Nadie sabe quién fue, porque sucedió en medio del apagón, y si algo tiene el apagón es que el vecino podrías ser tú mismo, igualando a todos bajo un terrible manto negro. Lo cierto es que alguien en el barrio de Poey, La Habana, prendió fuego un poste de electricidad en un acto de rebeldía y agotamiento, como quien prefiere quedarse a oscuras para siempre y no que le pongan la luz de a poquito. Los cubanos han dejado de contar las horas en que están sin electricidad, para comenzar a medir el tiempo en que la luz venga para siempre.
“La vida se va gastando y uno siente que no logra ver con claridad más allá de un paso”, dijo la editora y psicóloga cubana Juliette Isabel Fernández. “La falta de electricidad no solo hunde en tinieblas los espacios físicos, sino que embota la mente”. La vida se ha reducido todo lo posible: se siente la gritería de los niños jugando en la calle, ahora que están cerradas las escuelas; los mayores no se levantan para ir a trabajar; la gente emprende caminatas kilométricas a falta de transporte; y los dueños de negocios se preguntan, unos a otros, cuánto combustible les queda almacenado. Esa es, de hecho, la gran interrogante, ahora que el tiempo de un país se mide en gotas de combustible.
Cada día, a las siete de la mañana, Jorge Piñón, un experto en energía al frente de un equipo en la Universidad de Texas que realiza un seguimiento del petróleo de Cuba, agarra su taza de café, se sienta frente al computador y abre alguno de los sistemas de rastreo de satélites. “Por ahora no hay ningún tanquero en altamar que vaya en dirección a Cuba, con excepción del Seahorse”, dice. El Seahorse es un tanquero ruso con 200 mil barriles de diésel que, aparentemente, está camino a la isla ahora que no llegan los más de 30.000 barriles diarios de crudo venezolano, ni los más de 17.000 que arribaban desde México. En la plataforma de rastreo Marine Traffic puede verse que el tanquero Seahorse, que salió hace casi dos semanas y marcha a paso muy lento, este jueves se encontraba a unas 1.400 millas náuticas de la provincia de Matanzas, en aguas del Atlántico. Los investigadores, que miden cada uno de sus movimientos, no están seguros de si el barco podrá entrar a puerto cubano. “Las preguntas son: ¿llegará el Seahorse? Y si llega, lo interceptarán los guardacostas estadounidenses?”, dice Piñón.
Cuando la administración de Donald Trump declaró la emergencia nacional para Cuba el pasado 29 de enero, amenazando con multar con aranceles los productos de cualquier país que provea con combustible al Gobierno de La Habana, algunos aseguraron que a Cuba le quedaban acaso tres semanas para su colapso total. Después de más de un mes, eso no ha sucedido. El país ha echado mano de sus reservas y, según Piñón, “ha estado exprimiendo sus últimas gotas para sobrevivir enero y febrero”. El equipo de expertos, sin embargo, ha dado un ultimátum: “Si a finales de marzo no se ve la chimenea de un tanquero en el horizonte, llegó la hora cero para Cuba”.
Nadie, ni siquiera los investigadores, entiende qué podría significar esto, o cuál podría ser el escenario. “Nunca he visto ni estudiado un país donde el 100% del combustible desaparece”, asegura Piñón. En cualquier caso, la hora cero de Cuba tampoco llegará de un día para otro, sino que ya ha echado a andar: la zafra azucarera no arrancó este año; apenas hay gas para la cocción de los alimentos; algunas cadenas hoteleras han cerrado y enviado a sus trabajadores a la casa, y varias aerolíneas detuvieron sus vuelos a falta de queroseno.
