Por Ramon Espinola
Por la intrahistoria del arte nacional 
Fabio Federico Fiallo Cabral.
Padre del romanticismo poético dominicano
(Dedicado a aquellos poetas que entre sus letras convive la lucha del ser por una vida mejor, más digna y justa como tantas veces lo manifestaba Fiallo en sus discursos poéticos.) ¿Y contra aquellos que se llaman poetas sin conocer la lucha de los pueblos?
En este día, en el que el calendario insiste en recordarnos que el amor existe —aunque la historia humana se empeñe en desmentirlo con guerras, ocupaciones y dictaduras—, evocamos la figura del más alto sacerdote del romanticismo dominicano: Fabio Federico Fiallo Cabral.
Nació en Santo Domingo el 3 de febrero de 1866 y murió, como suelen morir los espíritus errantes del Caribe intelectual, lejos de la patria, en La Habana, Cuba, el 29 de agosto de 1942, a los 76 años.
La vida, que a veces escribe novelas más irónicas que los novelistas, quiso que el cantor del amor eterno terminara sus días en el exilio dulce de la nostalgia.
Poeta romántico de eros encendido —capaz de sonrojar a las vírgenes decimonónicas y de hacer suspirar a las casadas con discreción litúrgica— fue también periodista, narrador y polemista, de esos que escribían con tinta… y, cuando era necesario, con pólvora verbal.
Linaje, política y destino
Fiallo perteneció a una estirpe donde la política y la historia no eran materias escolares, sino conversación de sobremesa. Fue sobrino del héroe restaurador José María Cabral, presidente tras la Guerra de la Restauración y figura clave del temprano experimento democrático dominicano —eso sí, democrático “para caballeros”, porque las mujeres aún debían esperar su turno histórico para votar.
La sangre familiar siguió produciendo personajes notables: fue pariente del diseñador universal Oscar de la Renta y del político antitrujillista Viriato Fiallo, ambos enfrentados a la primera ocupación estadounidense (1916–1924), ese episodio donde Estados Unidos decidió, con paternalismo imperial, “organizar” la casa Dominicana sin haber sido invitado.
Una fotografía del poeta vestido como prisionero de la ocupación circuló por periódicos de América y Europa, convirtiéndolo en símbolo internacional de resistencia. La historia, caprichosa, transformó al amante de la belleza femenina en icono de la dignidad nacional.
Amistades peligrosamente literarias.
Su amistad con el nicaragüense Rubén Darío no solo fue estética sino política. Ambos creían —con una ingenuidad heroica, o con una lucidez peligrosa— que los pueblos pequeños también merecen soberanía.
Darío describió la poesía de Fiallo como una música donde el amor se funde con la naturaleza, arrancando notas de arpas olvidadas en los salones del tiempo. Y uno sospecha que Darío tenía razón… lo cual, viniendo del padre del modernismo, no era poca cosa.
Formación, cargos y contradicciones humanas
Ingresó al Instituto Profesional para estudiar Derecho, pero la bohemia —esa universidad sin título pero con graduaciones etílicas— lo sedujo más que los códigos civiles. Aun así, ejerció como procurador fiscal y ocupó cargos públicos, entre ellos:
- Subsecretario de Interior y Policía (1903)
- Comisionado en Samaná, Azua y Barahona (1904)
- Cónsul en Nueva York
- Cónsul en Hamburgo
- Gobernador de Santo Domingo (1913)
Sirvió también, brevemente, dentro del régimen de Rafael Trujillo, experiencia que abandonó con dignidad, porque hay silencios que matan… y otros que salvan el alma.
Periodismo, prisión y rebeldía
Fue apresado junto a Arturo Pellerano Alfau, director del periódico Listín Diario, por orden del presidente Juan Isidro Jimenes, quien, como tantos gobernantes del continente, toleraba la poesía… siempre que no rimara con oposición.
