La respuesta ha sido rápida, tajante, casi brutal. Carlos III de Inglaterra ha tomado distancia de manera inmediata de los desmanes de su hermano, el expríncipe Andrés, con el multimillonario pederasta Jeffrey Epstein, nada más conocerse que la policía lo había detenido a primera hora de este jueves en la vivienda que ocupaba de manera temporal en el complejo de Sandringham, perteneciente a la familia real.
“He recibido con profunda preocupación la noticia sobre Andrew Mountbatten-Windsor y la sospecha de conducta inapropiada en un cargo público. Lo que sigue ahora es un proceso completo, justo y adecuado para que este asunto se investigue de la manera apropiada y por las autoridades competentes. En este asunto, como ya he dicho antes, contarán con mi apoyo y cooperación plenos”, asegura el comunicado del monarca, emitido este jueves.
Y añade: “Permítanme decirlo claramente: la ley debe seguir su curso. No sería correcto que yo hiciera más comentarios sobre este asunto. Mientras tanto, mi familia y yo continuaremos con nuestro deber y servicio”.
Poco después, los príncipes de Gales, Guillermo y Catalina, han expresado a través de un portavoz su apoyo pleno al comunicado del rey.
Guillermo de Inglaterra ha sido una fuerza fundamental, dentro de la institución real, a la hora de tomar distancia respecto a su tío Andrés y de forzar su apartamiento de las tareas públicas de la familia.
Si Carlos III ha asumido las riendas a la hora de solucionar un problema heredado de su madre, Isabel II, y nunca solucionado del todo, es su hijo y heredero el que más conciencia ha tomado de que el futuro de la institución y de su propio reinado depende del modo en que se maneje la mayor crisis sufrida en los últimos años por la monarquía británica. La generación de Guillermo y Catalina no comparte la actitud de sus mayores a la hora de tolerar o mirar hacia otro lado ante las fechorías de alguien como Andrés.