“Sin energía no puede haber economía, no puede haber educación, ni salud, no puede haber producción de alimentos”, dice Piñón. “Si tú no tienes ese motor, el resto del país colapsa. Sin energía no hay país”. Y eso es algo que sabe, de primera mano, la administración de Donald Trump: que si a la maquinaria famélica que es el castrismo hoy le quitas una pieza, la estructura se viene abajo. Su estrategia para Cuba parece ser otra: no una guerra como la desatada en Irán, un país con las terceras reservas de combustible del mundo; ni un ataque como el ejecutado en Venezuela, nación ubicada en el número uno de las reservas mundiales, que tiene unas 2.000 veces más petróleo que lo que tiene Cuba. La apuesta para la isla llega por la asfixia, como un cadáver convaleciente al que le quitan el respirador.
Cuba, además, es un territorio mucho más fácil de manejar: son hoy, acaso, unos ocho millones de habitantes, extenuados por años de escasez, en un territorio de casi 110.000 kilómetros cuadrados, gobernado por gente que, en este punto del naufragio, no ha logrado ni siquiera sacar a flote el relato de su Revolución. Después de casi setenta años, lo que les ofrece Cuba a los cubanos es una economía deprimida, una inflación de más de 12%, salarios ridículamente bajos, y una vida reducida a cómo conseguir el próximo plato de comida. Por tanto, Estados Unidos, contrario a lo que quizás esperaban los políticos del sur de la Florida y el ala más conservadora de Miami, ha dicho que, antes de cualquier cambio político, lo que Cuba necesita es un cambio económico.
“Dejen de lado por un momento el hecho de que no hay libertad de expresión, ni democracia, ni respeto por los derechos humanos”, dijo el cubanoamericano Marco Rubio, en un giro inesperado desde su puesto de secretario de Estado. Mientras fue senador por el Estado de Florida, Rubio criticó cualquier acercamiento con el Gobierno cubano que no situara en primera fila un cambio de régimen político. Ahora, que es la mano derecha de Trump, ha insistido en que “el problema fundamental de Cuba es que no tiene economía”.
La parte cubana reconoció que está dispuesta a dialogar, pero no a discutir su “sistema constitucional”. Trump, quien ha insistido en que a Cuba le queda muy poco, dijo por ahora su proridad es Irán. Pero, en algún sentido, su Gobierno ya ha comenzado a dar los primeros pasos, no solo con el cerco económico a la isla, sino poniendo en manos de los empresarios cubanos la responsabilidad que ahora mismo no puede asumir el Estado. El fin definitivo del relato de Cuba parece que ya empezó.
El problema de la energía
Sobre el mediodía del miércoles 4 de marzo, la Unión Eléctrica de Cuba (UNE) confirmó un apagón general en casi todo el país, tras una “falla” de la termoeléctrica Antonio Guiteras, en Matanzas, que provocó la desconexión del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) desde Camagüey hasta Pinar del Río, dejando sin servicio a más de seis millones de personas. Para entonces, la disponibilidad del SEN era de unos 1.180 MW, ante una demanda de 2.250 MW. Sin embargo, el problema de la falta de electricidad en Cuba no comenzó este año, ni con el cerco económico de Trump. El país ya se venía hundiendo en su propia decadencia.
Cuba cuenta con siete termoeléctricas, además de la Guiteras: la Máximo Gómez, en el Mariel; la Diez de Octubre, en Nuevitas; la Carlos Manuel de Céspedes, en Cienfuegos; la Lidio Ramón Pérez, en Felton; la Antonio Maceo, en Santiago de Cuba y la Ernesto Guevara, en Santa Cruz del Norte. Todas tienen un problema común: “Esas termoeléctricas usan crudo cubano”, dice Piñón. El experto explica que la Guiteras tuvo este miércoles un salidero en una de sus calderas debido a la corrosión de sus paredes, a causa del uso de ese tipo de crudo.
Con una demanda de más de 100.000 barriles diarios de combustible, Cuba hoy tiene un déficit de 60.000 que llegaban de Venezuela o México, y que el Gobierno pagaba en créditos o con intercambios de médicos, maestros, profesionales del deporte o agentes de la inteligencia militar. Ese es el Diésel que hoy no tiene para el transporte O el sector agrícola, incluso para suministrar a los equipos de bombeo que garanticen el agua a su población. Los otros 40.000 barriles de su demanda son los que Cuba sí produce. Se trata de un crudo pesado, con un alto contenido de azufre y de otros metales, altamente corrosivo, que solo se destina a ser usado en las termoeléctricas.
