Por Carlos Marquez /
LA VIOLENCIA DE GENERO NO ES EXCLUSIVA DE OCCIDENTE /
Constituye un grave error epistemológico analizar la historia de la violencia intrafamiliar partiendo únicamente de lo acontecido en ese aspecto en el mundo occidental; la exclusividad existencial de Occidente jamás fue.
El tema de la violencia intrafamiliar y de género tampoco le fue exclusivo; la historia social demuestra la existencia de otros mundos simultáneos que marcharon al mismo paso en la codificación de la sumisión doméstica.
Quedó claramente plasmado en las gotitas de café de La taza de la Tía (1995) el testimonio de que en los días primeros se ocultaban drávidas culturas y brahmanes triturados de budismo y que, en el galopar de los días crecían los arrozales, las moreras, las sedas del Estado de Chan Ying y la muralla grande con su taoísmo y su confucianismo aferrados a leyes adjetivas.
Occidente nunca estuvo solo en la existencia grata. De ahí que, mientras Roma dictaba la patria potestas y los teólogos de Occidente debatían sobre el pecado original, las grandes civilizaciones orientales construían sus propios sistemas de domesticación femenina; las revistieron con un aura de misticismo y orden sagrado para asegurar el control corporal y mental.
En la India antigua, la transición de las libertades de la época védica hacia el patriarcado más rígido quedó consolidada en el Manava-Dharma-Sastra, conocido universalmente como las Leyes de Manu, redactadas en el siglo II de nuestra Era cristiana.
Este texto sagrado y jurídico representó para el Oriente hindú la formalización de la derrota femenina; el código de Manu despojó a la mujer de toda autonomía ontológica, es decir, de su valor individual como ser humano independiente, y la condenó a una dependencia perpetua estructurada en tres etapas vitales.
En la infancia, una mujer debe depender de su padre; en la juventud, de su marido; muerto su marido, de sus hijos. Una mujer nunca debe gobernarse a sí misma.
Filosóficamente, el pensamiento hindú justificó el control del varón a través de la doctrina del Karma como ley de causa y efecto espiritual y el Dharma como deber cósmico.
Se enseñó que nacer con cuerpo femenino era el resultado de culpas acumuladas en vidas pasadas; por lo tanto, la violencia doméstica o el maltrato físico no eran vistos como crímenes, sino como la justa purificación que la mujer debía aceptar con sumisión para mejorar su destino en la siguiente reencarnación.
Considero de gran importancia que la máxima expresión de la referida anulación lo constituyó el Sati; o lo que es lo mismo, la costumbre sagrada que empujaba a la viuda a arrojarse viva a la pira funeraria donde ardía el cadáver de su esposo, demostrando que su existencia carecía de sentido fuera del dominio marital.
Mientras esa normativa que regía a la mujer y, por ende, a la familia hindú, tras la muralla de la China milenaria, el Confucianismo organizado como sistema de pensamiento ético y filosófico por Confucio en el siglo cinco antes de Cristo ordenó la sociedad bajo el principio del Li, que significa el ordenamiento correcto y armónico de las relaciones humanas.
Para el confucianismo, la paz del Imperio dependía estrictamente de la obediencia absoluta dentro del hogar; se institucionalizó la doctrina de las Tres Obediencias o Sancong, que obligaba a la mujer a someterse sucesivamente a su padre, a su esposo y, en caso de enviudar, a su hijo primogénito.
Esta sumisión fue llevada al plano de la cosmología y la explicación de las leyes que gobiernan el universo a través de la dualidad del Yin y el Yang.
El Yang, representa lo masculino y fue asociado al cielo, la luz, la actividad y el principio rector.
En tanto el Yin, encarna lo femenino, lo terrenal, la oscuridad, la pasividad y la subordinación.
Un hecho obligatoriamente resaltante es que, Ban Zhao, la primera mujer historiógrafa de China, escribió en el periodo comprendido entre el año 45 y el 116 de nuestra Era cristiana un manual pedagógico titulado, Lecciones para mujeres o Nüjie, capítulo II.
En ese texto, la referida autora explicaba cómo esa filosofía debía aplicarse en la vida cotidiana del hogar, normalizando la humillación y el castigo como parte del orden natural:
Como puede apreciarse, el Yin y el Yang tienen naturalezas y visiones deferentes, a partir de que el hombre y la mujer poseen virtudes, por igual, diferentes.
La virtud del hombre es la fuerza; la virtud de la mujer es la docilidad.
Que una mujer sea humilde, sumisa y acepte con paciencia el reproche y la corrección de su señor; esa es la ley de la Tierra.
Al llegar aquí, se impone reflexionar y resumir que, pese a lo distante, tanto en Oriente, como en Occidente el confinamiento de la mujer en el espacio privado y la legitimación de la fuerza conyugal se verifican como norma de sus sociedades.
Los Himalayas y los mares no separaron la opresión, sino que guardaron el testimonio de cómo las diferentes culturas del globo coincidieron en una misma premisa.
Se plantea que para sostener la vigencia de los gobiernos y los imperios, era indispensable someter, por la vía del dogma o de la ley, el cuerpo y el intelecto de la mujer.
El análisis cerebrista de estos mundos simultáneos demuestra que el varón común de estas latitudes asiáticas también fue objeto de una profunda alienación. La alienación debemos entenderla comoLa alienación es el proceso mediante el cual un individuo o colectividad se torna ajeno a su existir dejando de tener control de su identidad, asi como de su destino.
Se le entregó un código moral y cosmológico que le exigía actuar como el brazo ejecutor de una armonía imperial basada en el quebrantamiento de la soberanía femenina; se le despojó de la capacidad de ver en su compañera a su prójimo, que no fue, ni es, ni será varón.
Convencido estoy de que desalienar de ese envenenamiento cultural al hombre común, al vendutero, el que se levanta por la madrugada a conchar, taxiar, motoconchar, reparar cañerías, fungir como guachimán o arar la tierra para sembrar ilusiones; en este siglo XXI exige un esfuerzo descomunal e idóneo.
Implica, por igual, desalienar hasta a muchos millones de profesionales y, hasta intelectuales, también victimas de aquel doctrinamiento teológico acristiano que pervive pese a los milenios.
Ante la horrible amalgama de feminicidios y, ante la impotencia e ignorancia de las autoridades que no encuentran fórmulas que den termino a esa triste problemática social y económica se impone reeducar a partir de comprender los orígenes del mal, a fin de reculturizar para una nación de hombre que valoran a la mujer como el prójimo capaz de parirlo, de amamantarlo y amarlo.
Concomitantemente, se impone que la propia mujer se reculturice valorándose como compañera solidaria del hombre que ontológicamente debe disfrutar de su generosa reciprocidad.
Naturalmente, las autoridades responsables del relanzamiento educativo, cultural y filosófico están en la obligación de estudiar a fondo las causas profundas que nos han metido en el laberinto de los feminicidios.
Deben entender que ni las leyes de Roma, ni la Patristia, ni los códigos de Manu, ni las lecciones imperiales de la dinastía Han en china constituyen verdades naturales.
Las indicadas y erroneas visiones sobre la mujer y los varones son sedimentos de un software jurídico y religioso rancio que debe ser extirpado para que la inteligencia humana, libre de ataduras geográficas y mitológicas, pueda por fin fundar una cultura de paz que trascienda desde la dominicanidad, a todo occidente, oriente y más allá.
Desalienar al hombre del siglo XXI es la tarea.