Durante la ocupación estadounidense fue condenado a prisión por sus discursos y artículos patrióticos. Aquella experiencia lo radicalizó hasta proponer el boicot total a todo lo estadounidense, gesto que hoy podría parecer excesivo, pero que en su tiempo era la versión patriótica de un grito existencial.
Participó además en la Asociación Nacional de Prensa, núcleo intelectual de resistencia cultural.
Entre el amor y la bohemia
Su vida osciló entre tres polos inevitables:
la política,la poesía, y la bohemia —esa tercera patria donde muchos poetas buscan consuelo cuando la historia se vuelve insoportable.
Fue poeta erótico romántico, orfebre de la palabra enamorada, devoto del cuerpo femenino como si fuera una catedral pagana donde se oficia la misa del deseo.
Influencias y resonancias literarias
Muchos críticos lo han vinculado con Gustavo Adolfo Bécquer, aunque su voz fue propia, indócil y caribeña.
También dialoga espiritualmente con:
- Heinrich Heine
- Paul Verlaine
- Alphonse de Lamartine
- José Martí
- Julián del Casal
- Amado Nervo
Una constelación literaria donde Fiallo brilló con luz propia, sin pedir permiso —ni perdón.
Narrador y cuentista
Publicó en Nueva York Cuentos frágiles (1908), donde relatos como Flor de lago o La inolvidable muestran su prosa diáfana, subjetiva y envolvente, capaz de atrapar al lector sin que este note cuándo dejó de leer… y empezó a vivir dentro del texto.
El poeta del eros dominicano
Su obra lírica lo consagró como el gran cantor del erotismo romántico nacional. Muchos poetas dominicanos han cantado al amor; pocos lo hicieron con esa mezcla de ternura, melancolía y peligrosa honestidad emocional.
Porque Fiallo entendía algo que la política rara vez aprende: que los pueblos pueden sobrevivir sin gobiernos justos por un tiempo,
pero jamás sobreviven sin belleza.
El romanticismo como resistencia
Fiallo entendió algo que los imperios jamás entienden y que las dictaduras jamás perdonan:
Que un poema puede ser más peligroso que un fusil.
Que un verso puede sobrevivir a un ejército.
Que el amor, cuando se vuelve palabra, es una forma de insurrección.
Hoy, cuando el mundo sigue repitiendo viejos errores con nuevos uniformes, la obra de Fiallo recuerda que la verdadera soberanía empieza en el espíritu.
Y que ningún imperio ha logrado jamás conquistar el territorio secreto de la poesía.
Poemas de Federico Fiallo:
Astro muerto
La luna, anoche, como en otro tiempo,
como una nueva amada me encontró;
también anoche, como en otro tiempo,
cantaba el ruiseñor.
Si como en otro tiempo, hasta la luna
hablábame de amor,
¿por qué la luna, anoche, no alumbraba
dentro mi corazón?
En tierra de Quisqueya
Gloriosos argonautas que en el «9 de Julio»
desplegáis a los vientos un blanco pabellón,
cuando en el lar nativo pregunten vuestras damas
cómo son en Quisqueya campos y cielo y sol,
Responded que los campos son montes de esmeralda
y se oye en cada rama un pájaro cantor;
que mil variadas flores perfuman el ambiente,
que es un zafiro el cielo y es un topacio el sol.
Si inquieren por nosotros. – ¿Son felices?… Decidles:
-Los vimos en cadenas vencidos a traición…
Mustias están sus frentes, sus brazos abatidos,
y en sus pechos no caben más odio y más dolor.
Aprended en nosotros, ¡oh pueblos de la América!
los peligros que encumbre la amistad del sajón;
sus tratados más nobles son pérfida asechanza,
y hay hambre de rapiña en su entraña feroz.
1920.
Gólgota Rosa
Del cuello de la amada pende un Cristo,
joyel en oro de un buril genial,
y parece este Cristo en su agonía
dichoso de la vida al expirar.