A causa del embargo estadounidense de hace décadas, al país no se le permite exportar el crudo para procesarlo en refinerías “con un alto nivel de conversión”, dice el experto. Las tres refinerías con que cuenta en territorio nacional -la Ñico López, en La Habana; la Camilo Cienfuegos, en Cienfuegos, y la Hermanos Díaz, en Santiago de Cuba- no pueden procesar un crudo tan pesado y viscoso, sino otros más ligeros.
Los especialistas llevan tiempo alertando de que el mayor problema que tienen las termoeléctricas cubanas, tras más de 40 años de servicio, es el poco mantenimiento capital que reciben estas estructuras “viejas, anticuadas”, dice Piñón. Los expertos calculan que Cuba necesitaría entre 8.000 y 10.000 millones de dólares en una década para recapitalizar el sector electroenergético.

Además de las termoeléctricas, el segundo mayor generador de energía en el país son los llamados grupos electrógenos, que Fidel Castro impulsó en 2006 como parte de lo que llamó la Revolución Energética. Hoy, se encuentran en su mayoría paralizados porque no tienen el diésel necesario para funcionar. El tercer abasto de electricidad en la isla llega de las energías renovables, como la eólica, la biomasa o la solar. Hace dos años, China se comprometió a instalar en seis provincias de Cuba siete parques fotovoltaicos de 5 MW cada uno. El Gobierno cubano, además, aseguró que para 2028 planeaban instalar 92 parques fotovoltaicos, que sumarían una capacidad de 2.000 MW. En estos momentos el país está en la construcción de unos 50 parques solares de 21,8 MW.
No obstante, según Piñón, para que estas estructuras funcionen “primero hay que tener la energía de base”. “Si no tienes baterías para almacenar energía solar, es complicado”. Otra fuente de energía podría ser la industria azucarera, a quien el experto llama “el gigante dormido”. “La caña de azúcar es azúcar, pero también alcohol, etanol como combustible para los vehículos, bagazo para generar electricidad. Los centrales están viejos, el campo nadie lo trabaja. El año pasado funcionaron solo 15 centrales de los 56 que supuestamente están activos, y ninguno de ellos pudo llegar a la meta que tenían”. Cuba, que una vez fue el principal exportador de azúcar del mundo, en 2023 tuvo que importar el producto por unos 36,6 millones de dólares.
El resultado de la nula llegada de combustible y de un sistema de por sí colapsado es, sumado a las medidas de Trump, lo que los cubanos tienen hoy ante sus ojos: un país paralizado, al que llegan cada vez menos turistas, con largas jornadas de apagones de hasta más de 20 horas diarias, donde los conductores pagan hasta 1,30 dólares por cada litro en gasolineras estatales en las que permanecen en listas de espera de hasta 24 horas para repostar, o pagan hasta 5.000 pesos cubanos (casi 10 dólares) en el mercado negro por litro, cuando hace unos meses costaba 400 (0,7 dólares).
Ante este escenario, Marco Rubio comunicó que Estados Unidos abriría un camino para aliviar el ahogamiento de los cubanos. Esta vez permitió que los empresarios privados de la isla importaran combustible ilimitado desde Estados Unidos para uso propio. Según el Departamento del Tesoro, estas son operaciones que apoyarán solamente “al pueblo cubano”, sin que las transacciones pasen por manos del Estado. Aun así, la nueva medida no suple, ni mínimamente, el desabastecimiento de combustible que hay en el país.
