EDUCANDO
POR EL TRILLO DE LA INTRAHISTORIA ARTÍSTICA NACIONAL

Pintor de la negritud, el misterio y la memoria
Jorge Alberto Severino Contreras nació el 6 de diciembre de 1935 en Puerto Plata, esa ciudad donde el Atlántico parece practicar la poesía con disciplina de mareas y donde la luz tiene vocación de eternidad.
A la llamada “novia del Atlántico” le bastaba el mar para presumir belleza; sin embargo, aquel día añadió a su patrimonio un hijo que, con el tiempo, habría de convertirse en uno de los pinceles más hondos y enigmáticos del arte dominicano del siglo XX.
Desde niño mostró una inclinación que no siempre es bien vista en patios ruidosos: la contemplación. Mientras otros perseguían cometas y chichiguas —que son una metáfora legítima de la infancia—, él perseguía sombras.
Se detenía ante el brillo del agua, examinaba la textura del musgo, escuchaba el silencio como si fuese un maestro severo. Allí comenzó todo: en esa obstinación por mirar lo que los demás apenas rozaban con los ojos.
No fue un niño distraído; fue un niño atento. Y esa diferencia explica su destino.
Formación y disciplina: el aprendizaje del rigor
Su formación artística se inició en la Escuela de Pintura San Rafael, en Santiago de los Caballeros, bajo la guía del maestro Rafael Arzeno Tavárez. Arzeno no enseñaba simplemente a dibujar: enseñaba a desentrañar. Su lección fundamental no era técnica, sino filosófica: el arte no debe quedarse en la apariencia; debe atravesarla.
De él heredó Severino el trazo preciso, el respeto por el dibujo y una disciplina casi monástica.
Los testigos de aquella etapa recuerdan al joven artista inclinado sobre el papel con una devoción que rozaba lo ritual. En las paredes del taller quedaban los rastros de su carboncillo como si no dibujara figuras, sino presencias.
Si algo distinguió a Severino desde sus primeros años fue su negativa a pintar lo evidente. Lo evidente, después de todo, ya lo pinta la realidad; el artista está para revelar lo invisible.
El universo simbólico: mujeres, historia y resistencia
Con el paso del tiempo, Severino edificó un lenguaje pictórico inconfundible. La figura femenina —y especialmente la mujer negra— se convirtió en el eje simbólico de su obra. No era una elección decorativa ni una moda temática: era una declaración estética y, en cierto modo, política.
En sus lienzos, la mujer negra no posa: reina.
No seduce: interpela.
No adorna: significa.
Vestidas de encajes, tules o veladuras translúcidas, sus figuras parecen suspendidas en un tiempo que no es cronológico sino histórico. Cada pliegue sugiere siglos; cada mirada guarda memorias no dichas. En ellas conviven la sensualidad y la dignidad, la delicadeza formal y la gravedad simbólica.
El crítico Fernando Ureña Rib observó que Severino era “un pintor de contrastes”: dibujo preciso sobre fondos luminosos, figuras estudiadas que esconden más de lo que muestran. En efecto, su pintura no grita; susurra con intensidad. Y ese susurro, a veces, resulta más incómodo que cualquier proclama.
Porque Severino no practicó el panfleto. Practicó la metáfora.
La aparente contradicción y la coherencia interior
No faltaron quienes, con la ligereza que suele acompañar al chisme cultural, se preguntaran por su fascinación pictórica por la mujer negra mientras su esposa, Mary Loly Pérez Fernández, tenía piel clara. Como si el arte estuviese obligado a reflejar el álbum familiar.
Pero la respuesta de Severino —según recuerdan amigos cercanos— desmontaba la trivialidad de la sospecha:
“El alma que busco retratar no tiene color de piel, sino color de historia.”
En esa frase se condensa su ética estética. La mujer negra en su obra no era fetiche ni exotismo; era reivindicación simbólica. Era la historia que el Caribe heredó y que muchas veces prefirió no mirar de frente. Severino la miró —y la pintó— con elegancia y respeto.
Proyección internacional y reconocimiento
Su obra trascendió la geografía insular y fue exhibida en países como Estados Unidos, Argentina, Brasil, España y Puerto Rico, donde su propuesta fue recibida con admiración por su coherencia temática y su refinamiento técnico.
Participó en exposiciones relevantes como:
- Mujeres en el Arte Dominicano de Hoy (Casa de Bastidas, 1993).
- III Salón Nacional de Dibujos (Arawak, 1994).
- Exposición Colectiva de los Ganadores de las Bienales XVII y XVIII (Centro de Arte Nouveau).
- Muestra en el Instituto Cultural de San Juan.
- Arte Actual de Iberoamérica (Madrid).
En cada espacio, sus figuras ocupaban el recinto con una presencia casi litúrgica. No necesitaban movimiento; su quietud bastaba.
Visión crítica: sensualidad con conciencia
El también crítico Danilo de los Santos afirmó que “la mujer en Severino no es solo belleza; es conciencia”. Y esa palabra —conciencia— resume su legado.
Su pintura puede leerse como una meditación sobre la identidad caribeña, sobre la herencia africana y sobre el cuerpo como territorio de memoria. En un país donde las contradicciones raciales conviven con naturalidad desconcertante, Severino eligió convertir el lienzo en espacio de dignificación.
Sin estridencias.
Sin consignas.
Sin necesidad de pedir permiso.
Y eso, en el arte, es una forma sutil de valentía.
Últimos años: la pintura como oración
Hasta su muerte, el 27 de abril de 2020, Severino continuó trabajando con una serenidad que solo otorga la certeza del oficio. Su estudio, impregnado de óleo y trementina, era su monasterio laico. Allí, entre luces cuidadosamente calculadas y sombras meditadas, dejó algunos lienzos inconclusos —como si comprendiera que el arte, igual que la historia, nunca termina del todo.
Epílogo: la permanencia de la mirada
Hoy, su obra habita museos, colecciones privadas y memorias afectivas. Pero su verdadera permanencia está en esas miradas femeninas que, desde el lienzo, nos observan con una mezcla de desafío y ternura. Nos preguntan qué hemos hecho con la historia que ellas encarnan.
Jorge Alberto Severino no pintó cuerpos; pintó memorias.
No retrató mujeres; retrató dignidades.
No ilustró el Caribe; lo interpretó.
En el vasto mural del arte dominicano, su nombre permanece con la luz serena de quien comprendió que pintar no es copiar el mundo, sino revelarlo.
Y acaso —con una ironía elegante que él habría aprobado— también nos recordó que la belleza, cuando está cargada de conciencia, puede ser la forma más discreta de revolución.