Tienen sus dulces ojos moribundos
Tal expresión de gozo mundanal,
Que a veces pienso si el genial artista
Dióle a su Cristo alma de don Juan.
Hay en la frente inclinación equívoca,
Curiosidad astuta en el mirar,
Y la intención del labio, si es de angustia,
Al mismo tiempo es contracción sensual.
¡Oh, pequeño Jesús Crucificado,
déjame a mí morir en tu lugar,
sobre la tentación de ese Calvario
hecho en las dos colinas de un rosal!
Dame tu puesto, o teme que mi mano
Con impulso de arranque pasional,
La faz te vuelva contra el cielo y cambie
La oblicua dirección de tu mirar.
El silencio de unos ojos
Qué me dicen tus dulces ojos negros,
tan cargados de sombras, ¡oh, adorada!
que en la noche me basta su recuerdo
para llenar mi corazón de lágrimas.
Qué me dicen tus dulces ojos negros,
en su silencio lleno de palabras
tan leves, que el oído nunca advierte
cuando se adentran en mi oscura entraña…
Tal dos aves que buscan su refugio
en un agrio peñón de oculta playa,
y en su áspero nidal, en vez de cánticos
alzan al cielo súplicas calladas.
Era una tarde
¡Oh, mi amada! ¿te acuerdas? Esa tarde
tenía el cielo una sonrisa azul,
vestía de esmeralda la campiña
y más linda que el sol estabas tú.
Llegamos a las márgenes de un lago.
¡Eran sus aguas transparente azul!
En el lago una barca se mecía,
blanca, ligera y grácil como tú.
Entramos en la barca, abandonándonos,
sin vela y remo, a la corriente azul;
fugaces deslizáronse las horas;
no las vinos pasar ni yo ni tú.
Tendió la noche su cendal de sombras;
no tuvo el cielo una estrellita azul…
Nadie sabrá lo que te dije entonces,
Ni lo que entonces silenciaste tú…
Y al vernos regresar, Sirio en oriente
rasgó una nube con su antorcha azul…
Yo era feliz y saludé a una alondra.
Tú… ¡qué pálida y triste estabas tú!
Plenilunio
Para Américo Lugo
Por la verde alameda, silenciosos,
íbamos ella y yo
la luna tras los montes ascendía,
en la fronda cantaba el ruiseñor.
Y le dije… No sé lo que le dijo
mi temblorosa voz…
En el éter detúvose la luna,
interrumpió su canto el ruiseñor,
y la amada gentil, turbada y muda,
al cielo interrogó.
¿Sabéis de esas preguntas misteriosas
que una respuesta son?
Guarda, ¡oh, luna, el secreto de mi alma;
cállalo, ruiseñor!
For Ever
Cuando esta frágil copa de mi vida,
que de hermosuras rebosó el destino,
en la revuelta bacanal del mundo
ruede en pedazos, no lloréis, amigos.
Haced de un rincón del cementerio,
sin cruz ni mármol, mi postrer asilo,
después, ¡oh! mis alegres camaradas,
seguid vuestro camino.
Allí, solo, mi amada misteriosa,
bajo el sudario inmenso del olvido,
¡cuán corta encontraré la noche eterna
para soñar contigo!
Quién fuera tu espejo
¿Cuán feliz es el sol! En las mañanas
por verte su carrera precipita,
a tus balcones llega, y en cada alcoba
penetra por la abierta celosía.
Al blanco lecho en que reposas, sube,
a tu hermosura da calor y vida,
tornase ritmo en tus azules venas,
y epígrama de luz en tus pupilas.
Mas, yo, no envidio al sol, sino al espejo
en donde ufana tu beldad se mira,
que te ama, alegre, cuando estás delante,
y al punto que te vas de ti se olvida.
En el atrio
Deslumbradora de hermosura y gracia,
en el atrio del templo apareció,
y todos a su paso se inclinaron,
menos yo.
Como enjambre de alegres mariposas,
volaron los elogios en redor:
un homenaje le rindieron todos,
menos yo.