Cuba, en manos de sus privados
El 2 de marzo, Aldo Álvarez, el dueño de Mercatoria, una compañía de producción y distribución de productos de aseo, limpieza, alimentos y bebidas en Cuba, tuvo que enviar a sus más de 100 trabajadores a casa, con el salario garantizado hasta próximo aviso. Por la falta de combustible, Álvarez cerró momentáneamente la empresa que abrió en 2021, cuando el Gobierno anunció la apertura de las llamadas mipymes en medio de una crisis que había terminado en el estallido de las protestas populares del 11 de julio de ese año.
En 2025, había en la isla unas 9.900 empresas privadas que empleaban a más del 30% de la población. Aunque a veces tienen precios que el cubano común no puede sacar de su bolsillo, esas empresas son las que, en los últimos tiempos, han suplido la venta de comida y otros bienes básicos en un país desabastecido. Tras las medidas de Trump, muchas comenzaron a cerrar o sus operaciones se ralentizaron. Según un estudio de Oniel Díaz Castellanos, director de la consultora AUGE, durante el primer mes de este año el 78% de las mipymes cubanas reportaba una caída en sus ventas.
No obstante, para los últimos días de febrero, Mercatoria estaba operando nuevamente, tras el anuncio de que los privados cubanos podían comenzar a importar su propio combustible. “Si esta medida no hubiese sucedido, estaríamos todos cerrados”, dice Álvarez. “La administración nos ha reconocido como un aliado útil y necesario, pero esa medida es solo el primer paso, hay que dar otros para poder llegar a donde necesitamos”.

En redes sociales y grupos de whatsapp ya han comenzado a circular anuncios de venta gasolina a 1,89 dólar el litro, o diesel por 1,98 el litro, desde Miami o Texas, que llegarían en tanques de 25.000 litros hasta el puerto del Mariel. Los contenedores deben pagarse por transferencia bancaria, a través de bancos en terceros países, no cubanos. Una vez que el empresario se da de alta en una importadora estatal y hace la compra, el combustible que llega a la isla se extrae en las gasolineras del país donde el empresario tiene un contrato de servicio. Ya han comenzado a llegar los primeros envíos a Cuba.
Sin embargo, un estudio de AUGE advierte que el 70% de las mipymes cubanas no puede importar combustible por sí sola. “Hacer estas importaciones para sus niveles de consumo sería un esfuerzo financiero y operativo que no tendría impacto real”, dice la ingeniera Yulieta Hernández Díaz, CEO del Grupo de Construcciones Pilares, que brindan servicios en la isla. “Si la autorización se limita únicamente a grandes importaciones para quienes puedan hacerlo, esto deja a muchos negocios privados en una situación crítica. Nosotros somos uno de esos negocios, que no ve la viabilidad para realizar importaciones de combustible”.
Durante los primeros años de la Revolución, la dirigencia del país nacionalizó empresas, o sea, quitó de las manos a extranjeros y privados todo tipo de propiedades, declarando así que el principal actor de la economía cubana era la empresa estatal socialista. Con el tiempo, aunque reticentes a abrirse de a lleno a la propiedad privada, el país tuvo que ir haciendo algunas concesiones para lidiar con su propia asfixia.
“El Gobierno cubano siempre ha visto al sector privado como un mal necesario. Lo necesitan, se dan cuenta de que son mucho más ágiles para resolver cosas, o tomar decisiones, pero en la práctica ellos siempre lo ven como una amenaza. Si tu tienes un actor que acomula dinero, recursos, que gana influencia, ese va a ser un actor que en determinado momento puede empezar a desafiarte políticamente”, dice el economista. Hace solo unos días, Cuba anunció por primera vez en casi 70 años los permisos para la creación de empresas público privadas.
Es ese el sector al que la administración de Donald Trump -luego de que Barack Obama diera los primeros pasos durante el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con La Habana- le está hablando y le pone en manos el combustible para que la isla no llegue al colapso total. Es, para muchos, una estrategia como parte de una negociación que a tantos, aún hoy, no les queda clara. “Lo que está haciendo Trump es quitarle al Estado presencia en la economía”, asegura Torres. Aunque parece que no cambia nada, muchas cosas parecen estar cambiando.

