POR EL TRILLO DE LA HISTORIA
Por: Ramón Espinola
Abigaíl Mejía Soliere
La gran feminista y primera fotógrafa de la patria
Dedicado a todas las mujeres del mundo
En la historia de la República Dominicana hay nombres que laten con fuerza más allá del tiempo. Uno de ellos es el de Ana Emilia Abigaíl Mejía Soliere, mujer de mirada amplia y espíritu inquieto, cuya vida fue un canto a la cultura, la educación y la libertad de las mujeres y también de los hombres.
Nació en Santo Domingo el 15 de abril de 1895, en el seno de una familia donde la palabra escrita y la sensibilidad artística eran herencia.
Hija del escritor Juan Tomás Mejía y Cotes y de Carlota Soliere, creció rodeada de libros y de voces que despertaron en ella la pasión por el saber.
Muy joven emprendió un viaje a España, donde en 1912 obtuvo el título de Maestra Normal de Segunda Enseñanza. Allí se empapó de nuevas corrientes pedagógicas, entre ellas las de María Montessori, que le dejaron una huella imborrable.
Con esa formación regresó a su patria, decidida a sembrar conocimiento, y se convirtió en maestra de Literatura, Pedagogía e Historia en la Escuela Normal Superior de Santo Domingo.
Pero su espíritu no se conformaba con las aulas. En 1927, con la valentía de quienes sueñan contra la corriente, Abigaíl alzó su voz feminista. Fundó los clubes “Nosotras” y “Acción Feminista”, espacios en los que las mujeres aprendieron a reconocerse como ciudadanas plenas. Sus ideas, audaces y adelantadas para la época, sacudieron los cimientos de la mentalidad conservadora y abrieron horizontes de emancipación.
Paralela a su activismo, cultivó otra pasión: la fotografía.
Fue la primera dominicana en publicar imágenes en la prensa nacional, ilustrando un artículo en la revista La Opinión.
Su cámara capturó escenas de Roma, el Vaticano, España e Italia, construyendo un álbum visual que no era solo un recuerdo de viajes, sino un testimonio artístico de su sensibilidad. En ella, la palabra y la imagen se abrazaban con naturalidad.
Políglota, ensayista, crítica literaria y escritora, Abigaíl fue también directora del Museo Nacional y autora de libros fundamentales como Historia de la Literatura Dominicana e Historia de la Literatura Castellana, que durante años iluminaron las aulas del país.
Su compromiso social alcanzó un punto culminante en 1934, cuando organizó el Voto de Ensayo Femenino, acto simbólico que sembró la semilla del sufragio femenino en la República Dominicana.
Gracias a esa lucha, la Constitución de 1942 reconoció el derecho al voto de las mujeres, aunque no fue hasta 1948 cuando ellas pudieron ejercerlo por primera vez.
Grande fue su tesón que le forzó el brazo al dictador Trujillo para que enmendara la Constitución en 1942 permitiendo el derecho a la mujer a votar en igualdad con el hombre, lástima que falleció antes de ver su trabajo culminado.
Abigaíl no solo fue pionera: fue un faro. Su vida, corta pero intensa, dejó una huella que aún inspira. Falleció el 15 de marzo de 1941, con apenas 46 años, y hoy sus restos descansan en el Panteón de la Patria, junto a las figuras más ilustres de la nación.
Allí, entre mármoles solemnes, reposa la mujer que enseñó a pensar con libertad, que enseñó a mirar el mundo a través de las palabras y de la luz de una cámara. Su voz aún resuena como un eco que atraviesa generaciones, recordándonos que la patria también se escribe en femenino.
Bienaventurada sea esta dama,
orgullo eterno de la dominicanidad,
cual sol que se alza sobre los montes
y baña de luz los valles de la patria.
Su figura, que debería florecer en las aulas,
permanece aún oculta,
como río escondido entre la selva,
esperando ser descubierto por la juventud.
Que su memoria sea faro en la conciencia joven,
como luna que guía al viajero en la noche,
enseñando que ser ciudadano es sembrar vida
en cada corazón del pueblo,
proteger la tierra y el mar,
y entregar la existencia al bienestar común.
Que en ella resplandezca la enseñanza:
servir con amor es la más alta gloria,
y el espíritu de la nación late más fuerte
cuando honra a sus hijos verdaderos,
como el viento acaricia los campos y
la luz besa los picos de nuestras montañas.