El varapalo que ha sufrido Giorgia Meloni en el referéndum celebrado en Italia este domingo y lunes, una consulta para una reforma constitucional de la magistratura, ha sido tan claro e imprevisto que los analistas se afanan en buscar las claves que se escapan a la lógica habitual del voto. Al menos se han producido tres fenómenos decisivos: los jóvenes han votado no en masa, al igual que el sur del país y, sobre todo, parte del electorado de derecha ha abandonado a Meloni y no ha acudido a las urnas o ha votado con la oposición, algo realmente anómalo en Italia, según los expertos. Los sondeos indican que en la coalición de Gobierno se ha producido una fuga de voto del 23% en la Liga, del 15% en Forza Italia, y del 14% en Hermanos de Italia (el partido de la primera ministra).
El móvil, coinciden muchos expertos y periodistas, no ha sido tanto un castigo a la acción del Gobierno, sino algo más profundo: una mayoría de italianos ha percibido que la arquitectura establecida por la Constitución y la separación de poderes corrían un riesgo. Ha pesado el temor a que el país diera los primeros pasos hacia una deriva autoritaria al estilo de Donald Trump en Estados Unidos o de Viktor Orbán en Hungría. La estrecha amistad de Meloni con ambos mandatarios ha acabado siendo radioactiva para ella, especialmente desde el inicio de la guerra de Irán, muy impopular en Italia.
Luciano Fontana, director del Corriere della Sera, primer diario italiano, de línea conservadora, lo ha dicho sin rodeos. En su opinión, ha habido una reacción a cualquier cambio legal “que pudiera evocar un escenario similar al de Estados Unidos, con un uso autoritario del poder, que no quiere contrapesos y que pone a la justicia bajo control”. En un encuentro con corresponsales extranjeros, Nicola Lupo, profesor de derecho parlamentario de la universidad Luiss Guido Carli, de Roma, ha señalado algo parecido: “Ha habido un voto de defensa de la Constitución, que ha llevado a las urnas a muchos jóvenes y a gente que no suele ir a votar, porque les ha asustado un escenario al estilo de Trump, o más bien de Orbán o Polonia, de control del poder judicial por parte del Ejecutivo”.
La polémica reforma de la magistratura, que cambiaba siete artículos de la Constitución, se aprobó dos veces en cada una de las cámaras, pero al no ser por mayoría de dos tercios exigía un referéndum confirmativo. Sin quórum, ganaba la opción que sacara un voto más. Un detalle importante, como se ha visto, es que la mayoría de derecha de Meloni no aceptó cambiar ni una coma, ni una sola enmienda. La Constitución italiana es de 1947 y ya se ha retocado 21 veces, no es intocable, pero la falta de un amplio consenso ha pesado a la hora de votar.
“La oposición ha conseguido transmitir la idea de que esta era una reforma de la clase política para protegerse de las investigaciones de la magistratura”, resume Lorenzo De Sio, director del Centro Italiano de Estudios Electorales. La votación ha coincidido, además, con un escándalo que ha salpicado al número dos del Ministerio de Justicia, Andrea Delmastro, ya condenado en primera instancia por revelación de secretos: tenía un restaurante a medias con la hija de un conocido mafiosa de Roma.
Los cambios legales propuestos eran algo complejos, y era difícil de entender la urgencia de tal reforma cuando hay otras prioridades en Italia (sanidad, educación, vivienda). En ese contexto, la desconfianza hacia las formas se ha revelado muy insidiosa. En el actual marco internacional y dada la sintonía ideológica de Meloni con líderes autoritarios, ha alimentado la sospecha de que detrás podía haber un plan en esa misma línea. Naturalmente, ha sido el argumento de ataque de la oposición.
Lo cierto es que algunas declaraciones incendiarias de Meloni y los suyos contra la judicatura, por mucho que consideren que esté excesivamente politizada, no han hecho más que aumentar las dudas. El ministro de Justicia, Carlo Nordio, definió “sistema paramafioso” las asociaciones judiciales de la magistratura. “Pelotón de ejecución”, añadió su mano derecha, Giusi Bartolozzi, sobre los fiscales. Meloni lo remató diciendo que si la reforma no se aprobaba violadores, pederastas y narcotraficantes llenarían las calles.
Lo que se votaba era una cuestión muy técnica, pero de calado. Básicamente, se trataba de separar las carreras de jueces y fiscales (que en Italia son quienes investigan); dividir en dos su actual órgano de gobierno, el Consejo Superior de la Magistratura (CSM); y elegir sus miembros por sorteo, para acabar con la organización de jueces y fiscales en corrientes ideológicas.
Para la oposición y la mayor parte de la magistratura, era una maniobra que abría el camino a un futuro mayor control del Gobierno sobre los fiscales. La línea a seguir la ha trazado la propia Meloni: planea cambiar el sistema electoral, para que la coalición más votada obtenga un premio de escaños que garantice una mayoría cómoda; y culminaría con una reforma institucional (el premierato, en italiano) para dar más poderes al primer ministro, en detrimento del presidente de la República. Todo este diseño se ha venido abajo. Desde luego ahora la reforma para reforzar la presidencia del Gobierno parece abocada a quedarse en un cajón. Pero la siguiente batalla será el cambio del sistema electoral.
En este movimiento de rechazo han tenido un papel notable los jóvenes: entre los 18 y los 29 años, un 68,4% ha votado no, según un estudio de la Luiss. En el siguiente tramo de edad, de 30 a 44 años, el porcentaje ha sido también alto, un 59,8%. Baja entre los 45 y 54 años, donde ha vencido el sí, pero luego vuelve a subir a cuotas similares entre los más mayores. “No nos ha sorprendido, en los últimos años es una tendencia clara, los jóvenes están muy ideologizados y tienden a estar fuertemente polarizados. Hay un fuerte retorno de la ideología, tras unos años en los que parecía que no había derecha ni izquierda”, explica Elisabetta Mannoni, profesora de métodos de investigación en ciencias sociales de la universidad Luiss. Opina que este fenómeno es una reacción, en buena parte, de los que son los principales perjudicados por la crisis de 2008, que les ha llevar a interesarse y apasionarse más por la política.