Y tranquilo después, indiferente,
a su morada cada cual volvió,
e indiferentes viven y tranquilos
¡ay! todos, menos yo.
Astro muerto
La luna, anoche, como en otro tiempo,
como una nueva amada me encontró;
también anoche, como en otro tiempo,
cantaba el ruiseñor.
Si como en otro tiempo, hasta la luna
hablábame de amor,
¿por qué la luna, anoche, no alumbraba
dentro mi corazón?
Dame tu puesto, o teme que mi mano
con impulso de arranque pasional,
la faz te vuelva contra el cielo y cambie
la oblicua dirección de tu mirar.
Sándalo
Es su espíritu lámpara encendida
en el callado altar del sacrificio,
y son dos piedras de ese altar propicio
el duro seno en que su fe se anida.
Ni una vez tu pupila endurecida
el vértigo sintió del precipicio,
ni pudo despertarle un solo indicio
el pecado al rozarla por la vida.
Si pesada es su cruz nadie lo advierte:
De tal modo es alígera su planta,
y, como alondra, cuando sufre canta.
Breve, igual a una flor, será su muerte…
Y cuando muera, un suave olor de santa
perfumará los labios de la muerte.
Era una tarde
¡Oh, mi amada! ¿te acuerdas? Esa tarde
tenía el cielo una sonrisa azul,
vestía de esmeralda la campiña
y más linda que el sol estabas tú.
Llegamos a las márgenes de un lago.
¡Eran sus aguas transparente azul!
En el lago una barca se mecía,
blanca, ligera y grácil como tú.
Entramos en la barca, abandonándonos,
sin vela y remo, a la corriente azul;
Fugaces deslizáronse las horas;
no las vimos pasar ni yo ni tú.
Tendió la noche su cendal de sombras;
no tuvo el cielo una estrellita azul…
Nadie sabrá lo que te dije entonces,
Ni lo que entonces silenciaste tú…
Y al vernos regresar, Sirio en oriente
rasgó una nube con su antorcha azul…
Yo era feliz y saludé a una alondra.
Tú… ¡qué pálida y triste estabas tú!
Rima profana
La blanca niña que adoro
lleva al templo su oración,
y, como un piano sonoro,
suena el piso bajo el oro
de su empinado tacón.
Sugestiva y elegante
toca apenas con su guante,
el agua de bautizar,
y queda el agua fragante
con fragancia de azahar.
Luego, ante el ara se inclina
donde un Cristo de marfil
que el fondo oscuro ilumina,
muestra la gracia divina
de su divino perfil.
Mirándola, así, de hinojos,
siento invencibles antojos
de interrumpir su oración,
y darle un beso en los ojos
que estalle en su corazón.
Inmortalidad
A la mansión oscura de la muerte
llegaré antes que tú, quizás mañana;
y moriré sin que mi beso anide
en el fondo de tu alma.
Sin esa dicha moriré inconforme,
mas, no sin esperanza,
que tú también a la mansión oscura,
pronto habrás de llegar, tal vez mañana.
Entonces, despertando de mi sueño,
te acercaré a mi tumba solitaria.
¡Qué novia más gentil cuando te mire
de novia en tu mortaja!
¡Y entonces, cuántos besos en los ojos
¡que tuvieron tan pérfidas miradas!
¡Y cuántos en los labios embusteros!
¡Y cuántos en el alma!
Mis cantos
Vierten veneno mis cantos
¡cómo no ha de ser así
si tantísima ponzoña
derramaste en mí existir!
Veneno vierten mis cantos
¡cómo no ha de ser así
si en el corazón mil sierpes
llevo, y ¡ay! ¡te llevo a ti!
Su poética es puro erotismo como estética de la ternura:
Fiallo no erotiza el poder.
Erotiza la vulnerabilidad.
Sus poemas celebran:
- la fragilidad femenina
- la fragilidad masculina
- la fragilidad del amor mismo
En esto radica su modernidad emocional.

