades o repitiendo discursos patrióticos de ocasión.
Se distinguió como maestra titulada de la Escuela Normal Superior de Santo Domingo, luchadora incansable por los derechos de la mujer y una de esas figuras que, cuando Estados Unidos mancilló la dignidad nacional con la Ocupación de 1916-1924, no optó por la prudente comodidad del silencio, sino que dijo presente en las trincheras morales del honor nacionalista, enfrentando con valentía aquella vesania interventora que algunos, todavía hoy, pretenden llamar “orden” o “progreso”.
Su defensa de la soberanía del lar nativo la llevó a movilizarse junto a otras damas de ardor patriótico durante lo que la historia recuerda como La Semana Patriótica, recorriendo ciudades y pueblos en la organización de las llamadas Juntas Patrióticas de Damas, auténticos bastiones civiles de la dignidad nacional en tiempos en que la patria parecía negociarse como mercancía de exportación.
Sería un acto de justicia histórica — y también de higiene moral — que la Asociación Nacional de Abogados llevara su nombre. Pero, lamentablemente, Ana Teresa pertenece a esa extensa galería de héroes y heroínas que la educación oficial menciona apenas en susurros, si es que los menciona, porque educar en valores patrios profundos suele ser peligroso para sociedades que prefieren ciudadanos obedientes antes que ciudadanos conscientes.
Una de las mayores injusticias cometidas contra esta dama ocurrió tras graduarse de abogada: por puro y simple prejuicio de género, tuvo que esperar largos años para ejercer. El machismo criollo — siempre tan celoso guardián de sus privilegios — no concebía que una mujer pudiera ocupar espacios reservados al varón ilustrado, aunque ese varón fuera menos ilustrado que ella.
Se graduó el 29 de noviembre de 1913, pero se le negó el exequátur.
Gobierno y universidad coincidieron, en un raro ejemplo de unanimidad institucional, en que Ana Teresa servía mejor como maestra que como abogada. Traducido al lenguaje de la época: era demasiado mujer para el derecho y demasiado inteligente para el silencio.
Con el tiempo obtuvo el permiso para ejercer e instaló su bufete en la calle Mercedes No. 38 de la ciudad capital, atendiendo de 10:00 a.m. a 12:00 m. y de 3:00 p.m. a 6:00 p.m.
Fue considerada una profesional de rectitud inquebrantable, seriedad impecable y vasto conocimiento jurídico.
Jueces y adversarios reconocían la solidez de sus razonamientos, siempre ajustados a la norma del derecho. En una palabra: la respetaban, aunque el sistema hubiese intentado negarla.
También influyó en su aceptación social el hecho de pertenecer a familias consideradas “muy respetadas”. Porque, como suele ocurrir en nuestras sociedades jerárquicas, el talento abre puertas… pero el apellido a veces abre los portones.
Ana Teresa nació el 7 de julio de 1890 en Venezuela — algunos señalan Puerto Cabello, otros Caracas — mientras sus padres, Salvador Paradas Volta y Emilia Sánchez Díaz, dominicanos auténticos, vivían exiliados en la patria de Bolívar. Ironías de la historia: muchos patriotas nacen lejos porque aman demasiado a su país para someterse a su tiranía.
Se crió y educó en Santo Domingo, donde se graduó de Bachiller en Letras y Ciencias y luego de Licenciada en Derecho, destacándose siempre por su inteligencia, disciplina y profundidad intelectual.
Contrajo matrimonio con Fernando Arturo Ravelo Castro. No dejaron descendencia, hecho que probablemente contribuyó a que su memoria no fuera defendida por herederos familiares en una sociedad donde, tristemente, la historia a veces se preserva más por genealogía que por mérito.
En 1913 se imprimió su tesis universitaria bajo los auspicios de La Cuna de América, titulada “Efectos jurídicos del matrimonio putativo en caso de bigamia”, un tema audaz y novedoso para la época, profundamente orientado a proteger a la mujer dentro del marco jurídico. El trabajo consta de 42 páginas, pero su valor histórico y social ocupa mucho más espacio en la historia del derecho dominicano.
En 1988 el gobierno emitió 500,000 sellos postales de 20 centavos en su honor y una calle del Mirador Sur lleva su nombre. Sin embargo, como suele ocurrir, se honra el nombre mientras se olvida la historia, porque es más cómodo inaugurar placas que educar conciencias.
Ana Teresa tuvo cuatro hermanos y falleció en Santo Domingo el 7 de agosto de 1960, tras vivir exactamente siete décadas de una existencia marcada por la dignidad, la inteligencia y la resistencia.
Al final, queda un inevitable arrugamiento del alma al contemplar la larga historia de injusticia del hombre hacia la mujer. ¿Hasta cuándo? Tal vez hasta el día en que la humanidad entienda que la mujer no es propiedad, ni adorno, ni recurso explotable.
Y sí, también corresponde una reflexión autocrítica social: reducir el valor femenino a la estética corporal es otra forma de dominación disfrazada de admiración. La inteligencia, la preparación y la conciencia crítica — en mujeres y hombres — siguen siendo las verdaderas herramientas de liberación, aunque el mercado, la política y la superficialidad intenten vendernos lo contrario.


